El dependiente buscó el libro entre las estanterías. Yo no lo había encontrado.
- Tendría que estar aquí, -me dijo-. Pero no lo encuentro.
Salí decepcionada de La Casa del Libro. La Gran Vía no presentaba su bullicio habitual. Demasiado calor. ¿Dónde podría encontrarlo?... De repente, recordé aquella librería pequeña de Malasaña, mi segunda casa en esa época en la que rondaba los veinte años. A pesar del calor, comencé a caminar en esa dirección.
- Por supuesto que tengo el libro..."La voz humana", de Jean Cocteau, -repitió en un susurro el dueño de aquella pequeña librería, mientras se encaminaba a una de las estanterías.
Unos minutos más tarde, salí del establecimiento feliz, con el libro entre las manos.
Había visto el monólogo representado varias veces, con la compañía de teatro en la que participaba mi amiga Henar.
Me gustaba la profundidad de los sentimientos, cómo transmitía la desesperación y entendías la situación con pocas frases, pero precisas.
Pasaba las tardes grabándome en un cassette, interpretando el papel. Me gustaba ponerme en la piel de esa mujer e intentar sentir lo que sentía. Como si decir lo que decía pudiese invocar emociones en mí. Quería experimentar cómo se siente, cuando amas tanto a alguien, hasta el punto de no importarte no ser la elegida, con tal de retener al ser amado.
Interpretar el papel me ayudaba a intuir sentir lo que era incapaz. En aquel momento, donde la anestesia emocional era tan fuerte, que no podía sentir, aunque lo intentara con todas mis fuerzas. A veces, me he sentido así. Ahora también, pero ya sé que ni siquiera Jean Cocteau podrá despertarme.


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