Hace casi un año, escribí en este blog una entrada titulada "Certezas". En esa ocasión, hablaba de las certezas que nos piden, en ocasiones, las personas con las que interactuamos, exigiendo una seguridad que nadie puede ofrecer, y sigo pensando lo mismo. Nadie puede dar certezas a otra persona.
Sin embargo, desde hace unas semanas, hay otro tipo de certezas que me rondan. En este caso, no son certezas que le pido a otra persona. Eso nunca lo haría, ni tampoco aceptaría que alguien me las pidiera. Se trata de certezas propias.
Actualmente, me encuentro inmersa en un proceso creativo complejo, ajeno a este soporte que utilizo ahora, y emergen recuerdos, vivencias desde la más tierna infancia, que me hace pensar en todas las certezas internas que he sentido. No en relación a otros directamente, sino sobre mí, aunque en ocasiones, afectase de alguna manera a las personas con las que me relacionaba.
Esas certezas nunca fallaron, y ahora me encuentro, a través de este nuevo proceso creativo, recibiendo muchas más certezas personales. Son propias, nadie más está involucrado, pero no puedo ignorar que siempre, después de tener conversaciones con determinadas personas, hay muchas frases o situaciones que se quedan suspendidas en mi memoria, y ahondan en las certezas.
Una de ellas, es ese juego de las monedas que él creía que podría resolver rápidamente, sin ser consciente de que mi foco no estaba puesto en el juego, sino en analizar cada palabra y gesto, de los dos, y ser capaz de sostener mi decisión de cerrar un ciclo y abrir otro, que nos deja sin certezas externas, pero que reafirma mi propia certeza de que es lo que tengo que hacer.
Muchas otras frases se han quedado suspendidas. Algunas confirman mis propias certezas, afianzándolas hasta límites insospechados, preguntándome cómo es posible que diga que desde que me conoce ha experimentado algo, que yo ya había experimentado anteriormente, pero que desde que le conozco, se ha incrementado de forma exponencial.
Me pregunto entonces cómo es posible que lo que alguien experimenta internamente, pueda influir en lo que otra persona experimenta, y hasta dónde puede escalar esta experiencia mientras el vínculo exista, y en ese momento, recuerdo el mantra "pase lo que pase", que nos hemos repetido desde que nos conocimos.
A la vez, el ruido interno lo ensucia todo. Analizo cosas que no me gustan, que me cuenta sin darles importancia, sin imaginar la sensación que deja en mí, replanteándome si es la persona que creo conocer. Entonces, me devuelve el reflejo. Yo también hago esas cosas. Y resuena su pregunta retórica "¿eres una adolescente?". No contesto, pero pienso que el que parece un adolescente es él. Entonces, surge de nuevo la certeza. La principal certeza propia. Efectivamente, "pase lo que pase".


