Hace unas semanas que comparto mi cama con alguien. Él espera paciente cada noche a que le deje tumbarse a mi lado. Cuando le llamo por su nombre y doy una palmadita sobre el edredón, sube de un salto y se acurruca junto a mí, pegado a mi espalda, aunque va cambiando de postura durante la noche, en silencio. Por la mañana, espera paciente a que me duche, me vista y me prepare. Cuando ve que salgo de la habitación, baja de la cama dando un salto, y me acompaña hasta la entrada, donde le pongo la correa para salir a la calle.
"Barrabás llegó a la familia por el mar, apuntó la niña Clara con su delicada memoria". Desde hace unos dias, la primera frase del libro "La casa de los espíritus", ronda mi memoria. Esa primera frase me atrapó, hace más de treinta años, cuando leí el libro siendo una adolescente, y como ocurrió con "Cien años de soledad", todo lo que describían, me resultaba tan familiar, que pensaba que la realidad era realmente esas historias, mientras mi vida insulsa de estudiante adolescente era un mero disfraz que debía vestir, para que mi identidad de otra Clara no fuera descubierta.
Pancho llegó a la familia un jueves, a las dos de la madrugada. Me lo trajo un chico que se lo encontró abandonado en un pantano. Él se lo había quedado durante unos meses, mientras buscaba a alguien que se lo quedara definitivamente. Yo le encontré, por una serie de casualidades, a pesar de que nos separaban cientos de kilómetros.
Antes de tomar la decisión, senté a los niños en el sofá. Necesitaría su ayuda al mediodía, cuando ellos llegaran del instituto antes que yo del trabajo. Tendrían que sacarle a la calle. Los dos estaban dispuestos. Iria, con su madurez habitual, me preguntó "Mamá, ¿estás segura?. Un perro conlleva mucho trabajo y responsabilidad". Le contesté que lo sabía. Ya había tenido un perro. Me lo regaló mi tía cuando era una adolescente, y mis padres me dejaron claro que yo era su única responsable. Así fue durante muchos años. No fue fácil porque Jacky era un caniche desconfiado y territorial, que no permitía carantoñas, ni arrumacos. No permitía que personas ajenas a la familia se acercaran a nosotros. Si yo estaba en casa, estaba conmigo donde yo estuviese. Si yo no estaba, se quedaba con mi madre. Era un perro muy inteligente, que entendía todo lo que hablábamos. Desconfiado y asustadizo, atacaba como prevención. Conservo la marca de uno de sus dientes en una mano, a pesar de que no solía ser agresivo conmigo. Nunca lo fue con mi madre, a la que identificaba como la dispensadora de comida. Con mi padre y mi hermano era distinto. Les mordía cuando menos lo esperaban, al igual que a los invitados, a los que nunca podíamos dejar a solas con él.
Con unos quince años, le detectaron un tumor en los riñones y mi madre, sin decirnos nada, para evitarnos el sufrimiento, tomó la decisión de dormirle. Para ella fue muy duro ser quien le llevase hasta el veterinario aquella mañana. A veces lloraba recordándole. "Cuando vio que le dejaba allí, me miró como preguntándome por qué me iba sin él", me decía ella con los ojos llenos de lágrimas. Podía imaginar la mirada de esos ojos negros penetrantes, con los que se comunicaba de manera tan eficiente sin necesidad de palabras. "A veces, escucho sus pisadas detrás de mí en la cocina", seguía ella. Yo también le escuchaba.
Las primeras horas con Pancho fueron cruciales para entender que no todos los perros son desconfiados o agresivos. Cuando le vi en persona por primera vez, y le toqué, él respondió a mi caricia, con lametones y subiendo por mis piernas. Después de una breve conversación con el chico que me lo trajo, cogí la correa y se vino conmigo como si me conociera de toda la vida. Husmeó la urbanización, el portal, las escaleras y toda la casa. Insistió en las puertas de las habitaciones de los niños, que estaban cerradas porque ellos dormían en el interior. Me puse el pijama y me senté en la cama. Él tenía una cesta preparada en mi habitación, pero en lugar de acostarse en ella, dio un salto y se tumbó en la cama junto a mí. Me sentí inquieta porque nunca le había permitido a Jacky subir a mi cama. No habría podido dormir tranquila. También me desperté muchas veces durante esa primera noche, comprobando si Pancho continuaba a mi lado. Esa primera noche, quizás sin saberlo, Pancho comenzó a darme una lección de confianza que todavía continúa. A veces, la vida pone en nuestro camino las experiencias necesarias para sanar, y en ese proceso estoy, hasta que este libro finalice, como "La casa de los espíritus", "Y a mí me lo dictan ellas, que son las verdaderas dueñas de este relato".


