Siempre, desde la más tierna infancia, he tenido certezas. Ya he hablado de las certezas en varias ocasiones.
Cuando he tomado decisiones radicales en mi vida, ha sido porque sabía que tenía que hacerlo, a pesar de que la gran mayoría de personas que estaban a mi alrededor, me dijesen que era una locura.
Así me encuentro ahora mismo, de nuevo. Tengo un propósito y sé lo que tengo que hacer para conseguirlo. Sin lugar a dudas. La vida está conspirando ahora mismo para que lo haga. Todo apunta a que debo hacerlo, a pesar de que haya personas que lo cuestionen.
También sé que será un éxito, que traerá cosas buenas a mi vida, y que ayudará a otras personas. Por este motivo, lo voy a hacer.
Cuando la mente y las acciones entran en coherencia, la frecuencia se eleva. Siento sensaciones nuevas en mi cuerpo, entre ellas, un rechazo físico a lo que no está alineado conmigo, él incluido.
"He visto la tristeza en tus ojos cuando has entrado en la casa, y yo también la he sentido en mis ojos", me dice.
Nos actualizamos sobre nuestras vidas, sentados tranquilamente en el salón. Él tiene que distraerse para no sentir el vacío. Hace alguna objeción a lo que le cuento. Los dos revelamos que el otro se nos aparece en sueños. Nos damos un abrazo largo, apretado, consciente... La energía fluye entre nuestros cuerpos. Hablamos de nuestros hijos, como si las cosas fueran a seguir como antes.
Mientras caminamos, pienso que, antes de que se dé cuenta, habré desaparecido de su vida, y no porque sea necesario mantener la distancia para evitar el dolor, sino porque compartiré con alguien todo lo que no puedo compartir con él. Ya no tendrá cabida en mi vida. Pertenecerá al pasado. Dejará de aparecer en este blog. Nadie responderá al eco del vacío, aunque intente distraerse. Será demasiado tarde. Habrá perdido el tren, como dijo una vez que le pasaría.
Es tarde. Debo irme. Otra vez, el tiempo vuela cuando estamos juntos.
Me habla de una pareja de personas de unos setenta años, que ha visto esta tarde en el parque. "Estaban muy enamorados. Él no paraba de darle besos", me dice sonriendo, con los ojos brillantes. Creo que es la primera vez en toda la noche que le veo sonreír tan abiertamente. Es curioso que su sistema reticular se haya fijado precisamente en eso, cuando parece que rechaza todo lo emocional. Mientras le escucho, surge una imagen en mi cabeza. Una certeza. Estas malditas certezas... Le miro. Sigue sonriendo. Sus ojos aún brillan, mirando al vacío. Me pregunto si está viendo la misma imagen que yo.
Me encuentro en un momento de paz en el que hacía mucho tiempo que no estaba.
La cotidianidad a veces irrumpe de manera violenta, pero soy capaz de contenerlo en ese espacio y tiempo en el que la realidad me asalta. Me permito sentir la molestia y, después, lo olvido.
En este espacio de paz, observo infinitas posibilidades, sentada sobre la hierba, bajo la sombra de un gran sauce, cuyas ramas largas se descuelgan hasta tocar mi cabeza. El ruido de la corriente de un río cercano me acompaña. A mi alrededor, puedo ver cientos de puertas de madera, todas cerradas, esperando a ser abiertas.
No tengo prisa por abrirlas. Quiero disfrutar del momento. Sentir el vértigo de la incertidumbre, como cuando en la montaña rusa, comienzas a iniciar la bajada, absorbida por la inercia, y desearías detenerte a mitad de camino, antes de llegar a la meta para retrasar el final, para poder disfrutar de la sensación de paz, de incertidumbre, y del viento chocando contra tu cara. Los ojos cerrados, confiando en el resultado.
Siempre he disfrutado estos momentos placenteros de incertidumbre, amándome a mí por encima de todas las cosas, además de querer con toda mi alma a otras personas importantes en mi vida.
En medio de esta plenitud, he elaborado mis innegociables, las cosas que ya no admito. Sé lo que no quiero pero...¿sé lo que quiero?. El viento sopla de repente, alborotando las ramas del sauce...
¿Qué quiero?. Soy consciente de que, después de mucho tiempo, no dudo sobre lo que quiero.
Quiero...
Un compañero de viaje leal y respetuoso, que también sepa lo que quiere, en quien poder confiar y que confíe en mí.
Con quien no sea necesario compartir todo, pero que esté presente cuando estemos juntos.
Alguien con quien sea suficiente una pequeña comunicación diaria. Sin obligaciones. Sin expectativas. Que entienda que, en ocasiones, no me apetece comunicarme, y eso no significa que no me importe.
Que los silencios no pesen, sino que sean otro medio a través del que nos comuniquemos, sintiendo al otro aunque no hablemos.
Que parezca que el tiempo se desvanece cuando estamos juntos.
Que cada uno pueda seguir siendo quién es, sin perder su identidad, y que la ternura, la empatía y la comprensión estén presentes, incluso cuando haya conflictos y tratemos temas difíciles.
Amar sin miedo, sin temor a perder al otro, sin enjaular, pensando sólo en el presente. Nos elegimos aquí y ahora, pero nada nos garantiza el mañana. El mañana hay que ganárselo.
Me levanto y miro a mi alrededor. Observo que falta una puerta, y sin dudar, camino hacia la pradera verde, donde las flores han brotado, inundando el paisaje de colores. A lo lejos, veo un pequeño terreno yermo. Era allí.
Cuando llego, veo el pozo, señalizado con aquellas pequeñas piedras alrededor. Me asomo. Sigue allí agazapado. Levanta la cabeza cuando me siente. Me mira con sus ojos negros almendrados.
Sin pensarlo, me agacho, me apoyo en el suelo y extiendo uno de mis brazos hacia abajo, mientras me sujeto fuerte a la raíz de un árbol con la otra mano, para no caer.
- Ven, -susurro.
Se incorpora, y se estira hasta que una de sus manos se entrelaza con la mía.
Hace casi un año, escribí en este blog una entrada titulada "Certezas". En esa ocasión, hablaba de las certezas que nos piden, en ocasiones, las personas con las que interactuamos, exigiendo una seguridad que nadie puede ofrecer, y sigo pensando lo mismo. Nadie puede dar certezas a otra persona.
Sin embargo, desde hace unas semanas, hay otro tipo de certezas que me rondan. En este caso, no son certezas que le pido a otra persona. Eso nunca lo haría, ni tampoco aceptaría que alguien me las pidiera. Se trata de certezas propias.
Actualmente, me encuentro inmersa en un proceso creativo complejo, ajeno a este soporte que utilizo ahora, y emergen recuerdos, vivencias desde la más tierna infancia, que me hace pensar en todas las certezas internas que he sentido. No en relación a otros directamente, sino sobre mí, aunque en ocasiones, afectase de alguna manera a las personas con las que me relacionaba.
Esas certezas nunca fallaron, y ahora me encuentro, a través de este nuevo proceso creativo, recibiendo muchas más certezas personales. Son propias, nadie más está involucrado, pero no puedo ignorar que siempre, después de tener conversaciones con determinadas personas, hay muchas frases o situaciones que se quedan suspendidas en mi memoria, y ahondan en las certezas.
Una de ellas, es ese juego de las monedas que él creía que podría resolver rápidamente, sin ser consciente de que mi foco no estaba puesto en el juego, sino en analizar cada palabra y gesto, de los dos, y ser capaz de sostener mi decisión de cerrar un ciclo y abrir otro, que nos deja sin certezas externas, pero que reafirma mi propia certeza de que es lo que tengo que hacer.
Muchas otras frases se han quedado suspendidas. Algunas confirman mis propias certezas, afianzándolas hasta límites insospechados, preguntándome cómo es posible que diga que desde que me conoce ha experimentado algo, que yo ya había experimentado anteriormente, pero que desde que le conozco, se ha incrementado de forma exponencial.
Me pregunto entonces cómo es posible que lo que alguien experimenta internamente, pueda influir en lo que otra persona experimenta, y hasta dónde puede escalar esta experiencia mientras el vínculo exista, y en ese momento, recuerdo el mantra "pase lo que pase", que nos hemos repetido desde que nos conocimos.
A la vez, el ruido interno lo ensucia todo. Analizo cosas que no me gustan, que me cuenta sin darles importancia, sin imaginar la sensación que deja en mí, replanteándome si es la persona que creo conocer. Entonces, me devuelve el reflejo. Yo también hago esas cosas. Y resuena su pregunta retórica "¿eres una adolescente?". No contesto, pero pienso que el que parece un adolescente es él. Entonces, surge de nuevo la certeza. La principal certeza propia. Efectivamente, "pase lo que pase".
Hace semanas, que me ronda en la cabeza, de nuevo, esta frase, a pesar de que ya escribí una entrada con el mismo título hace unos meses.
Las personas que me conocen no suelen saber que los relojes analógicos, de agujas, no funcionan en los lugares en los que yo estoy.
Comencé a darme cuenta cuando me independicé. Mi madre me había regalado un reloj de cocina que siempre se atrasaba. Daba igual que cambiara las pilas, en pocos días, me daba cuenta de que estaba atrasado de nuevo, hasta que finalmente se paraba.
Compré entonces otro reloj para la cocina, y uno para él salón. En poco tiempo, volvió a ocurrir lo mismo, con los dos. En ese momento, me dí cuenta de que siempre tenía que poner en hora el reloj de pulsera.
Hace muchos años que quité los relojes analógicos de las paredes de mi casa, y uso un reloj automático de pulsera, que normalmente tengo que ajustar la hora igualmente.
Últimamente, me he dado cuenta de que cuando estoy con determinadas personas, el tiempo transcurre mucho más rápido de lo habitual, no sólo para mí, sino también para la otra persona.
También circula una teoría que dice que el día ya no dura 24 horas, sino 16. Unos monjes tibetanos se dieron cuenta al descubrir que las velas que siempre se habían consumido en 24 horas, ahora duraban 8 horas más. Eso tendría sentido con la percepción de que el tiempo transcurre más rápido. Sin embargo, no explica por qué los relojes se atrasan cuando yo estoy cerca.
Tumbada en el sofá, junto a mi fiel compañero Pancho, pienso en todo esto y en mi mente aparece el cuadro La persistencia de la memoria, de Salvador Dalí, una obra que siempre me había intrigado y que ahora comienzo a entender.
Esta vida la has elegido tú. La has elegido muchas veces. Cada vez que no te sentías cómoda en una relación. Cuando sentías que estabas en el lugar correcto con la persona equivocada, siempre tenías la misma sensación de haberte precipitado, por no saber esperar.
Nunca habrías sido una buena "Penélope", y aunque la vida te lo había demostrado en numerosas ocasiones, tú seguías ignorándolo. ¿Por qué no confías que ahora ocurra lo que siempre habría ocurrido si hubieses esperado?.
Hasta el momento, siempre que has pensado "confía", tenías razón. Tu precipitación es la consecuencia de querer tener el control. No dejas que las cosas ocurran. Las buscas, las persigues. No dejas que fluyan. Fuerzas algo que no debería pasar y consigues lo contrario de lo que quieres. Te alejas más de tu objetivo. Sabes muy bien qué ocurrirá ahora. Lo mismo que todas las veces. Pero ahora ya no puedes ignorarlo. Eres consciente y puedes cambiar el patrón por primera vez.
Carl Jung dijo "Hasta que hagas consciente lo inconsciente, dirigirá tu vida y lo llamarás destino". Y tú ahora ya eres consciente.
Mi diálogo interno continuó hasta que sentí una claridad mental abrumadora, un nivel de consciencia que nunca había experimentado. Escribí mis innegociables.
Pronto llegaron "las pruebas", que superé, una tras otra. Sentí que era fiel a mí misma. Logré lo que llevaba tanto tiempo buscando, coherencia interna y externa. De esta manera, lo que está fuera se ordena, y se descarta por sí mismo.
Experimenté felicidad...era como si hubiese encontrado, por fin, mi camino. No es que lo pensara, es que lo experimentaba. Era un punto de inflexión. Una evolución, una actualización del sistema, sin opciones de reset.
Estaba rompiendo mis patrones y construyendo un nuevo presente. Mi energía había cambiado.
Estaba ocurriendo lo que tenía que ocurrir y tenía que dejar que el proceso finalizase por sí mismo. Sin prisas. Sin miedos.
Siento que, tras la necesidad de cerrar filas, vuelvo a ser yo... Siento que mi esencia fluye de nuevo, clara y libre, como el agua discurriendo entre las piedras, ladera abajo.
Sé que está de moda el contacto cero, pero esa metodología no va conmigo. Tengo la impresión de que estoy castigando o chantajeando emocionalmente a una persona que me importa.
Puedo alejarme unos días, por autoprotección, para intentar aclarar qué es lo que quiero y necesito en ese momento, pero después debo ser yo de nuevo, o viviré en una contradicción, reprimiendo una parte de mí, que acabará saliendo por otro lado.
Ahora soy consciente de en qué momentos he actuado y hablado desde la herida, desde el ego, centrando toda mi atención en hechos dolorosos que no dejan de ser más que una anécdota. Algo que yo también hice, y que me pueden recriminar de igual forma, con la diferencia de que la otra parte sentía cierta incomodidad por sus actos y me lo transmitió, pero yo lo oculté por completo, además de no sentirme mal por ello.
Cuando la herida comienza a curar, y puedes alejarte, intentas observar los hechos de una manera aséptica, sin la carga del dolor, sin las ganas de revancha, sin las ganas de herir al otro de la misma manera que te has sentido herida, sin darnos cuenta de que comenzamos un bucle de daño a otro ser.
Entonces, es cuando me miro y me pregunto "¿por qué haces esto?, a ti te gusta ayudar a la gente, y más cuando son personas que te importan, y en este caso, estás jugando a dañar a otra persona a la que quieres, que es importante para ti. ¿Dónde quedas tú?". Te ocultas bajo la herida, bajo el ego exacerbado, bajo todos los consejos que encuentras en internet sobre contacto cero, frases hechas para activar la herida en la otra persona...Sin ser consciente de que cada uno tiene que buscar su camino para poner límites a sí mismo y protegerse.
Porque los límites te los tienes que poner tú, no al otro, al que además le estás cargando con la responsabilidad de que guarde silencio, de que guarde distancia contigo, ¿para qué?. Para no tener que hacerlo tú.
Si no te habla, tal como le has ordenado, además, refuerzas la idea de que es una persona a la que no le importas, que no merece la pena, que has tomado la mejor decisión que podías tomar...poniéndote más fácil ese contacto cero que has decretado, como la reina roja de Alicia en el país de las maravillas "¡Que le corten la cabeza!".
Vuelcas en el otro tu responsabilidad de querer contacto cero, para hacértelo más fácil, y te regocijas pensando en las veces que ha tenido el impulso de hablarte, pero no puede hacerlo porque tú se lo has prohibido. Y pìenso, ¿dónde queda todo el amor que le tenías?. ¿Ha desaparecido de un plumazo sólo porque te has sentido herida?. ¿Me siento bien actuando como una persona que no soy?. ¿Me siento bien haciendo daño a otra persona que me importa?.
Y te das cuenta de la trampa en la que tu propia mente te ha metido, porque has dejado el control de tus actos a tu herida, sin importarte las consecuencias, ni ser consciente de que te traicionas a ti misma.
Todos estos pensamientos me llevan siempre más allá. Me llevan a cuestionar las creencias, el modelo de sociedad en el que vivimos, amplificado además ahora por las redes sociales, plagadas de gurús que te dan lecciones de cómo debes manejar tus emociones. ¿Y dónde quedas tú?. ¿Dónde está la individualidad?. ¿Dónde está la esencia de cada persona?. En muchas ocasiones, reprimida bajo toneladas de recetas mágicas de platos envenenados de dolor para el otro.
Ahora soy consciente de que cada uno vivimos una realidad diferente, en función de lo que queremos ver. Amplificamos las cosas que nos gustan y minimizamos las que nos disgustan, creando una realidad alternativa. Cuando confrontamos nuestra realidad con la realidad del otro, nos damos cuenta del quiebre, y depositamos la culpa en el otro, sin ser conscientes de nuestras propias carencias. Y en medio de todo esto, aplicamos el contacto cero para hacer culpable al otro de que su realidad no encaje con la nuestra...
Esta mañana, reflexionando sobre todo esto...me he preguntado: "Ahora, que ves las cosas con perspectiva, que ya no sientes tu herida, ¿qué es lo que quieres hacer?".
- "Ser yo", - me he respondido a mí misma.
Y me he sentido agradecida por vivir la experiencia que estoy viviendo, por retomar el control sobre mi vida.
He recuperado mi energía, percibiendo cientos de caminos posibles, sin sentir culpa, sin remordimientos, sin el peso de una lealtad invisible de un proyecto de vida que sólo existía en mi mente, sin miedos...abierta a seguir experimentando este juego que es la vida, pero sin traicionarme, sin causar dolor a los demás, queriéndome más, con mis propios límites claros, sabiendo qué acepto y qué no en mi vida, aprovechando el momento de quiebre para evolucionar en mi camino y elevar mi frecuencia.
Cuando Pancho, mi compañero canino llegó a mi vida, la última experiencia que había tenido con otro perro había sido con Jacky, mi compañero durante la adolescencia cuando aún vivía con mis padres.
Jacky era un perro desconfiado. No permitía que accedieran a casa personas que no conocía, y no dejaba que ningún extraño se acercara a él.
Cuando yo entraba en casa, él venía corriendo por el pasillo, frenando con sus patas delanteras en mis piernas. Él estaba siempre conmigo, tumbado debajo de mi silla, mientras yo escribía o estudiaba. Dormía también en mi habitación, en su cesta.
Nunca subió a las camas porque no sabíamos cómo iba a reaccionar.
A veces, sin saber por qué, mientras le acariciabas, te mordía. No podíamos confiar en él.
Aprendí a no confiar en los perros, a no tocarles, a mantenerme alejada, por seguridad.
Después de que Jacky muriese, no volví a pensar en convivir con perros, hasta que hace unos meses, algo me hizo pensar en la opción de vivir de nuevo con uno de ellos.
Entonces, adopté a Pancho, un perro de unos tres años, que habían abandonado en un pantano.
Cuando le conocí, intenté mantener un poco la distancia, pero fue imposible. Nada más llegar a casa, que era de noche, saltó a mi cama, para dormir conmigo. Pasé la noche intranquila, sin saber si en un momento dado, podría ponerse nervioso y morderme, pero no ocurrió.
También estuve alerta cuando mis hijos le daban besos y él les chupaba, pero muy rápido, me di cuenta de que Pancho era muy diferente a Jacky. Puedes confiar en él. Es un perro equilibrado y tranquilo. Incluso, se acerca con cautela a otros perros, y se aleja si detecta algún comportamiento agresivo en sus congéneres.
Pancho me ha devuelto la confianza en los perros.
Mientras llegaba a esta conclusión, pensé en que, quizás, en algún momento, conozca a un Pancho de dos patas, que me devuelva la confianza en los hombres.