Cuando estaban juntos, perdían la noción del tiempo. Las horas parecían minutos. Siempre arañaban las horas al sueño. Daba igual lo cansados que estuvieran, encontraban la manera de verse después de las obligaciones familiares y laborales.
Aquella tarde, el plan comenzó más tarde de lo esperado. La idea inicial tuvo que acortarse, pero él encontró una alternativa, casi mejor que la idea original, en la que pudieron alargar la noche.
A oscuras, observaban la luna amarilla saliendo por detrás de las montañas. Miraban el cielo, señalando los aviones, las estrellas y luces que imaginaron de origen alienígena. Él vio una estrella fugaz.
Los perros, que habían hecho buenas migas, de vez en cuando, perseguían el reflejo de la luna en las ondas del agua, o ladraban a algo que ellos no podían ver en la oscuridad.
Su plan inicial de comportarse sólo como si fueran amigos, había fracasado.
Entrada la madrugada, comenzaron a sentir frío, y decidieron regresar a casa. Como siempre, la conversación no decaía, pero fue tomando unos derroteros controvertidos.
Él propuso alargar la noche en su casa, y delante de dos tazas de café, ambos confesaron.
Los dos reconocieron haber imaginado lo que el otro había hecho. Ella se indignó. Él aparentó no sentirse molesto, pero rumiaba...
Ella ya había intentado irse antes."Lo nuestro es cíclico", dijo él. La contuvo cuando ella se levantó para irse. "No digas o hagas algo de lo que te vas a arrepentir", pidió él. Ella se contuvo. Él reconoció que solía proyectarse en el futuro haciendo cosas con ella. De hecho, horas antes, él había dicho que tenían que hacer distintas actividades juntos.
Él le pidió que le diera la mano. Ella agarró su mano, y él colocó su otra mano sobre la de ella. Guardó silencio, cabizbajo.
"Es difícil de explicar", -dijo él.- "Pero cuando me has dado la mano, he recordado un sueño que tuve. Era un niño y estaba en un parque. Una niña vino a buscarme. No recuerdo la cara de la niña. Era todo muy inocente, éramos sólo niños... Ella quería que entrase en un lugar, pero yo no quería". Luego, le explicó que podría enamorarse de ella, pero que intentaba controlarlo porque no quería perder su libertad.
Ella le dijo que no se puede controlar estar enamorado de alguien, y que ella ya lo estaba de él, pero que no se trataba de eso, sino de la conexión tan fuerte que había entre ellos, que iba más allá del enamoramiento, cuando ambos podían sentir lo que le ocurría al otro, casi escuchar sus pensamientos.
Dos personas tan parecidas, dos espejos reflejando imágenes tan intensas al otro, no podría soportarse demasiado tiempo.
La madrugada había avanzado, de nuevo, sin que ellos fuesen conscientes. Estaban cansados. Luna había vomitado. Ella cogió papel para limpiar. Él la siguió con una bolsa para tirar el papel. "Lo limpias igual que yo", dijo él. "Como tantas otras cosas que hacemos igual", pensó ella.
Se abrazaron. Se besaron.
Ella calló lo que había pensado días antes, cuando él hizo un comentario que la dejó preocupada por su salud y pensó que si algo le ocurría a él, ella le cuidaría. Esperó que ese pensamiento no se tratara de una de esas certezas que la habían perseguido desde niña.
Ella condujo hasta casa, herida por una confirmación. Pensó en él, que tendría que digerir y procesar una sospecha que se había hecho real. Sintió entonces los pensamientos intrusivos de él al verla conectada al WhatsApp, hasta altas horas de la madrugada, hablando con alguien que no era él.
Una misma alma en dos cuerpos, que utiliza a personajes secundarios, para herirse a sí misma, y aprender una lección que todavía no sabemos cuál será. "Olvídate de los demás. Esto es sólo sobre nosotros", le había dicho él.