domingo, 2 de agosto de 2026

TRANSITAR EL DOLOR

He estado en este lugar otras muchas veces. Un lugar donde la frustración, la decepción y el dolor lo inundan todo.

A veces, he atravesado este páramo yermo más deprisa que otras, pero sé que lo cruzaré. Todo pasa, y cuando lo hace, nos parece absurdo haber vivido esta experiencia por alguien que no lo merecía.

Muchas veces, el sufrimiento existe sólo porque inventamos narrativas que nunca ocurrirán. Damos por finalizadas historias que no terminan. Damos por hecho situaciones que nunca se darán. En ocasiones, el tiempo da la vuelta a las tornas, y es el otro quien atraviesa lo que tú ya transitaste.

En todo caso, hay que dejar fuera el ego, ser sincero y consecuente con uno mismo, y apartarte de las personas que te hieren, queriendo o sin querer, pero lo hacen.

sábado, 1 de agosto de 2026

RECORTES VERANIEGOS

 - Tienes el pelo naranja, - dice mi hija.

- Lo sé. Es lo que tiene mi pelo, tiene que cambiarse de color en cuanto llega a la playa.

Sólo hace dos días que estamos aquí, pero hasta mi pelo ya lo tiene interiorizado.

Me sigo levantando pronto, para sacar a Pancho. Más tarde, el asfalto se vuelve impracticable para sus almohadillas, y aunque vaya por la sombra, hasta llegar al césped, siempre hay tramos que sortear.

Los mismos tres hombres del día anterior, comen unos bocadillos, sentados en el suelo, a la sombra de un pequeño muro. Imagino que es su descanso laboral para desayunar.

- Hay una persona durmiendo....-susurra una mujer detrás de mí. Viene con una barra de pan debajo del brazo. La mujer vuelve a insistir-. Hay un hombre durmiendo ahí...

- Sí. Ya estaba ayer, -contesté.

La mujer parece decepcionada porque no me escandalice. Para las personas que viven alejadas de "lo social" que una persona duerma en la calle es un escándalo. Y lo es, pero ya estoy tan acostumbrada a saber cuántas personas viven en la calle, que para mí no es escandaloso verles. Lo que es escandaloso es que la vivienda sea un artículo de lujo.

Más adelante, hay un abuelo empujando en un columpio a un nieto de corta edad. Ambos parecen felices. El binomio perfecto.

Pancho y yo pasamos junto a un hombre, de unos ochenta años, con un bastón, sentado en un banco. Tiene unos folios en la mano. Los miro disimuladamente. Escrito a máquina, unos versos centrados en el papel, que lee con nostalgia. Quizás los ha escrito él. Quizás, los escribió alguien que ya no está. Me pregunto cómo se leerán las poesías cuando yo tenga ochenta años, o los hubiese cumplido si muero antes. ¿Seguirán existiendo los papeles o se leerá en un tipo de dispositivos que ahora somos incapaces de imaginar?. ¿Alguien leerá estas palabras acordándose de mí con nostalgia?. 

lunes, 27 de julio de 2026

LA ODISEA (SIN SPOILERS)

He ido a ver La Odisea, de Nolan. No voy a hablar de la película en sí. No voy a destripar el argumento, aunque muchas personas ya sabíamos lo que íbamos a ver. La historia es antigua e, incluso, mi generación disfrutamos de su argumento en la más tierna infancia con unos dibujos animados en los que Odiseo, Ulises, capitaneaba una nave espacial.

La cuestión es que la historia me ha hecho reflexionar. Ahora, de nuevo, que mi vida emocional se siente como el intento de regresar a una Ítaca que nunca fue más que una utopía. 

Me identifico con rasgos de distintos personajes. El Odiseo que muere de éxito en Troya, y se siente culpable precisamente porque a pesar de que ha logrado la victoria, ha sacrificado sus principios para ello. El Odiseo que sabe que alguien está esperándole, pero no es capaz de recordar quién. Sabe que el lugar y la persona son los equivocados, pero es incapaz de definir a dónde debe ir y quién está esperándole.

La Circe que es capaz de quitar "el disfraz" a los hombres, dejando al descubierto su verdadera identidad.

La Calypso que anhela encontrar un compañero de viaje para su vida eterna.

La Penélope que tiene el convencimiento de que Odiseo volverá, aunque yo nunca he tenido ni tendré la paciencia que ella tiene. 

Viendo la película, me di cuenta de quién era mi Odiseo particular. Sus gestos, su forma de andar... cuando aún estaba en la isla de la amnesia, algo trajo a mi presente a un Odiseo que hace muchos años, se sorprendió de que su Penélope no le hubiera esperado. 

- ¿Qué soy yo, entonces?, -me preguntó todavía con la carta que un enamorado me había escrito, y que yo le había dejado leer, como prueba de que no iba a guardar fidelidad a su inconsistencia.

Ese Odiseo sigue agazapado en mi vida. Oculto en los pliegues de la memoria, ambos conscientes de lo que pudo ser y no será. Recuerdo nuestra última conversación telefónica, hace ahora un año, donde yo le había puesto un límite claro. El silencio al otro lado de la línea, pero yo podía leer sus pensamientos. Tras titubear, reconoció que siempre había tenido esa curiosidad por experimentar lo que ninguno de los dos quisimos en su momento. Mi propuesta era todo o nada. Él tuvo miedo a perder la estabilidad de una Calypso, por la promesa de una Penélope que elegiría a otro pretendiente en cuanto él izara velas.

Un Odiseo y una Penélope que saben que el otro es el adecuado, si fueran capaces de mantener la coherencia de sus personajes, pero ¿qué sentido tiene si ninguno de los dos guarda su esencia?.

viernes, 24 de julio de 2026

PEDIR PERAS AL OLMO

A veces, pedimos peras al olmo. Somos así. Aunque el olmo nos esté avisando de que no puede dar peras, nosotros seguimos pacientemente esperando a que alguna pera caiga.

Yo soy una de esas personas que cree que con tesón y paciencia, todo se puede, incluso,  hasta que un olmo te dé peras, pero obviamente, estoy equivocada. Es cierto que en alguna ocasión se ha obrado el milagro, pero no en este caso que me ha recordado hoy esta frase.

Mi tesón y paciencia no han sido suficientes, y me he cansado de esperar. Es hora de colocar las cosas en su sitio y buscar un peral si lo que quiero son peras.

Quiero mucho al olmo, pero tengo que encontrar un peral. De paso, dejo hueco en el olmo para que otra persona venga a pedirle peras, a ver si alguien consigue obrar el milagro.

viernes, 10 de julio de 2026

DÍAS DE PLAYA

Nunca me ha gustado el ambiente playero. Me refiero a los lugares donde se concentra un gran número de personas, en poco espacio y durante breve tiempo, principalmente, las semanas comprendidas entre julio y agosto.

No me gustan las playas atestadas de gente, en las que siempre hay un gran número de sombrillas y sillas solas, en primera línea de mar, que alguien colocó a primera hora de la mañana, principalmente alguno de los abuelos, para que la prole pueda disfrutar de tocar las olas con los pies sin moverse de la silla, o mirar a la inmensidad del mar, sin nadie delante. No cuentan con que tendrán un desfile constante de gente que pasea por la orilla, o que juega a las palas.

Yo soy uno de los estorbos que pasea por la orilla. Nunca me ha gustado tumbarme en la arena a tomar el sol. Necesito moverme, y además es lo que aprendí de pequeña con mi abuela y mi madre. Ellas siempre paseaban de lado a lado de la playa, daba igual lo larga que ésta fuera.

Mientras paseo de lado a lado, escucho las conversaciones, observo sus gestos. Algunas parejas con niños pequeños, pero la mayoría se trata de familias extensas. Todo el clan trasladado a la playa.

Sin embargo, hay momentos en los que me quedo quieta unos minutos. Al salir del agua, me siento en la toalla, me quito la parte de arriba del biquini, me tumbo, y me seco un momento al sol. Vuelta y vuelta. Poco tiempo, pero el suficiente como para analizar el árbol genealógico de las personas que están a mi alrededor. Establecer las alianzas y lealtades, y cuál de sus familiares le está estropeando a cada uno las vacaciones, porque en ningún clan se salvan de criticar, al menos, a uno de los suyos. Y yo pienso "qué ganas de fastidiarse los días de descanso".

miércoles, 8 de julio de 2026

TARDE DE DOMINGO

- Tienes unas manos muy bonitas.

- Tú también tienes unas manos muy bonitas, -me responde.

-  Me gusta lo que le has contestado, -le digo cuando me enseña su respuesta a una persona en Facebook-. Escribes muy bien.

- Tú sí que escribes muy bien. 

Comenzamos a hablar en inglés, para que no nos entiendan en el restaurante.

- Podemos usar la misma toalla, -me dice después.

- ¿En qué piensas?, -pregunto.

- En nada. Sólo te miro.

Cuando me voy, me mira fijamente. 

- Si me miras así, me vas a hacer llorar, -le digo.

- I'll let you know.

Una misma alma en dos cuerpos

Cuando estaban juntos, perdían la noción del tiempo. Las horas parecían minutos. Siempre arañaban las horas al sueño. Daba igual lo cansados que estuvieran, encontraban la manera de verse después de las obligaciones familiares y laborales.

Aquella tarde, el plan comenzó más tarde de lo esperado. La idea inicial tuvo que acortarse, pero él encontró una alternativa, casi mejor que la idea original, en la que pudieron alargar la noche.

A oscuras, observaban la luna amarilla saliendo por detrás de las montañas. Miraban el cielo, señalando los aviones, las estrellas y luces que imaginaron de origen alienígena. Él vio una estrella fugaz.

Los perros, que habían hecho buenas migas, de vez en cuando, perseguían el reflejo de la luna en las ondas del agua, o ladraban a algo que ellos no podían ver en la oscuridad.

Su plan inicial de comportarse sólo como si fueran amigos, había fracasado.

Entrada la madrugada, comenzaron a sentir frío, y decidieron regresar a casa. Como siempre, la conversación no decaía, pero fue tomando unos derroteros controvertidos.

Él propuso alargar la noche en su casa, y delante de dos tazas de café, ambos confesaron.

Los dos reconocieron haber imaginado lo que el otro había hecho. Ella se indignó. Él aparentó no sentirse molesto, pero rumiaba... 

Ella ya había intentado irse antes."Lo nuestro es cíclico", dijo él. La contuvo cuando ella se levantó para irse. "No digas o hagas algo de lo que te vas a arrepentir", pidió él. Ella se contuvo. Él reconoció que solía proyectarse en el futuro haciendo cosas con ella. De hecho, horas antes, él había dicho que tenían que hacer distintas actividades juntos. 

Él le pidió que le diera la mano. Ella agarró su mano, y él colocó su otra mano sobre la de ella. Guardó silencio, cabizbajo. 

"Es difícil de explicar", -dijo él.- "Pero cuando me has dado la mano, he recordado un sueño que tuve. Era un niño y estaba en un parque. Una niña vino a buscarme. No recuerdo la cara de la niña. Era todo muy inocente, éramos sólo niños... Ella quería que entrase en un lugar, pero yo no quería". Luego, le explicó que podría enamorarse de ella, pero que intentaba controlarlo porque no quería perder su libertad.

Ella le dijo que no se puede controlar estar enamorado de alguien, y que ella ya lo estaba de él, pero que no se trataba de eso, sino de la conexión tan fuerte que había entre ellos, que iba más allá del enamoramiento, cuando ambos podían sentir lo que le ocurría al otro, casi escuchar sus pensamientos. 

Dos personas tan parecidas, dos espejos reflejando imágenes tan intensas al otro, no podría soportarse demasiado tiempo.

La madrugada había avanzado, de nuevo, sin que ellos fuesen conscientes. Estaban cansados. Luna había vomitado. Ella cogió papel para limpiar. Él la siguió con una bolsa para tirar el papel. "Lo limpias igual que yo", dijo él. "Como tantas otras cosas que hacemos igual", pensó ella.

Se abrazaron. Se besaron. 

Ella calló lo que había pensado días antes, cuando él hizo un comentario que la dejó preocupada por su salud y pensó que si algo le ocurría a él, ella le cuidaría. Esperó que ese pensamiento no se tratara de una de esas certezas que la habían perseguido desde niña.

Ella condujo hasta casa, herida por una confirmación. Pensó en él, que tendría que digerir y procesar una sospecha que se había hecho real. Sintió entonces los pensamientos intrusivos de él al verla conectada al WhatsApp, hasta altas horas de la madrugada, hablando con alguien que no era él.

Una misma alma en dos cuerpos, que utiliza a personajes secundarios, para herirse a sí misma, y aprender una lección que todavía no sabemos cuál será. "Olvídate de los demás. Esto es sólo sobre nosotros", le había dicho él.


sábado, 30 de mayo de 2026

DEJAR SER

Mi rutina ha cambiado con la llegada de Pancho. Madrugo más por las mañanas para poder sacarle antes de ir a trabajar, y estoy en la calle hasta las once de la noche, aproximadamente, cada día, para darle su último paseo. Los fines de semana, a veces, hasta más tarde.

Se acabó despertarme los fines de semana y comenzar a escribir todavía sentada en la cama. Puedo hacerlo, pero siempre después de haber sacado a Pancho a la calle y darle el desayuno.

He dejado de escuchar podcasts mientras paseo, porque prefiero escuchar los sonidos del entorno si Pancho viene conmigo. De esta manera, soy consciente del canto de los pájaros, del ruido del agua en el río, del murmullo del viento entre las copas de los árboles. 

Sigo disfrutando de momentos como ahora mismo. Un sábado que los niños están con su padre. No tengo que pensar en preparar comida para ellos. Puedo estar sentada en el sofá, escribiendo, con Pancho tumbado a mi lado, y los peces payaso y Vulpinus observándome desde el acuario marino, a ver si me acerco a darles comida, de nuevo.

Disfruto de esta soledad relativa, rodeada de animales pacíficos, que se encuentran alineados conmigo, como si nuestras energías se hubiesen equilibrado para darnos paz.

Así me siento también respecto a él. No hay un reclamo ansioso. Me deja ser. Él mismo necesita esos momentos de soledad e introspección, de los que siempre se disculpa, pero que yo entiendo tan bien, tanto su necesidad de paz como el impulso de explicarse, porque en el pasado, algunas personas se enfadaban cuando yo explicaba que me sentía feliz aunque ellos no estuviesen conmigo. Quizás, confundían la felicidad con la compañía, sin querer entender que puedes sentirte muy solo e infeliz acompañado, y muy acompañado y feliz en soledad.

De esa aparente contradicción, quizás surge la calma y paz que siento en general, incluso, cuando permanecemos abrazados en silencio, mientras escuchamos música y dormitamos, dejando que el otro sea. Siendo conscientes de que no podemos exigir al otro lo que no somos capaces de dar. Dos almas libres que se eligen aquí y ahora, sin expectativas, sin obligaciones, sin reproches. Simplemente, siendo, como Pancho junto a mí en el sofá, como los peces payaso y Vulpinus en el acuario, nadando en calma, dejàndose llevar por la corriente.


Mamás y Papás: Una realidad que no debemos olvidar...

Una joya en el corazón de Madrid