Los dos tenían la misma herida. Habían aprendido a ser autosuficientes, a no molestar, a no pedir ayuda.
Cuando alguien intentaba facilitarles las cosas, se sentían extraños, como no dignos, no merecedores y, a la vez, sentían que estaban generando una deuda con la otra persona, que después tendrían que recompensar con creces.
Por eso no les gustaba que les ayudasen. No sé sentían bien aceptando la ayuda, y además, se sentían una carga para la otra persona.
La misma herida provocaba una inseguridad en los vínculos. No se creían suficientes. Sobrepensaban. Interpretaban las circunstancias de los demás como falta de interés. A la vez, tenían miedo al compromiso, a perder la libertad, a que les hicieran daño, y cuando sentían que el vínculo se estrechaba, ponían distancia.
A veces, incluso, comenzaban relaciones con terceras personas, pensando dejar antes de que les dejaran, o simplemente, como plan B. Diversificaban el riesgo de la pérdida para amortiguar el dolor.
Dos personas con un largo historial de relaciones y fracasos. Sentimientos de culpa y sensación de que acabarían solos.
Y un día se encontraron. Su reconocimiento de la misma herida en el otro provocó un vínculo rápido e intenso. ¿Qué podría salir mal?.


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