Hace semanas, que me ronda en la cabeza, de nuevo, esta frase, a pesar de que ya escribí una entrada con el mismo título hace unos meses.
Las personas que me conocen no suelen saber que los relojes analógicos, de agujas, no funcionan en los lugares en los que yo estoy.
Comencé a darme cuenta cuando me independicé. Mi madre me había regalado un reloj de cocina que siempre se atrasaba. Daba igual que cambiara las pilas, en pocos días, me daba cuenta de que estaba atrasado de nuevo, hasta que finalmente se paraba.
Compré entonces otro reloj para la cocina, y uno para él salón. En poco tiempo, volvió a ocurrir lo mismo, con los dos. En ese momento, me dí cuenta de que siempre tenía que poner en hora el reloj de pulsera.
Hace muchos años que quité los relojes analógicos de las paredes de mi casa, y uso un reloj automático de pulsera, que normalmente tengo que ajustar la hora igualmente.
Últimamente, me he dado cuenta de que cuando estoy con determinadas personas, el tiempo transcurre mucho más rápido de lo habitual, no sólo para mí, sino también para la otra persona.
También circula una teoría que dice que el día ya no dura 24 horas, sino 16. Unos monjes tibetanos se dieron cuenta al descubrir que las velas que siempre se habían consumido en 24 horas, ahora duraban 8 horas más. Eso tendría sentido con la percepción de que el tiempo transcurre más rápido. Sin embargo, no explica por qué los relojes se atrasan cuando yo estoy cerca.
Tumbada en el sofá, junto a mi fiel compañero Pancho, pienso en todo esto y en mi mente aparece el cuadro La persistencia de la memoria, de Salvador Dalí, una obra que siempre me había intrigado y que ahora comienzo a entender.
Esta vida la has elegido tú. La has elegido muchas veces. Cada vez que no te sentías cómoda en una relación. Cuando sentías que estabas en el lugar correcto con la persona equivocada, siempre tenías la misma sensación de haberte precipitado, por no saber esperar.
Nunca habrías sido una buena "Penélope", y aunque la vida te lo había demostrado en numerosas ocasiones, tú seguías ignorándolo. ¿Por qué no confías que ahora ocurra lo que siempre habría ocurrido si hubieses esperado?.
Hasta el momento, siempre que has pensado "confía", tenías razón. Tu precipitación es la consecuencia de querer tener el control. No dejas que las cosas ocurran. Las buscas, las persigues. No dejas que fluyan. Fuerzas algo que no debería pasar y consigues lo contrario de lo que quieres. Te alejas más de tu objetivo. Sabes muy bien qué ocurrirá ahora. Lo mismo que todas las veces. Pero ahora ya no puedes ignorarlo. Eres consciente y puedes cambiar el patrón por primera vez.
Carl Jung dijo "Hasta que hagas consciente lo inconsciente, dirigirá tu vida y lo llamarás destino". Y tú ahora ya eres consciente.
Mi diálogo interno continuó hasta que sentí una claridad mental abrumadora, un nivel de consciencia que nunca había experimentado. Escribí mis innegociables.
Pronto llegaron "las pruebas", que superé, una tras otra. Sentí que era fiel a mí misma. Logré lo que llevaba tanto tiempo buscando, coherencia interna y externa. De esta manera, lo que está fuera se ordena, y se descarta por sí mismo.
Experimenté felicidad...era como si hubiese encontrado, por fin, mi camino. No es que lo pensara, es que lo experimentaba. Era un punto de inflexión. Una evolución, una actualización del sistema, sin opciones de reset.
Estaba rompiendo mis patrones y construyendo un nuevo presente. Mi energía había cambiado.
Estaba ocurriendo lo que tenía que ocurrir y tenía que dejar que el proceso finalizase por sí mismo. Sin prisas. Sin miedos.
Siento que, tras la necesidad de cerrar filas, vuelvo a ser yo... Siento que mi esencia fluye de nuevo, clara y libre, como el agua discurriendo entre las piedras, ladera abajo.
Sé que está de moda el contacto cero, pero esa metodología no va conmigo. Tengo la impresión de que estoy castigando o chantajeando emocionalmente a una persona que me importa.
Puedo alejarme unos días, por autoprotección, para intentar aclarar qué es lo que quiero y necesito en ese momento, pero después debo ser yo de nuevo, o viviré en una contradicción, reprimiendo una parte de mí, que acabará saliendo por otro lado.
Ahora soy consciente de en qué momentos he actuado y hablado desde la herida, desde el ego, centrando toda mi atención en hechos dolorosos que no dejan de ser más que una anécdota. Algo que yo también hice, y que me pueden recriminar de igual forma, con la diferencia de que la otra parte sentía cierta incomodidad por sus actos y me lo transmitió, pero yo lo oculté por completo, además de no sentirme mal por ello.
Cuando la herida comienza a curar, y puedes alejarte, intentas observar los hechos de una manera aséptica, sin la carga del dolor, sin las ganas de revancha, sin las ganas de herir al otro de la misma manera que te has sentido herida, sin darnos cuenta de que comenzamos un bucle de daño a otro ser.
Entonces, es cuando me miro y me pregunto "¿por qué haces esto?, a ti te gusta ayudar a la gente, y más cuando son personas que te importan, y en este caso, estás jugando a dañar a otra persona a la que quieres, que es importante para ti. ¿Dónde quedas tú?". Te ocultas bajo la herida, bajo el ego exacerbado, bajo todos los consejos que encuentras en internet sobre contacto cero, frases hechas para activar la herida en la otra persona...Sin ser consciente de que cada uno tiene que buscar su camino para poner límites a sí mismo y protegerse.
Porque los límites te los tienes que poner tú, no al otro, al que además le estás cargando con la responsabilidad de que guarde silencio, de que guarde distancia contigo, ¿para qué?. Para no tener que hacerlo tú.
Si no te habla, tal como le has ordenado, además, refuerzas la idea de que es una persona a la que no le importas, que no merece la pena, que has tomado la mejor decisión que podías tomar...poniéndote más fácil ese contacto cero que has decretado, como la reina roja de Alicia en el país de las maravillas "¡Que le corten la cabeza!".
Vuelcas en el otro tu responsabilidad de querer contacto cero, para hacértelo más fácil, y te regocijas pensando en las veces que ha tenido el impulso de hablarte, pero no puede hacerlo porque tú se lo has prohibido. Y pìenso, ¿dónde queda todo el amor que le tenías?. ¿Ha desaparecido de un plumazo sólo porque te has sentido herida?. ¿Me siento bien actuando como una persona que no soy?. ¿Me siento bien haciendo daño a otra persona que me importa?.
Y te das cuenta de la trampa en la que tu propia mente te ha metido, porque has dejado el control de tus actos a tu herida, sin importarte las consecuencias, ni ser consciente de que te traicionas a ti misma.
Todos estos pensamientos me llevan siempre más allá. Me llevan a cuestionar las creencias, el modelo de sociedad en el que vivimos, amplificado además ahora por las redes sociales, plagadas de gurús que te dan lecciones de cómo debes manejar tus emociones. ¿Y dónde quedas tú?. ¿Dónde está la individualidad?. ¿Dónde está la esencia de cada persona?. En muchas ocasiones, reprimida bajo toneladas de recetas mágicas de platos envenenados de dolor para el otro.
Ahora soy consciente de que cada uno vivimos una realidad diferente, en función de lo que queremos ver. Amplificamos las cosas que nos gustan y minimizamos las que nos disgustan, creando una realidad alternativa. Cuando confrontamos nuestra realidad con la realidad del otro, nos damos cuenta del quiebre, y depositamos la culpa en el otro, sin ser conscientes de nuestras propias carencias. Y en medio de todo esto, aplicamos el contacto cero para hacer culpable al otro de que su realidad no encaje con la nuestra...
Esta mañana, reflexionando sobre todo esto...me he preguntado: "Ahora, que ves las cosas con perspectiva, que ya no sientes tu herida, ¿qué es lo que quieres hacer?".
- "Ser yo", - me he respondido a mí misma.
Y me he sentido agradecida por vivir la experiencia que estoy viviendo, por retomar el control sobre mi vida.
He recuperado mi energía, percibiendo cientos de caminos posibles, sin sentir culpa, sin remordimientos, sin el peso de una lealtad invisible de un proyecto de vida que sólo existía en mi mente, sin miedos...abierta a seguir experimentando este juego que es la vida, pero sin traicionarme, sin causar dolor a los demás, queriéndome más, con mis propios límites claros, sabiendo qué acepto y qué no en mi vida, aprovechando el momento de quiebre para evolucionar en mi camino y elevar mi frecuencia.
Cuando Pancho, mi compañero canino llegó a mi vida, la última experiencia que había tenido con otro perro había sido con Jacky, mi compañero durante la adolescencia cuando aún vivía con mis padres.
Jacky era un perro desconfiado. No permitía que accedieran a casa personas que no conocía, y no dejaba que ningún extraño se acercara a él.
Cuando yo entraba en casa, él venía corriendo por el pasillo, frenando con sus patas delanteras en mis piernas. Él estaba siempre conmigo, tumbado debajo de mi silla, mientras yo escribía o estudiaba. Dormía también en mi habitación, en su cesta.
Nunca subió a las camas porque no sabíamos cómo iba a reaccionar.
A veces, sin saber por qué, mientras le acariciabas, te mordía. No podíamos confiar en él.
Aprendí a no confiar en los perros, a no tocarles, a mantenerme alejada, por seguridad.
Después de que Jacky muriese, no volví a pensar en convivir con perros, hasta que hace unos meses, algo me hizo pensar en la opción de vivir de nuevo con uno de ellos.
Entonces, adopté a Pancho, un perro de unos tres años, que habían abandonado en un pantano.
Cuando le conocí, intenté mantener un poco la distancia, pero fue imposible. Nada más llegar a casa, que era de noche, saltó a mi cama, para dormir conmigo. Pasé la noche intranquila, sin saber si en un momento dado, podría ponerse nervioso y morderme, pero no ocurrió.
También estuve alerta cuando mis hijos le daban besos y él les chupaba, pero muy rápido, me di cuenta de que Pancho era muy diferente a Jacky. Puedes confiar en él. Es un perro equilibrado y tranquilo. Incluso, se acerca con cautela a otros perros, y se aleja si detecta algún comportamiento agresivo en sus congéneres.
Pancho me ha devuelto la confianza en los perros.
Mientras llegaba a esta conclusión, pensé en que, quizás, en algún momento, conozca a un Pancho de dos patas, que me devuelva la confianza en los hombres.
Era todavía una adolescente. Iba en una moto que conducía una de mis mejores amigas. Delante de nosotras, dos amigas más iban en otra moto. Éramos felices. Íbamos riendo. De repente, entramos en un túnel y la imagen se congeló en unos minutos interminables. Sólo veía la imagen congelada de mis amigas en la moto de delante, el pelo largo, rizado y cobrizo de una de ellas, al viento, pero la secuencia no cambiaba. Algo extraño ocurría. Fue entonces cuando me sentí trasladada a la camilla de un hospital. Estaba tumbada boca abajo. Sentía que mi cuerpo estaba cubierto de sangre. Había muchas personas alrededor de la camilla, que se movían nerviosos. Un hombre gritó "¡La perdemos!". Sentía que mi corazón bombeaba muy rápido, en taquicardia. Perdía la energía vital, pero ganaba otro tipo de energía sutil. Entonces, sentí que mi alma se iba desprendiendo de cada una de las células de mi cuerpo, comenzando por los dedos de los pies. Se iba despegando como cuando separas el adhesivo de una pegatina, poco a poco, en orden. Fui consciente de que estaba muriendo.
Entonces, me dije a mí misma "Despierta. Es un sueño". Poco a poco, fui despertando. Ya no estaba sobre una camilla, sino sobre mi cama, aunque mi cuerpo aún no estaba completo, mi corazón seguía latiendo en taquicardia, mi energía había cambiado. "Tranquila. Recupera el control", me dije a mí misma. El corazón fue recuperando su ritmo, y mi alma se había apegado de nuevo a mi cuerpo, aunque mi energía seguía diferente. "Por eso no me gustan las motos", pensé.
Me incorporé poco a poco en la cama, siendo plenamente consciente de lo que acababa de ocurrir, y sin darme cuenta, me vi en medio de un campo. Era un campo verde, lleno de flores. Había árboles alrededor, y los pájaros cantaban alegres. Olía a hierba fresca. El sol me acariciaba suavemente. Disfruté del paisaje, hasta que me llamó la atención una zona, no muy grande, sin hierba. Me acerqué para averiguar de qué se trataba.
Al llegar allí, me di cuenta de que había un agujero grande en el suelo. Era un pozo. Sin señalizar, sólo con unas piedras alrededor. Era muy peligroso. Me asomé con cuidado a su interior, y entonces le vi. Abajo del todo, agazapado, mirándome desde abajo, con esos ojos negros almendrados que tan bien conozco. No dijimos nada. Sólo nos miramos. Fue entonces cuando recordé aquella serie de Netflix que los dos habíamos visto años antes, por separado, y de la que él me había hablado porque le había impactado "Detrás de sus ojos". A mí también me había dejado impresionada. En esa serie también había un pozo en el que alguien había quedado atrapado. Entendí que no podía ayudarle. Cada uno tiene su proceso. Levanté una mano y la moví, como despedida. Miré a mi alrededor, y me sentí aliviada de estar fuera de aquel pozo. Lentamente, comencé a alejarme.
He estado en este lugar otras muchas veces. Un lugar donde la frustración, la decepción y el dolor lo inundan todo.
A veces, he atravesado este páramo yermo más deprisa que otras, pero sé que lo cruzaré. Todo pasa, y cuando lo hace, nos parece absurdo haber vivido esta experiencia por alguien que no lo merecía.
Muchas veces, el sufrimiento existe sólo porque inventamos narrativas que nunca ocurrirán. Damos por finalizadas historias que no terminan. Damos por hecho situaciones que nunca se darán. En ocasiones, el tiempo da la vuelta a las tornas, y es el otro quien atraviesa lo que tú ya transitaste.
En todo caso, hay que dejar fuera el ego, ser sincero y consecuente con uno mismo, y apartarte de las personas que te hieren, queriendo o sin querer, pero lo hacen.
- Lo sé. Es lo que tiene mi pelo, tiene que cambiarse de color en cuanto llega a la playa.
Sólo hace dos días que estamos aquí, pero hasta mi pelo ya lo tiene interiorizado.
Me sigo levantando pronto, para sacar a Pancho. Más tarde, el asfalto se vuelve impracticable para sus almohadillas, y aunque vaya por la sombra, hasta llegar al césped, siempre hay tramos que sortear.
Los mismos tres hombres del día anterior, comen unos bocadillos, sentados en el suelo, a la sombra de un pequeño muro. Imagino que es su descanso laboral para desayunar.
- Hay una persona durmiendo....-susurra una mujer detrás de mí. Viene con una barra de pan debajo del brazo. La mujer vuelve a insistir-. Hay un hombre durmiendo ahí...
- Sí. Ya estaba ayer, -contesté.
La mujer parece decepcionada porque no me escandalice. Para las personas que viven alejadas de "lo social" que una persona duerma en la calle es un escándalo. Y lo es, pero ya estoy tan acostumbrada a saber cuántas personas viven en la calle, que para mí no es escandaloso verles. Lo que es escandaloso es que la vivienda sea un artículo de lujo.
Más adelante, hay un abuelo empujando en un columpio a un nieto de corta edad. Ambos parecen felices. El binomio perfecto.
Pancho y yo pasamos junto a un hombre, de unos ochenta años, con un bastón, sentado en un banco. Tiene unos folios en la mano. Los miro disimuladamente. Escrito a máquina, unos versos centrados en el papel, que lee con nostalgia. Quizás los ha escrito él. Quizás, los escribió alguien que ya no está. Me pregunto cómo se leerán las poesías cuando yo tenga ochenta años, o los hubiese cumplido si muero antes. ¿Seguirán existiendo los papeles o se leerá en un tipo de dispositivos que ahora somos incapaces de imaginar?. ¿Alguien leerá estas palabras acordándose de mí con nostalgia?.
He ido a ver La Odisea, de Nolan. No voy a hablar de la película en sí. No voy a destripar el argumento, aunque muchas personas ya sabíamos lo que íbamos a ver. La historia es antigua e, incluso, mi generación disfrutamos de su argumento en la más tierna infancia con unos dibujos animados en los que Odiseo, Ulises, capitaneaba una nave espacial.
La cuestión es que la historia me ha hecho reflexionar. Ahora, de nuevo, que mi vida emocional se siente como el intento de regresar a una Ítaca que nunca fue más que una utopía.
Me identifico con rasgos de distintos personajes. El Odiseo que muere de éxito en Troya, y se siente culpable precisamente porque a pesar de que ha logrado la victoria, ha sacrificado sus principios para ello. El Odiseo que sabe que alguien está esperándole, pero no es capaz de recordar quién. Sabe que el lugar y la persona son los equivocados, pero es incapaz de definir a dónde debe ir y quién está esperándole.
La Circe que es capaz de quitar "el disfraz" a los hombres, dejando al descubierto su verdadera identidad.
La Calypso que anhela encontrar un compañero de viaje para su vida eterna.
La Penélope que tiene el convencimiento de que Odiseo volverá, aunque yo nunca he tenido ni tendré la paciencia que ella tiene.
Viendo la película, me di cuenta de quién era mi Odiseo particular. Sus gestos, su forma de andar... cuando aún estaba en la isla de la amnesia, algo trajo a mi presente a un Odiseo que hace muchos años, se sorprendió de que su Penélope no le hubiera esperado.
- ¿Qué soy yo, entonces?, -me preguntó todavía con la carta que un enamorado me había escrito, y que yo le había dejado leer, como prueba de que no iba a guardar fidelidad a su inconsistencia.
Ese Odiseo sigue agazapado en mi vida. Oculto en los pliegues de la memoria, ambos conscientes de lo que pudo ser y no será. Recuerdo nuestra última conversación telefónica, hace ahora un año, donde yo le había puesto un límite claro. El silencio al otro lado de la línea, pero yo podía leer sus pensamientos. Tras titubear, reconoció que siempre había tenido esa curiosidad por experimentar lo que ninguno de los dos quisimos en su momento. Mi propuesta era todo o nada. Él tuvo miedo a perder la estabilidad de una Calypso, por la promesa de una Penélope que elegiría a otro pretendiente en cuanto él izara velas.
Un Odiseo y una Penélope que saben que el otro es el adecuado, si fueran capaces de mantener la coherencia de sus personajes, pero ¿qué sentido tiene si ninguno de los dos guarda su esencia?.
A veces, pedimos peras al olmo. Somos así. Aunque el olmo nos esté avisando de que no puede dar peras, nosotros seguimos pacientemente esperando a que alguna pera caiga.
Yo soy una de esas personas que cree que con tesón y paciencia, todo se puede, incluso, hasta que un olmo te dé peras, pero obviamente, estoy equivocada. Es cierto que en alguna ocasión se ha obrado el milagro, pero no en este caso que me ha recordado hoy esta frase.
Mi tesón y paciencia no han sido suficientes, y me he cansado de esperar. Es hora de colocar las cosas en su sitio y buscar un peral si lo que quiero son peras.
Quiero mucho al olmo, pero tengo que encontrar un peral. De paso, dejo hueco en el olmo para que otra persona venga a pedirle peras, a ver si alguien consigue obrar el milagro.
Nunca me ha gustado el ambiente playero. Me refiero a los lugares donde se concentra un gran número de personas, en poco espacio y durante breve tiempo, principalmente, las semanas comprendidas entre julio y agosto.
No me gustan las playas atestadas de gente, en las que siempre hay un gran número de sombrillas y sillas solas, en primera línea de mar, que alguien colocó a primera hora de la mañana, principalmente alguno de los abuelos, para que la prole pueda disfrutar de tocar las olas con los pies sin moverse de la silla, o mirar a la inmensidad del mar, sin nadie delante. No cuentan con que tendrán un desfile constante de gente que pasea por la orilla, o que juega a las palas.
Yo soy uno de los estorbos que pasea por la orilla. Nunca me ha gustado tumbarme en la arena a tomar el sol. Necesito moverme, y además es lo que aprendí de pequeña con mi abuela y mi madre. Ellas siempre paseaban de lado a lado de la playa, daba igual lo larga que ésta fuera.
Mientras paseo de lado a lado, escucho las conversaciones, observo sus gestos. Algunas parejas con niños pequeños, pero la mayoría se trata de familias extensas. Todo el clan trasladado a la playa.
Sin embargo, hay momentos en los que me quedo quieta unos minutos. Al salir del agua, me siento en la toalla, me quito la parte de arriba del biquini, me tumbo, y me seco un momento al sol. Vuelta y vuelta. Poco tiempo, pero el suficiente como para analizar el árbol genealógico de las personas que están a mi alrededor. Establecer las alianzas y lealtades, y cuál de sus familiares le está estropeando a cada uno las vacaciones, porque en ningún clan se salvan de criticar, al menos, a uno de los suyos. Y yo pienso "qué ganas de fastidiarse los días de descanso".
Cuando estaban juntos, perdían la noción del tiempo. Las horas parecían minutos. Siempre arañaban las horas al sueño. Daba igual lo cansados que estuvieran, encontraban la manera de verse después de las obligaciones familiares y laborales.
Aquella tarde, el plan comenzó más tarde de lo esperado. La idea inicial tuvo que acortarse, pero él encontró una alternativa, casi mejor que la idea original, en la que pudieron alargar la noche.
A oscuras, observaban la luna amarilla saliendo por detrás de las montañas. Miraban el cielo, señalando los aviones, las estrellas y luces que imaginaron de origen alienígena. Él vio una estrella fugaz.
Los perros, que habían hecho buenas migas, de vez en cuando, perseguían el reflejo de la luna en las ondas del agua, o ladraban a algo que ellos no podían ver en la oscuridad.
Su plan inicial de comportarse sólo como si fueran amigos, había fracasado.
Entrada la madrugada, comenzaron a sentir frío, y decidieron regresar a casa. Como siempre, la conversación no decaía, pero fue tomando unos derroteros controvertidos.
Él propuso alargar la noche en su casa, y delante de dos tazas de café, ambos confesaron.
Los dos reconocieron haber imaginado lo que el otro había hecho. Ella se indignó. Él aparentó no sentirse molesto, pero rumiaba...
Ella ya había intentado irse antes."Lo nuestro es cíclico", dijo él. La contuvo cuando ella se levantó para irse. "No digas o hagas algo de lo que te vas a arrepentir", pidió él. Ella se contuvo. Él reconoció que solía proyectarse en el futuro haciendo cosas con ella. De hecho, horas antes, él había dicho que tenían que hacer distintas actividades juntos.
Él le pidió que le diera la mano. Ella agarró su mano, y él colocó su otra mano sobre la de ella. Guardó silencio, cabizbajo.
"Es difícil de explicar", -dijo él.- "Pero cuando me has dado la mano, he recordado un sueño que tuve. Era un niño y estaba en un parque. Una niña vino a buscarme. No recuerdo la cara de la niña. Era todo muy inocente, éramos sólo niños... Ella quería que entrase en un lugar, pero yo no quería". Luego, le explicó que podría enamorarse de ella, pero que intentaba controlarlo porque no quería perder su libertad.
Ella le dijo que no se puede controlar estar enamorado de alguien, y que ella ya lo estaba de él, pero que no se trataba de eso, sino de la conexión tan fuerte que había entre ellos, que iba más allá del enamoramiento, cuando ambos podían sentir lo que le ocurría al otro, casi escuchar sus pensamientos.
Dos personas tan parecidas, dos espejos reflejando imágenes tan intensas al otro, no podría soportarse demasiado tiempo.
La madrugada había avanzado, de nuevo, sin que ellos fuesen conscientes. Estaban cansados. Luna había vomitado. Ella cogió papel para limpiar. Él la siguió con una bolsa para tirar el papel. "Lo limpias igual que yo", dijo él. "Como tantas otras cosas que hacemos igual", pensó ella.
Se abrazaron. Se besaron.
Ella calló lo que había pensado días antes, cuando él hizo un comentario que la dejó preocupada por su salud y pensó que si algo le ocurría a él, ella le cuidaría. Esperó que ese pensamiento no se tratara de una de esas certezas que la habían perseguido desde niña.
Ella condujo hasta casa, herida por una confirmación. Pensó en él, que tendría que digerir y procesar una sospecha que se había hecho real. Sintió entonces los pensamientos intrusivos de él al verla conectada al WhatsApp, hasta altas horas de la madrugada, hablando con alguien que no era él.
Una misma alma en dos cuerpos, que utiliza a personajes secundarios, para herirse a sí misma, y aprender una lección que todavía no sabemos cuál será. "Olvídate de los demás. Esto es sólo sobre nosotros", le había dicho él.
Cada vez que ella se acordaba de él, subía a su estado de WhatsApp la foto que él hizo la última noche que estuvieron juntos.
Era la foto de la luna, suspendida sobre el embalse, reflejada en sus aguas. Una luna que se había asomado tímidamente tras una colina y que había avanzado rápidamente hasta lo alto del cielo.
La velocidad de la luna fue la prueba de lo rápido que pasaba el tiempo cuando estaban juntos.
Subir esa foto a su estado era su forma de decirle "sigues en mi mente".
Te sientes como un árbol, y quizás por eso dibujas árboles. De manera inconsciente, te dibujas a ti. Tienes ramas largas y un tronco fuerte. Tus raíces son profundas. Eres un árbol resiliente, que ha resistido todas las tormentas.
Tu energía lo inunda todo a tu alrededor, como la sombra que da un árbol. Cambias la vida de las personas que te conocen, aunque quizás no seas consciente de esto, o no quieras serlo.
Eres un árbol protector. Cuidas todo lo que tienes a tu alrededor. Las personas, los animales... Y me pregunto, ¿quién te cuida a ti?. ¿Quién riega esas raíces profundas que te sujetan?. Imagino que un poco cada una de las personas que nos acercamos a ti, que nos cobijamos bajo tu sombra.
Contigo he entendido mi mecanismo de defensa, porque tienes el mismo. El mío es más sutil. Disimulo, pero acaba igual. Me voy desconectando de los demás cuando el vínculo me exige lo que yo entiendo como demasiado, cuando siento que estoy perdiendo mi libertad, cuando siento que empiezo a dejar de ser yo. Me desconecto hasta que me voy por completo.
Ahora empiezo a entender que el problema no eran los otros. El problema era yo, que cambiaba para adaptarme a lo que el otro esperaba de mí, en lugar de irme al principio, cuando descubría que no querían ver cómo soy, que lo que pretendían era que yo cambiase y me amoldase a lo que ellos querían. Cambiaba esperando su validación y que me quisieran, y en ese juego, yo me perdía.
Estos meses, cuando entendí qué me ocurre, comencé a trabajar en mí. Ya no soy la misma persona que conociste. He cambiado mi forma de pensar y de actuar. No necesito a nadie para sentirme completa, porque me siento bien como estoy. Me siento en paz, en calma, enfocada en el día a día, en los niños, ahora en Pancho, en el trabajo, en mis amigos y amigas, y en mí.
A la vez, quiero disfrutar de ti, tan adulto a veces, y otras veces, tan niño, que me enseña cómo le gustan las cosas. Cómo arroparse en la cama, cómo cocinar, cómo lavarse las manos, cómo colocar los vasos, dónde dejar los huevos en la nevera...
Me gusta cobijarme en la sombra de tu árbol, y a la vez, regar tus raíces. Ayudarnos mutuamente a crecer y cuidarnos a nuestra manera. Sólo hacer lo que nos apetezca, y hacerlo porque queremos hacerlo, no por obligación, sino como buenos amigos.
Mi rutina ha cambiado con la llegada de Pancho. Madrugo más por las mañanas para poder sacarle antes de ir a trabajar, y estoy en la calle hasta las once de la noche, aproximadamente, cada día, para darle su último paseo. Los fines de semana, a veces, hasta más tarde.
Se acabó despertarme los fines de semana y comenzar a escribir todavía sentada en la cama. Puedo hacerlo, pero siempre después de haber sacado a Pancho a la calle y darle el desayuno.
He dejado de escuchar podcasts mientras paseo, porque prefiero escuchar los sonidos del entorno si Pancho viene conmigo. De esta manera, soy consciente del canto de los pájaros, del ruido del agua en el río, del murmullo del viento entre las copas de los árboles.
Sigo disfrutando de momentos como ahora mismo. Un sábado que los niños están con su padre. No tengo que pensar en preparar comida para ellos. Puedo estar sentada en el sofá, escribiendo, con Pancho tumbado a mi lado, y los peces payaso y Vulpinus observándome desde el acuario marino, a ver si me acerco a darles comida, de nuevo.
Disfruto de esta soledad relativa, rodeada de animales pacíficos, que se encuentran alineados conmigo, como si nuestras energías se hubiesen equilibrado para darnos paz.
Así me siento también respecto a él. No hay un reclamo ansioso. Me deja ser. Él mismo necesita esos momentos de soledad e introspección, de los que siempre se disculpa, pero que yo entiendo tan bien, tanto su necesidad de paz como el impulso de explicarse, porque en el pasado, algunas personas se enfadaban cuando yo explicaba que me sentía feliz aunque ellos no estuviesen conmigo. Quizás, confundían la felicidad con la compañía, sin querer entender que puedes sentirte muy solo e infeliz acompañado, y muy acompañado y feliz en soledad.
De esa aparente contradicción, quizás surge la calma y paz que siento en general, incluso, cuando permanecemos abrazados en silencio, mientras escuchamos música y dormitamos, dejando que el otro sea. Siendo conscientes de que no podemos exigir al otro lo que no somos capaces de dar. Dos almas libres que se eligen aquí y ahora, sin expectativas, sin obligaciones, sin reproches. Simplemente, siendo, como Pancho junto a mí en el sofá, como los peces payaso y Vulpinus en el acuario, nadando en calma, dejàndose llevar por la corriente.
Hace unas semanas que comparto mi cama con alguien. Él espera paciente cada noche a que le deje tumbarse a mi lado. Cuando le llamo por su nombre y doy una palmadita sobre el edredón, sube de un salto y se acurruca junto a mí, pegado a mi espalda, aunque va cambiando de postura durante la noche, en silencio. Por la mañana, espera paciente a que me duche, me vista y me prepare. Cuando ve que salgo de la habitación, baja de la cama dando un salto, y me acompaña hasta la entrada, donde le pongo la correa para salir a la calle.
"Barrabás llegó a la familia por el mar, apuntó la niña Clara con su delicada memoria". Desde hace unos días, la primera frase del libro "La casa de los espíritus", ronda mi memoria. Esa primera frase me atrapó, hace más de treinta años, cuando leí el libro siendo una adolescente, y como ocurrió con "Cien años de soledad", todo lo que describían, me resultaba tan familiar, que pensaba que la realidad era realmente esas historias, mientras mi vida insulsa de estudiante adolescente era un mero disfraz que debía vestir, para que mi identidad de otra Clara no fuera descubierta.
Pancho llegó a la familia un jueves, a las dos de la madrugada. Me lo trajo un chico que se lo encontró abandonado en un pantano. Él se lo había quedado durante unos meses, mientras buscaba a alguien que se lo quedara definitivamente. Yo le encontré, por una serie de casualidades, a pesar de que nos separaban cientos de kilómetros.
Antes de tomar la decisión, senté a los niños en el sofá. Necesitaría su ayuda al mediodía, cuando ellos llegaran del instituto antes que yo del trabajo. Tendrían que sacarle a la calle. Los dos estaban dispuestos. Iria, con su madurez habitual, me preguntó "Mamá, ¿estás segura?. Un perro conlleva mucho trabajo y responsabilidad". Le contesté que lo sabía. Ya había tenido un perro. Me lo regaló mi tía cuando era una adolescente, y mis padres me dejaron claro que yo era su única responsable. Así fue durante muchos años. No fue fácil porque Jacky era un caniche desconfiado y territorial, que no permitía carantoñas, ni arrumacos. No permitía que personas ajenas a la familia se acercaran a nosotros. Si yo estaba en casa, estaba conmigo donde yo estuviese. Si yo no estaba, se quedaba con mi madre. Era un perro muy inteligente, que entendía todo lo que hablábamos. Desconfiado y asustadizo, atacaba como prevención. Conservo la marca de uno de sus dientes en una mano, a pesar de que no solía ser agresivo conmigo. Nunca lo fue con mi madre, a la que identificaba como la dispensadora de comida. Con mi padre y mi hermano era distinto. Les mordía cuando menos lo esperaban, al igual que a los invitados, a los que nunca podíamos dejar a solas con él.
Con unos quince años, le detectaron un tumor en los riñones y mi madre, sin decirnos nada, para evitarnos el sufrimiento, tomó la decisión de dormirle. Para ella fue muy duro ser quien le llevase hasta el veterinario aquella mañana. A veces lloraba recordándole. "Cuando vio que le dejaba allí, me miró como preguntándome por qué me iba sin él", me decía ella con los ojos llenos de lágrimas. Podía imaginar la mirada de esos ojos negros penetrantes, con los que se comunicaba de manera tan eficiente sin necesidad de palabras. "A veces, escucho sus pisadas detrás de mí en la cocina", seguía ella. Yo también le escuchaba.
Las primeras horas con Pancho fueron cruciales para entender que no todos los perros son desconfiados o agresivos. Cuando le vi en persona por primera vez, y le toqué, él respondió a mi caricia, con lametones y subiendo por mis piernas. Después de una breve conversación con el chico que me lo trajo, cogí la correa y se vino conmigo como si me conociera de toda la vida. Husmeó la urbanización, el portal, las escaleras y toda la casa. Insistió en las puertas de las habitaciones de los niños, que estaban cerradas porque ellos dormían en el interior. Me puse el pijama y me senté en la cama. Él tenía una cesta preparada en mi habitación, pero en lugar de acostarse en ella, dio un salto y se tumbó en la cama junto a mí. Me sentí inquieta porque nunca le había permitido a Jacky subir a mi cama. No habría podido dormir tranquila. También me desperté muchas veces durante esa primera noche, comprobando si Pancho continuaba a mi lado. Esa primera noche, quizás sin saberlo, Pancho comenzó a darme una lección de confianza que todavía continúa. A veces, la vida pone en nuestro camino las experiencias necesarias para sanar, y en ese proceso estoy, hasta que este libro finalice, como "La casa de los espíritus", "Y a mí me lo dictan ellas, que son las verdaderas dueñas de este relato".
La primera fue en la cocina de su casa, cuando dos personas que no deberían haberse conocido, lo hicieron. Ella era el único punto en común, uniéndole a cada uno de ellos en un vínculo muy fuerte.
De repente, la realidad se dividió en dos, como cuando eliges dividir la pantalla en el ordenador, y cada uno muestra un documento o web diferentes, pero en este caso, no se trataba de documentos, sino de vidas.
En un lado, salía la vida que vivía, y en el otro lado, una vida completamente diferente, pero en ambas estaban las otras dos personas. Si bien en su vida actual, esas dos personas no tenían un vínculo entre ellas, en la otra vida, ambos eran familia.
La visión de esas dos vidas al mismo tiempo, experimentando las emociones, y recordando los diferentes acontecimientos que habían llevado hasta esa escena, que era la misma, pero con dos significados completamente diferentes, la provocaron un mareo repentino, que la obligó a apoyarse en la pared para no caer.
En la segunda ocasión, se encontraba en la casa de él. El personaje masculino del anterior desdoblamiento de realidad. Fue al baño. Hasta allí la siguieron el gato y la perra. Se vio reflejada en el espejo junto a ellos y se sintió transportada. En esta ocasión, no veía dos realidades. Se encontraba completamente dentro de otra realidad, en la que no era una invitada, sino la persona que habitaba esa casa, junto a los dos animales, y el hombre que la esperaba en el salón, ajeno a su percepción. Permaneció inmóvil durante unos segundos y se recompuso. Cuando salió del baño, todo giraba a su alrededor. Se recostó en el sofá junto a él, le explicó lo que le había ocurrido. Él le pidió que permaneciera tranquila y esperase a que el mareo remitiera.
La tercera vez ocurrió en un escenario completamente diferente. Era de noche. Los niños dormían. Ella se despertó y vio al perro sentado junto a ella, incorporado, mirándola, en alerta, como si algo acabase de suceder. Se levantó y recorrió la casa a oscuras. Los niños no estaban. Sólo ella con el perro. Volvió a la habitación. Se sentó un momento en la cama. El perro seguía alerta. Volvió a levantarse y a recorrer la casa. Los niños dormían en sus camas. Tranquila, se acostó de nuevo. El perro saltó a la cama junto a ella y durmió toda la noche acurrucado a su lado, como si temiera sentirse solo si algo extraño volvía a ocurrir.
A raíz de ver la serie Adolescencia, y entender en qué se basa la regla 80/20, de la que hablan, además del término "incel" para calificar a los hombres que sienten que viven un celibato involuntario, me preocupa hacia dónde pueden derivar estos pensamientos y la influencia que pueden tener en mis hijos adolescentes, y en nuestra sociedad en general.
Voy a simplificar mucho estos conceptos. Básicamente, son hombres que piensan que el 80% de las mujeres, nos fijamos en el 20% de los hombres, y que ellos, al no estar incluidos en ese 20%, se ven obligados a no poder mantener relaciones sexuales, si no es pagando a una mujer por acostarse con ellos.
En primer lugar, se está cosificando a la mujer. Se parte de que todas las mujeres somos iguales, y que nos interesan el mismo tipo de hombres. No he profundizado en cuál debe ser el estereotipo de hombre que nos atrae, pero puedo imaginar que debe ser físicamente atractivo, -alto, fuerte, guapo-, y con un alto poder adquisitivo. Por tanto, todos los hombres que no cumplen esos strandares, serían invisibles para la mayoría de las mujeres. Ante el miedo al fracaso, algunos hombres deciden que son "incel", ocultando una baja autoestima y una absoluta incapacidad de autocrítica. La culpa es de las mujeres y esos hombres que cumplen los supuestos strandares para hacerles más atractivos, y que les desbancan simplemente por existir. Los incel son meras víctimas de esas mujeres empoderadas y de esos hombres tocados por la suerte al nacer.
Estas teorías no ven más allá de sus narices, obviando que cada ser humano es diferente e irrepetible, que cada persona se siente atraída por determinadas cualidades del otro, y que el mundo de las relaciones no se circunscribe sólo al sexo, habiendo muchos otros sentimientos y emociones que se desencadenan en el mundo relacional como son la empatía, el cariño, el amor, el compromiso, la lealtad, la ternura...que son los que realmente crean el vínculo entre dos personas.
Sin embargo, parece que ese movimiento se desvincula por completo de lo emocional, reduciéndolo todo a la probabilidad que tienen de acostarse con mujeres, y creyendo que si no van a tener éxito, entonces se autoproclaman célibes involuntarios, que es lo más cómodo, porque no les supone esfuerzo y además, la culpa es de todos los demás. Las mujeres, en general, y ese 20% de hombres que ellos calificarían de exitosos.
No me sorprende que una parte de la sociedad, afortunadamente, por el momento, no muy numerosa, llegue a este tipo de conclusiones. En un mundo en el que prima la ley del mínimo esfuerzo, y la paradoja de las redes, en la que cuanto más conectados estamos, más soledad hay, y donde los algoritmos nos muestran sólo lo que queremos ver, es el mejor campo de cultivo para que este tipo de movimientos tenga éxito.
En el año 2014, hace ya doce años, hablé en este blog sobre cómo los roles entre los hombres y las mujeres están cambiando.
El hombre proveedor económicamente ya no tiene sentido en un mundo occidental en el que las mujeres somos proveedoras económicamente también. Los roles tradicionales se han desdibujado, y esto implica que, tanto hombres como mujeres, tengamos la necesidad de aprender a relacionarnos con el otro más allá de esos roles, entendiendo al otro como un igual, y no como un rival. Cada uno con sus peculiaridades, más allá de su género, y entender que todos y todas tenemos fortalezas, debilidades, inseguridades, deseos y emociones.
Pensamientos como la regla 80/20 o el movimiento incel, simplifica y cosifica al otro, y nos aleja de verle como un ser autónomo e independiente, con sus propias ideas y gustos, con cuya interacción nos entendemos y crecemos como persona, dándonos la posibilidad de construir vínculos y relaciones sanas, que a su vez, contribuyan a fortalecer los cimientos de sociedades plurales, conscientes de la riqueza que aporta cada persona, a nivel individual, con sus potencialidades, que unidas a las potencialidades de los demás, garantice el apoyo y el cuidado mutuo, alejado del odio y los miedos sin fundamento.
Creo que nos corresponde a los que hoy somos adultos, y que hemos crecido en entornos donde las redes no existían, en hacer entender a nuestros hijos e hijas que todos hemos sufrido inseguridades, como parte del crecimiento y evolución de nuestra personalidad, y que deben ser conscientes de ellas, e integrarlas como algo normal, a lo que hay que enfrentarse y superar, en lugar de que sea lo que los defina y los limite en la capacidad de tener una vida plena.
Me la habían recomendado en múltiples ocasiones, pero lo había pasado por alto, hasta que un comentario de alguien el otro día me recordó que la tenía pendiente.
Desconocía la trama. Sólo sabía que se trataba sobre la adolescencia. Me ha gustado. Creo que aborda un problema que tenemos como sociedad, en el que convergen múltiples factores de los que hablaré en otra entrada. Ahora mismo, sólo voy a centrarme en la serie, de manera cronológica.
En primer lugar, me gusta cómo la cámara sigue a los personajes, convirtiéndose en un personaje más. Con sus movimientos, consigue meterte en el medio de la acción, como si fueras un espía invisible.
Algo que me ha llamado la atención es la naturalidad con la que trata el comportamiento de los distintos profesionales. Desde el cuerpo de la policía, como el profesorado, la psicóloga que hace la valoración en el centro de internamiento, o el vigilante. Describe la cotidianidad, vulnerabilidad, el conflicto interno, la sensibilidad, la humanidad, la ineficacia, la negligencia o el desbordamiento de algunos de esos profesionales, huyendo de los arquetipos idealizados para confrontarles con las situaciones que se dan en la realidad cotidiana.
Hace un retrato descarnado de la realidad en los institutos. El bullying como un comportamiento normalizado, la falta de autoridad de los profesionales, el código propio con el que se comunican los adolescentes, totalmente desconocido por los adultos, incluidas las figuras parentales.
La conversación entre la psicóloga y el protagonista es muy reveladora. Se muestra a un chico frustrado, con muy baja autoestima, que se siente fracasado, a pesar de su corta edad. No ha llegado, ni cree que pueda hacerlo nunca, a cumplir las expectativas que supone que su familia y la sociedad ha volcado en él. Busca una aprobación que no llega. Sus ataques de ira contra la psicóloga, cuando le confronta, da una idea muy clara de cómo debió ser la escena que desembocó en el asesinato. La falta de herramientas para manejar el rechazo provoca una ira incontrolable, que unida a la oportunidad y al arma adecuada, finaliza en un hecho atroz.
La familia es señalada, convirtiéndose también en víctimas del crimen. Los padres se culpan. Se preguntan qué han hecho mal, qué cosas podrían haber hecho diferente. Hablan sobre él en pasado, como si ya no existiese. Cada uno lo maneja de manera distinta. El padre más con el peso de la culpa. La madre ambivalente, sintiéndose culpable pero también siendo consciente de que es imposible tener todo bajo control. La hermana tiene una visión más objetiva y real de la situación, quizás porque no siente la responsabilidad que presentan los progenitores.
La escena final del padre sustituyendo a su hijo por el peluche, arropándole en la cama, procurándole un lugar seguro, resume esa frustración de haber fracasado como padre protector.
Sin duda, una serie para reflexionar. Tanto las figuras paternas, como los profesionales, y los adolescentes. La serie no retrata un hecho aislado, sino una realidad de la que debemos ser conscientes. Esta vez el resultado ha sido un asesinato, pero en otros muchos casos, la misma situación se ha convertido en un suicidio.
Los componentes son los mismos. Situación de bullying, ideas de que no son suficiente, frustración, creer que su vida es y será un fracaso, silencio, introspección... Unido a una personalidad que todavía se está formando, se convierte en un cóctel mortal que le arrastra a él o a ella, o a otra persona que se cruza en su camino.
Me encontraba en ese santuario al que recurro siempre que puedo. Mi lugar de paz. Tumbada en la bañera, sumergida en el agua caliente, mi mente retrocedió más de 25 años atrás.
Un encuentro inesperado con alguien de mi pasado, me transportó a aquel momento en el que la empresa constructora de mi piso, me dio las llaves. Fue una tarde muy emocionante, donde todos los vecinos recibimos la preciada entrada a nuestras casas. Algunos ya eran amigos. Otros, desconocidos, pero la vida tenía preparadas muchas sorpresas para nosotros. De hecho, uno de estos vecinos, en aquel momento, desconocido, se convirtió en mi pareja durante ocho años, un tiempo después, pero eso ya es otra historia.
Aquella tarde, mi pareja de aquel momento, me dijo algo inapropiado. Algo que ya no recuerdo. Otro vecino, que estaba junto a nosotros, intervino y me ofreció llevarme a mi nueva casa si mi pareja no podía hacerlo.
Este vecino se encontraba solo. Había roto con su pareja, con la que había comprado el piso. La felicidad que la gran mayoría sentíamos, para él era una sensación agridulce.
No sé cómo, cuando llegamos a la urbanización, y subimos a los pisos, ya noche cerrada, y sin electricidad todavía, sólo alumbrados por linternas y la luz de la calle, este vecino que se encontraba solo, subió conmigo a mi casa. Recuerdo que nos acercamos a la ventana del salón y nos asomamos, en penumbras. Era noviembre y hacía frío. No recuerdo si había alguien más con nosotros en ese momento. Sólo le recuerdo a él. Después, fuimos nosotros quien le acompañamos a su casa.
Unas semanas más tarde, le encontramos con su ex pareja. Parecía que habían retomado la relación y nos alegramos por él. Todo lo demás, es historia.
Abrí los ojos y me vi sentada en la bañera, en uno de los baños de ese piso que acababa de estrenar. Ya había luz, y agua caliente. Habían pasado también más de 25 años, aunque para mí hubiesen transcurrido sólo unos segundos. Pensé entonces que el tiempo no existe. Es una construcción que nuestra mente necesita para darle sentido a los acontecimientos de nuestra existencia, pero podemos revisitar esos lugares y vivir de nuevo esos momentos, aunque no sea lo que realmente está experimentando nuestro cuerpo.
En esos pensamientos, resonó una frase de Rubén, una persona que fue muy importante para mí en una época determinada. "Vas a destrozar tu futuro si sigues pensando que la vida es circular". Me lo decía él, que presumía de saber "detenereltiempo". Y, en efecto, el tiempo se detiene, y hasta retrocede, y cuando te das cuenta, han pasado 25 años, has tenido hijos, has tenido otras parejas, otros trabajos, seres queridos que ya no están, has evolucionado, y no sabes por qué, personas del pasado aparecen de nuevo en tu vida. De repente. Sin buscarlos. Quizás, sólo para recordarte que la vida es sueño, que todo depende de tu percepción de las cosas, que puede que haya vidas paralelas en las que las cosas ocurrieron de otra manera, y hay retazos que, de vez en cuando, se cuelan en esta vida que ahora percibes como única, cuando no se trata más que de un encadenamiento de variables y decisiones determinadas que hacen que las cosas sean como percibes que son.
Recuerdo entonces la mirada de una perra, con su cabeza apoyada en mis rodillas, y un gato sentado a mi lado, mirándome fijamente. En ese momento, sentí que los tres estábamos atrapados en otra vida posible. Escuché entonces su voz "La perra se comporta diferente cuando tú estás en la casa."
Hay personas que lo llenan todo. No hay espacio para nadie más. Incluso, sin quererlo, sin proponérselo, casi evitándolo. Cuando te das cuenta, a pesar de que no quieras, estás atrapado.
Te ayudan a evolucionar en muchos aspectos de tu vida. A nivel intelectual, creativo, espiritual... Dibujan, escriben, tocan algún instrumento, cantan, componen... Las conversaciones nunca decaen. Los silencios están llenos de significado, a través de miradas que hablan.
Intentas alejarte. Valoras otras opciones... Al final, te preguntas por qué sigues buscando algo que ya tienes. Anticipas la pérdida. No puede ser tan perfecto. La realidad es que nadie más tiene cabida si ellos están presentes. Ni siquiera en su ausencia, sientes que se han ido. Les has elegido sin ser consciente.
Me puso sobre la pista alguien muy cercano, hace unos meses. "Mi hija dice que no querría tener un novio como yo". Lo dijo mirando al vacío, evitando mi mirada, intentando no mostrar emoción, mientras yo pulsaba el botón del ascensor. Le pregunté por qué, pero no contestó. No era necesario que contestara. Esa frase se ha quedado suspendida en mi mente durante todos estos meses.
El otro día, escuchando el podcast de Gabriel Rolón del que hablo en otra entrada del blog, recordé esa frase, cuando el psicoanalista hablaba sobre la pregunta que nos haríamos a nosotros mismos, si somos la persona que queremos ser.
Pensé también en que mi hijo adolescente ha comenzado su incursión en el mundo sentimental, y observo en él patrones que yo también he tenido, pero sobretodo, pienso en qué tipo de vínculo está creando, y si él elegiría a una pareja como yo.
Mezclando todas estas cuestiones en mi cabeza, llegué a la conclusión de que no me gustaría que mi hijo tuviese una pareja como yo, y que además, tampoco soy la persona que me gustaría ser. Al menos, no en su totalidad.
"¿Qué tengo que cambiar para ser la persona que quiero ser?", me pregunté. Lo sabía. No era necesario pensar. Comencé a hacer los cambios necesarios. Primero, en mi forma de analizar las cosas. Me di cuenta de los impulsos que me movían en mi anterior versión. Los retuve. Analicé. Ya no encajaban. Deseché. Los cambié por los que encajan con mi nueva "yo".
Intentando entenderle, se entendió a ella misma. Se dio cuenta de que ella tenía su mismo comportamiento, aunque más sutil, más sofisticado, en silencio...porque ella no contaba lo que sentía, como él sí hacía.
Entendiéndole, comprendió porqué había terminado todas sus relaciones. Entendió por qué se fue y también que estaba haciendo lo mismo con él. Fue consciente de que se estaba desconectando poco a poco, y en silencio, como quien abandona una habitación en plena noche, mientras su amante duerme tranquilo en la cama que han compartido, de puntillas y con los zapatos en la mano, para no hacer ruido, para no despertarle. De esta manera, cuando él despierte, ella estará lo suficientemente lejos como para que la huida sea un éxito. Él no tendrá capacidad de reacción.
Por este motivo, ella callaba. Si él no escribía mensajes, ella tampoco. A veces, escribía algo neutro, y cuando él contestaba, ella tardaba en responder. Tampoco decía nada si habían hablado sobre quedar, pero finalmente, él no confirmaba. Se trataba de un motivo más para alejarse. Iba acumulando motivos, razones para alejarse sin culpa.
Ahora, que era consciente, tenía la opción de continuar con esa dinámica o cambiarla. Podía intentar explicarse. Avisar de que sentía que se desconectaba, que quería ir al cine, salir a cenar, que echaba de menos compartir canciones antes de irse a dormir... Pero le resultaba muy difícil cambiar su comportamiento y además, se preguntaba si merecía la pena hacer el esfuerzo con él que, al fin y al cabo, sería quien abandonaría la habitación a hurtadillas si ella no lo hacía antes.
Hoy disfruto de uno de esos días en los que estoy sola en casa.
He aprovechado para levantarme tarde, cocinar, preparar el agua para hacer el cambio del acuario marino, cambiar el agua del acuario pequeño, regar las plantas y salir a caminar, cuando la lluvia ha dado una tregua.
Mientras caminaba, he escuchado un podcast, en el canal Tengo un plan, entrevistando a Gabriel Rolón, un psicoanalista que sigo desde hace un año, aproximadamente, y al que me encanta escuchar porque siempre me hace reflexionar.
Es un podcast largo, pero que creo merece la pena escuchar si tienes inquietudes, si te planteas si estás viviendo la vida que quieres vivir, si eres la persona que quieres ser, si crees que ha llegado el momento de cambiar patrones o cambiar el sentido de cómo vives las relaciones.
He disfrutado escuchándolo. Me quedo con unas cuantas reflexiones que creo ayudarían también a algunas de las personas con las que me relaciono. Dejo aquí el enlace al podcast, por si quieres disfrutarlo.
Mil gracias a los creadores del canal y a Gabriel Rolón.
Enciende una vela. Hoy, de olor a frambuesa. Esparce un puñado de sales marinas.
Se introduce en el agua caliente. Se tumba en la bañera. Mete la cabeza. El cabello flota en la superficie mientras contiene la respiración.
Deja salir un par de burbujas de su nariz. Permanece un poco más bajo el agua. Calma.
Lo sabe. Siempre lo sabe. La certeza le ha perseguido siempre. No sabe cómo lo sabe. Pero lo sabe. Nunca falla. Pero no puede decirlo. Cada uno tiene que hacer su proceso. Avisar nunca ha funcionado. Nunca le han creído. Tienes que estar preparado para entenderlo.
Piensa en el mar. Quiere volver allí lo antes posible. Sentirse en casa. Que sus pies se hundan en la arena blanca y plateada. Sentir la brisa en su cara. El olor intenso a mar. El agua fría en sus pies.
Se queda flotando en la bañera mientras recuerda la letra de la canción de los Héroes del Silencio. Aquella época en la que esa canción era como un himno. Todavía no sabía que lo que creía que ocurriría era cierto. Le costaba creerlo aunque lo supiera. Nunca creyó merecerlo. Nunca creyó ser tan buena como para que se cumpliera, aunque en el fondo, lo supiera.
La letra de la canción irrumpe en su pensamiento.
"Echar el ancla a babor Y de un extremo la argolla Y del otro tu corazón Mientras tanto, te sangra
(...)
Y duerme un poco más, los párpados no aguantan ya Luego están las decepciones Cuando el cierzo no parece perdonar Sirena vuelve al mar, varada por la realidad Sufrir de alucinaciones Cuando el cielo no parece escuchar."
La vio pasar como un suspiro. Casi desnuda, atravesó el recibidor y entró en el salón. Se quedó quieto en la escalera. Paralizado, sin saber qué pensar. Estaba demasiado cansado. Había sido un día largo.
El frío había vuelto, después de la tregua que habían dado unos días primaverales. Salió al porche. Se quedó de pie, mirando el parterre. Tenía que llamar al jardinero para quitar las malas hierbas. Después, plantaría los bulbos que había comprado.
Levantó la vista y miró el olivo. Su tronco, el suelo alrededor...Algo helado tocó su espalda. "No me toques. Estás fría. Tus manos están frías".
Por un instante, le pareció escuchar su risa, en un susurro. Miró la silla vacía en la que ella había estado sentada unos días atrás. Una ráfaga de aire frío le estremeció.
Hoy he dado un paseo largo por el Parque Lineal del Manzanares por su paso por Butarque. El río traía más agua que de costumbre, debido a las lluvias de estos días y el deshielo que las altas temperaturas está provocando.
El camino se encontraba bordeado por los almendros en flor, que desprendían ese olor dulce tan característico. Recordé aquel tiempo en el que tenía un almendro y además de disfrutar de su agradable olor, comía sus almendras.
A veces, tengo la sensación de haber vivido tantas vidas, tan distintas... acompañada por diferentes personas.
En ocasiones, sentía que estaba en el lugar adecuado pero con la persona equivocada. Otras veces, pensaba que estaba en el sitio correcto y la persona con la que tenía que vivir esa situación.
Otras veces, me sentía sola, a pesar de estar sólo a unos centímetros de mi pareja, y en ocasiones, sentía que casi podía tocar a mi pareja a pesar de estar separados por miles de kilómetros.
Recordé algo que había vivido unos meses atrás, cuando alguien había gritado mi nombre, casi con desesperación, a pesar de que yo sólo estaba a unos metros, pero no podía verme porque un obstáculo físico lo impedía. Sentí como si estuviésemos en un bosque oscuro, inundado por la niebla, que impedía que nos viésemos, aunque estuviésemos tan cerca. Sentí el temor de la otra persona a perderme.
Mientras caminaba por el parque, hilando todos estos pensamientos, escuchaba en los cascos "A little respect", del grupo Erasure, "Oh baby, please, give a little respect to me". Mis ojos se inundaron de lágrimas.
Los dos tenían la misma herida. Habían aprendido a ser autosuficientes, a no molestar, a no pedir ayuda.
Cuando alguien intentaba facilitarles las cosas, se sentían extraños, como no dignos, no merecedores y, a la vez, sentían que estaban generando una deuda con la otra persona, que después tendrían que recompensar con creces.
Por eso no les gustaba que les ayudasen. No sé sentían bien aceptando la ayuda, y además, se sentían una carga para la otra persona.
La misma herida provocaba una inseguridad en los vínculos. No se creían suficientes. Sobrepensaban. Interpretaban las circunstancias de los demás como falta de interés. A la vez, tenían miedo al compromiso, a perder la libertad, a que les hicieran daño, y cuando sentían que el vínculo se estrechaba, ponían distancia.
A veces, incluso, comenzaban relaciones con terceras personas, pensando dejar antes de que les dejaran, o simplemente, como plan B. Diversificaban el riesgo de la pérdida para amortiguar el dolor.
Dos personas con un largo historial de relaciones y fracasos. Sentimientos de culpa y sensación de que acabarían solos.
Y un día se encontraron. Su reconocimiento de la misma herida en el otro provocó un vínculo rápido e intenso. ¿Qué podría salir mal?.
El dependiente buscó el libro entre las estanterías. Yo no lo había encontrado.
- Tendría que estar aquí, -me dijo-. Pero no lo encuentro.
Salí decepcionada de La Casa del Libro. La Gran Vía no presentaba su bullicio habitual. Demasiado calor. ¿Dónde podría encontrarlo?... De repente, recordé aquella librería pequeña de Malasaña, mi segunda casa en esa época en la que rondaba los veinte años. A pesar del calor, comencé a caminar en esa dirección.
- Por supuesto que tengo el libro..."La voz humana", de Jean Cocteau, -repitió en un susurro el dueño de aquella pequeña librería, mientras se encaminaba a una de las estanterías.
Unos minutos más tarde, salí feliz del establecimiento, con el libro entre las manos.
Había visto el monólogo representado varias veces, con la compañía de teatro en la que participaba mi amiga Henar.
Me gustaba la profundidad de los sentimientos, cómo transmitía la desesperación y entendías la situación con pocas frases, pero precisas.
Pasaba las tardes grabándome en un cassette, interpretando el papel. Me gustaba ponerme en la piel de esa mujer e intentar sentir lo que sentía. Como si decir lo que decía pudiese invocar emociones en mí. Quería experimentar cómo se siente, cuando amas tanto a alguien, hasta el punto de no importarte no ser la elegida, con tal de retener al ser amado.
Interpretar el papel me ayudaba a intuir sentir lo que era incapaz. En aquel momento, donde la anestesia emocional era tan fuerte, que no podía sentir, aunque lo intentara con todas mis fuerzas. A veces, me he sentido así. Ahora también, pero ya sé que ni siquiera Jean Cocteau podrá despertarme.
No hay nada peor que un idiota con poder. He podido comprobarlo de cerca en la política madrileña, principalmente en la época en la que participé en la asociación de vecinos de mi barrio y los políticos y cargos públicos se acercaban a nosotros con intenciones de todo tipo. Te dabas cuenta rápidamente que el cargo les quedaba grande, pero al fin y al cabo, no eran personas muy poderosas, concejales o alcaldes a lo sumo. Su capacidad para extender su insensatez y estupidez estaba muy limitada, afortunadamente.
El problema surge cuando hay un idiota gobernando una de las potencias mundiales, y sobre todo, con una capacidad armamentística y de destrucción incuestionables.
Recuerdo aquella mañana de noviembre de 2016. Me encontraba en Las Palmas de Gran Canaria, en unas mini vacaciones. Encendimos la televisión en la habitación del hotel, y allí teníamos las noticias dando como ganador de las elecciones a Trump. Me pareció una broma de mal gusto, pero era real. Su mandato, como no podía ser de otra manera, no dejó lugar a dudas de que el cargo le quedaba grande. Después, llegaron unos años de respiro, con este narcisista abominable fuera de la Casa Blanca, aunque después de haber perdido las elecciones, intentó un autogolpe de Estado el 6 de enero de 2021, asaltando el Capitolio, después de que sus intentos de anular las elecciones que perdió, fracasaran. El amago del Capitolio no salió adelante pero sí mostró la cara dictatorial de un Donald Trump sin complejos.
Sin embargo, en noviembre de 2024, Trump vuelve a ganar las elecciones, algo que no logro entender. No soy capaz de ponerme en la cabeza de alguien que pueda votar a este personaje. La cuestión es que ya esta segunda vez, después de haber experimentado perder un poder casi sobrenatural, está dispuesto a no dejar títere con cabeza. Empezó atacando al resto de países con aranceles comerciales, despidió a funcionarios públicos, creó un cuerpo de seguridad privado que sigue todas sus órdenes sin cuestionarlas, aunque suponga tirotear a personas inocentes en plena calle, secuestró y echó del país a familias enteras indiscriminadamente porque no cumplen su estándares de raza aria, secuestró al presidente de Venezuela sin ningún respaldo político del Senado y dejó en el Gobierno a una mujer de paja que manipula a su antojo, y ahora arremete contra Dinamarca porque quiere anexionar Groenlandia a USA, amenazando de nuevo con aranceles comerciales. Todo esto salpicado con comportamientos infantiles como publicar en redes sociales durante la madrugada chats privados mantenidos con presidentes de países europeos, o enfadarse por no haber recibido el Nobel de la Paz, cargando contra el gobierno de Noruega, creyendo que son ellos quienes deciden las personas galardonadas.
Sinceramente, no sé en qué acabará esta situación, pero me temo que, o alguien desde su propio partido le para de alguna manera, o viviremos una escalada peligrosa a nivel mundial. Hay personas que dan por hecho que perderá las elecciones de mitad de mandato en noviembre de este año, pero creo que todavía quedan muy lejos y aunque las perdiera, continuará en el poder y, además, podrá denunciar de nuevo un falso "pucherazo" electoral, legitimándole más en su loca persecución a quien no es tan naranja o fascista como él. Quizás, como humanidad, deberíamos empezar a pensar en "blindar" legalmente nuestras instituciones políticas para evitar que megalómanos dictatoriales y narcisistas llegasen al poder, o nos encaminaremos, más pronto que tarde, a la autodestrucción inexorable.
Quizás, haya esperanza después de que el primer ministro de Canadá plantara cara a Trump, en Davos, manifestando que el viejo orden mundial ha muerto y llamando a la creación de nuevas alianzas entre países.
A veces, hay personas que te sorprenden. Yo misma me he sorprendido estos días, de algo que he experimentado, y creía que había superado.
En ocasiones, nosotros somos nuestros peores enemigos, creando historias totalmente falsas que damos por sentadas. En esta ocasión, no se trató de llenar con imaginación los vacíos de información. Se trató de tergiversar la información real para crear una historia completamente dañina para mí y que pretendía alejarme de la persona afectada.
Esta vez, he tenido la suerte de que la otra persona mantuvo la calma conmigo, a pesar de sentirse mal por mis afirmaciones. Actuó desde la madurez, la paciencia, la contención, la comprensión, la empatía y la tranquilidad. Me trató con cariño y ternura, a pesar de mi enfado. Me dio justo lo que necesitaba para darme cuenta de la trampa en la que me había metido yo sola, y además, a la que pretendía arrastrarle. Pero él no cayó. Es más, me cogió dulcemente de la mano, y tiró de mí, hasta la superficie.
Me recordó a aquel sueño que tuve hace unos meses, donde yo caía al agua, y él tiraba de mí hasta la superficie, y cuando salía, veía cómo apartaba los obstáculos para que yo pudiese avanzar. Mi subconsciente ya me estaba avisando que, en ocasiones, los malos augurios sólo existen en nuestros miedos.
Entendí por qué mi intuición pedía quedarme cuando mi mente gritaba que huyera. También entendí mi autosabotaje, y me alegré de que él fuese Él, porque fue capaz de reconducirme desde la calma y el cariño.
Curiosamente, esa noche, volvimos al escenario de mi sueño. A ese sitio donde nos reflejan los espejos.
Es frecuente que las personas cercanas nos den consejos. A veces, estos consejos parecen mandatos. Últimamente, además, ya lo comenté en otra entrada, puedes encontrar muchos de estos consejos o mandatos en las redes.
Las personas que nos encontramos en pleno proceso de cuestionarnos a dónde queremos dirigir nuestra vida, entre las que me incluyo, estamos más expuestas a recibir estos consejos. Escuchamos lo que debemos hacer. Lo procesamos, y a veces, nos sentimos mal porque no somos capaces de seguir estos consejos. Sentimos que nos hemos fallado a nosotros mismos, y a la persona que nos está acompañando en el proceso, por no seguir sus instrucciones.
Te piden que te alejes de las personas que no te valoran, y yo me pregunto ¿qué significa que no te valoran?. ¿Que no te escriben mensajes, al menos, tres veces al día?. ¿Que no te llaman todos los días?. ¿Que no te juran amor eterno antes de la quinta cita?. ¿Quizás yo misma estoy lanzando señales de que no valoro al otro?. Etiquetan, sentencian, nos miden a todas las personas con los mismos parámetros, sin tener en cuenta que cada uno arrastra su mochila, y la combinación de esas dos personas y cada una de sus mochilas, en un momento determinado, implican una conexión única que no se puede cuantificar ni juzgar.
Lo peor es que muchos de los consejos que escucho van en contra de mi experiencia personal. Se podría decir que las relaciones que he tenido refutan prácticamente todos los principios que escucho. Relaciones que para la mayoría serían idílicas fueron un fracaso, y relaciones que serían tildadas como desastrosas, resultaron ser muy buenas durante mucho tiempo. Lo que está claro es que con los estándares que, supuestamente, hoy deberíamos establecer y sostener, yo no debería haber iniciado ninguna relación.
En definitiva, para aquellas y aquellos que os estéis preguntando si optáis por el contacto cero, por ignorar las señales, o seguir al milímetro los consejos de familiares, amigos, o el algoritmo en las redes, yo también me sumo a dar consejos. Haced lo que queráis. Haced lo que sintáis que tenéis que hacer.
No os sintáis culpables por dejar la relación.
No os sintáis culpables por seguir en la relación.
No os sintáis culpables por no escuchar los consejos.
Si decidís no decidir, está bien. Si decidís decidir, está bien.
Cada persona tiene su proceso, y nadie te puede forzar a tomar decisiones, porque al final, quien lo vivirá, quién lo sufrirá, quien lo experimentará, quien tendrá que vivir con lo que ocurra, eres tú. Nadie más. Ni familiares, ni amigos, ni terapeutas, ni coaches. Sólo tú, ante tus decisiones. Ante tu vida. Así que, escúchate en libertad. Sólo tú tienes la respuesta.
Una extraña sesión de cine en la que intentamos mantener una distancia imposible, que finalmente rompimos.
Un último encuentro en el que volvimos al inicio, aún con más intensidad, al haber experimentado fugazmente la pérdida.
Lo intenté, pero fui incapaz de sostener la distancia.
Lo intenté, aún cuando aquella tarde, él me había sorprendido con algo que no podía imaginar. Cuando le vi, allí de pie, esperándome, supe que mi intento de huida sería en vano, pero necesitaba intentarlo. Aunque fuese para fallar. Aunque fuese para ser consciente de que aquella historia no había llegado a su fin.
Él se queda un momento en silencio. Después, contesta, pero no presto atención a lo que me dice. No se lo he dicho para que conteste. Lo he dicho sólo para que lo escuche, como hicieron conmigo en el pasado, en varias ocasiones.
A veces, es necesario que alguien nos muestre el bloqueo y el sabotaje que nos hacemos a nosotros mismos. A veces, es necesario que alguien nos diga esta frase, aunque sea una falacia, porque el amor no pide permiso para ser. Simplemente, es, a pesar de que la persona destinataria de ese amor no quiera ser amado, o incluso, ignore que es amado.
Confundimos ser amado con disponibilidad emocional. A veces, nos sentimos en la obligación de corresponder al amor que otra persona siente por nosotros, sin ser conscientes de que sentir, o el hecho de poder inspirar en otra persona ese sentimiento, es ya suficiente.
Paradójicamente, la misma persona que unos días antes había admitido no dejar que le quisieran, me dice "Somos unos privilegiados por sentir lo que sentimos. Piensa en cuántas personas no pueden experimentar esto". Tiene razón, pero ahí está la contradicción. Por un lado, rechazamos sentir y sentirnos amados, y por otro, nos percibimos como privilegiados por ambas cosas.
Dicen que las personas con almas viejas aparentan ser más jóvenes.
Ayer hablaba de esto con un familiar porque una tercera persona le había dicho que yo aparento más joven de lo que soy. Muchas personas me lo han dicho. Se sorprenden de mi edad.
No sé si tengo un alma vieja, o un espíritu joven que me impulsa a estar en movimiento constante, tanto física como mentalmente.
La creatividad sigue desbordándome. Estos días estoy amasando arcilla, dándole forma de piedra plana. Lo pinto y dibujo una runa celta de protección, que regalaré a las personas cercanas.
En el pasado, hacía esto periódicamente, pero el ritmo frenético de la vida consiguió que lo olvidase. He tenido que aburrirme y encontrarme completamente sola durante cuatro días para recordar este ritual, que se incluye en el impulso irrefrenable de cuidar a los demás. La diferencia ahora es que además de cuidar a los demás, me cuido yo.
Mientras amaso y pinto, reflexiono sobre situaciones del pasado, que se repiten en el presente. Se establece un debate interior, entre el ego y la consciencia, en el que nunca llegan a acuerdos. Cambio de opinión constantemente. Esta vez, evito ser dura conmigo misma y los demás, aunque a veces crea que no merecen mi presencia en sus vidas.
He estado antes en este lugar, y sé que sólo es cuestión de tiempo. No es necesario tomar decisiones drásticas. Sólo tengo que seguir con mi vida, y el tiempo colocará las cosas en su sitio.
Recuerdo aquel primer "espejo" que encontré demasiado joven como para ser consciente de que su comportamiento, que tanto me enfadaba, era el mismo que yo tenía. Ambos fuimos replicando el patrón, en nuestras sucesivas relaciones. Él pudo cambiarlo hace un tiempo. Ahora, es mi oportunidad hacerlo también, aunque suponga pérdida. Y mientras amaso y pinto, envuelta en estos pensamientos, mi alma vieja me recuerda "Todo pasa".