sábado, 30 de mayo de 2026

DEJAR SER

Mi rutina ha cambiado con la llegada de Pancho. Madrugo más por las mañanas para poder sacarle antes de ir a trabajar, y estoy en la calle hasta las once de la noche, aproximadamente, cada día, para darle su último paseo. Los fines de semana, a veces, hasta más tarde.

Se acabó despertarme los fines de semana y comenzar a escribir todavía sentada en la cama. Puedo hacerlo, pero siempre después de haber sacado a Pancho a la calle y darle el desayuno.

He dejado de escuchar podcasts mientras paseo, porque prefiero escuchar los sonidos del entorno si Pancho viene conmigo. De esta manera, soy consciente del canto de los pájaros, del ruido del agua en el río, del murmullo del viento entre las copas de los árboles. 

Sigo disfrutando de momentos como ahora mismo. Un sábado que los niños están con su padre. No tengo que pensar en preparar comida para ellos. Puedo estar sentada en el sofá, escribiendo, con Pancho tumbado a mi lado, y los peces payaso y Vulpinus observándome desde el acuario marino, a ver si me acerco a darles comida, de nuevo.

Disfruto de esta soledad relativa, rodeada de animales pacíficos, que se encuentran alineados conmigo, como si nuestras energías se hubiesen equilibrado para darnos paz.

Así me siento también respecto a él. No hay un reclamo ansioso. Me deja ser. Él mismo necesita esos momentos de soledad e introspección, de los que siempre se disculpa, pero que yo entiendo tan bien, tanto su necesidad de paz como el impulso de explicarse, porque en el pasado, algunas personas se enfadaban cuando yo explicaba que me sentía feliz aunque ellos no estuviesen conmigo. Quizás, confundían la felicidad con la compañía, sin querer entender que puedes sentirte muy solo e infeliz acompañado, y muy acompañado y feliz en soledad.

De esa aparente contradicción, quizás surge la calma y paz que siento en general, incluso, cuando permanecemos abrazados en silencio, mientras escuchamos música y dormitamos, dejando que el otro sea. Siendo conscientes de que no podemos exigir al otro lo que no somos capaces de dar. Dos almas libres que se eligen aquí y ahora, sin expectativas, sin obligaciones, sin reproches. Simplemente, siendo, como Pancho junto a mí en el sofá, como los peces payaso y Vulpinus en el acuario, nadando en calma, dejàndose llevar por la corriente.


sábado, 9 de mayo de 2026

Pancho llegó a la familia un jueves, a las dos de la madrugada

Hace unas semanas que comparto mi cama con alguien. Él espera paciente cada noche a que le deje tumbarse a mi lado. Cuando le llamo por su nombre y doy una palmadita sobre el edredón, sube de un salto y se acurruca junto a mí, pegado a mi espalda, aunque va cambiando de postura durante la noche, en silencio. Por la mañana, espera paciente a que me duche, me vista y me prepare. Cuando ve que salgo de la habitación, baja de la cama dando un salto, y me acompaña hasta la entrada, donde le pongo la correa para salir a la calle.

"Barrabás llegó a la familia por el mar, apuntó la niña Clara con su delicada memoria". Desde hace unos días, la primera frase del libro "La casa de los espíritus", ronda mi memoria. Esa primera frase me atrapó, hace más de treinta años, cuando leí el libro siendo una adolescente, y como ocurrió con "Cien años de soledad", todo lo que describían, me resultaba tan familiar, que pensaba que la realidad era realmente esas historias, mientras mi vida insulsa de estudiante adolescente era un mero disfraz que debía vestir, para que mi identidad de otra Clara no fuera descubierta.

Pancho llegó a la familia un jueves, a las dos de la madrugada. Me lo trajo un chico que se lo encontró abandonado en un pantano. Él se lo había quedado durante unos meses, mientras buscaba a alguien que se lo quedara definitivamente. Yo le encontré, por una serie de casualidades, a pesar de que nos separaban cientos de kilómetros.

Antes de tomar la decisión, senté a los niños en el sofá. Necesitaría su ayuda al mediodía, cuando ellos llegaran del instituto antes que yo del trabajo. Tendrían que sacarle a la calle. Los dos estaban dispuestos. Iria, con su madurez habitual, me preguntó "Mamá, ¿estás segura?. Un perro conlleva mucho trabajo y responsabilidad". Le contesté que lo sabía. Ya había tenido un perro. Me lo regaló mi tía cuando era una adolescente, y mis padres me dejaron claro que yo era su única responsable. Así fue durante muchos años. No fue fácil porque Jacky era un caniche desconfiado y territorial, que no permitía carantoñas, ni arrumacos. No permitía que personas ajenas a la familia se acercaran a nosotros. Si yo estaba en casa, estaba conmigo donde yo estuviese. Si yo no estaba, se quedaba con mi madre. Era un perro muy inteligente, que entendía todo lo que hablábamos. Desconfiado y asustadizo, atacaba como prevención. Conservo la marca de uno de sus dientes en una mano, a pesar de que no solía ser agresivo conmigo. Nunca lo fue con mi madre, a la que identificaba como la dispensadora de comida. Con mi padre y mi hermano era distinto. Les mordía cuando menos lo esperaban, al igual que a los invitados, a los que nunca podíamos dejar a solas con él. 

Con unos quince años, le detectaron un tumor en los riñones y mi madre, sin decirnos nada, para evitarnos el sufrimiento, tomó la decisión de dormirle. Para ella fue muy duro ser quien le llevase hasta el veterinario aquella mañana. A veces lloraba recordándole. "Cuando vio que le dejaba allí, me miró como preguntándome por qué me iba sin él", me decía ella con los ojos llenos de lágrimas. Podía imaginar la mirada de esos ojos negros penetrantes, con los que se comunicaba de manera tan eficiente sin necesidad de palabras. "A veces, escucho sus pisadas detrás de mí en la cocina", seguía ella. Yo también le escuchaba. 

Las primeras horas con Pancho fueron cruciales para entender que no todos los perros son desconfiados o agresivos. Cuando le vi en persona por primera vez, y le toqué, él respondió a mi caricia, con lametones y subiendo por mis piernas. Después de una breve conversación con el chico que me lo trajo, cogí la correa y se vino conmigo como si me conociera de toda la vida. Husmeó la urbanización, el portal, las escaleras y toda la casa. Insistió en las puertas de las habitaciones de los niños, que estaban cerradas porque ellos dormían en el interior. Me puse el pijama y me senté en la cama. Él tenía una cesta preparada en mi habitación, pero en lugar de acostarse en ella, dio un salto y se tumbó en la cama junto a mí. Me sentí inquieta porque nunca le había permitido a Jacky subir a mi cama. No habría podido dormir tranquila. También me desperté muchas veces durante esa primera noche, comprobando si Pancho continuaba a mi lado. Esa primera noche, quizás sin saberlo, Pancho comenzó a darme una lección de confianza que todavía continúa. A veces, la vida pone en nuestro camino las experiencias necesarias para sanar, y en ese proceso estoy, hasta que este libro finalice, como "La casa de los espíritus", "Y a mí me lo dictan ellas, que son las verdaderas dueñas de este relato".

Mamás y Papás: Una realidad que no debemos olvidar...

Una joya en el corazón de Madrid