Mi último paseo junto a la playa, antes de regresar a casa. Entre las dunas, veo los mástiles de veleros fondeados. Sonrío al recordar aquellos veranos en los que casi no pisaba tierra, permaneciendo por semanas en un velero. Carlos, mi compañero de aventuras en aquel momento, lo llamaba "la vida pirata". Por supuesto, lo era. Despertarte, mecida por las olas, fondeando en las Islas Cíes, no tenía precio.
En esta ocasión, mi viaje ha resultado más de deberes que de ocio, pero estoy satisfecha porque he avanzado en tareas pendientes. La obra en el piso ha finalizado, y he aclarado un tema importante con el Ayuntamiento.
He avanzado solicitando documentos que arrojen luz, y que nos señalen si vale la pena embarcarnos en un pleito judicial o no.
Me he reencontrado con mi familia y amistades de la adolescencia y juventud.
He seguido desmenuzando las lealtades y secretos familiares. He rescatado a aquella niña despierta, a la que tuve que hacer callar para poder encajar. Esa niña ha tomado, de nuevo, el timón. Es de ella de donde vienen las certezas.
A medida que avanzo, sigue cambiando mi manera de ver las cosas, y eso afecta a todo lo que me rodea, incluida mi vida cotidiana, soltando la exigencia de tener que ser perfecta en todo, a costa de mi descanso y de mi salud.
A pesar de las múltiples incidencias de estos días, he mantenido la calma. Me siento en paz, aunque ya no disfrute "la vida pirata", que algo me dice, volverá.



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