- Tienes el pelo naranja, - dice mi hija.
- Lo sé. Es lo que tiene mi pelo, tiene que cambiarse de color en cuanto llega a la playa.
Sólo hace dos días que estamos aquí, pero hasta mi pelo ya lo tiene interiorizado.
Me sigo levantando pronto, para sacar a Pancho. Más tarde, el asfalto se vuelve impracticable para sus almohadillas, y aunque vaya por la sombra, hasta llegar al césped, siempre hay tramos que sortear.
Los mismos tres hombres del día anterior, comen unos bocadillos, sentados en el suelo, a la sombra de un pequeño muro. Imagino que es su descanso laboral para desayunar.
- Hay una persona durmiendo....-susurra una mujer detrás de mí. Viene con una barra de pan debajo del brazo. La mujer vuelve a insistir-. Hay un hombre durmiendo ahí...
- Sí. Ya estaba ayer, -contesté.
La mujer parece decepcionada porque no me escandalice. Para las personas que viven alejadas de "lo social" que una persona duerma en la calle es un escándalo. Y lo es, pero ya estoy tan acostumbrada a saber cuántas personas viven en la calle, que para mí no es escandaloso verles. Lo que es escandaloso es que la vivienda sea un artículo de lujo.
Más adelante, hay un abuelo empujando en un columpio a un nieto de corta edad. Ambos parecen felices. El binomio perfecto.
Pancho y yo pasamos junto a un hombre, de unos ochenta años, con un bastón, sentado en un banco. Tiene unos folios en la mano. Los miro disimuladamente. Escrito a máquina, unos versos centrados en el papel, que lee con nostalgia. Quizás los ha escrito él. Quizás, los escribió alguien que ya no está. Me pregunto cómo se leerán las poesías cuando yo tenga ochenta años, o los hubiese cumplido si muero antes. ¿Seguirán existiendo los papeles o se leerá en un tipo de dispositivos que ahora somos incapaces de imaginar?. ¿Alguien leerá estas palabras acordándose de mí con nostalgia?.