Me encuentro en un momento de paz en el que hacía mucho tiempo que no estaba.
La cotidianidad a veces irrumpe de manera violenta, pero soy capaz de contenerlo en ese espacio y tiempo en el que la realidad me asalta. Me permito sentir la molestia y, después, lo olvido.
En este espacio de paz, observo infinitas posibilidades, sentada sobre la hierba, bajo la sombra de un gran sauce, cuyas ramas largas se descuelgan hasta tocar mi cabeza. El ruido de la corriente de un río cercano me acompaña. A mi alrededor, puedo ver cientos de puertas de madera, todas cerradas, esperando a ser abiertas.
No tengo prisa por abrirlas. Quiero disfrutar del momento. Sentir el vértigo de la incertidumbre, como cuando en la montaña rusa, comienzas a iniciar la bajada, absorbida por la inercia, y desearías detenerte a mitad de camino, antes de llegar a la meta para retrasar el final, para poder disfrutar de la sensación de paz, de incertidumbre, y del viento chocando contra tu cara. Los ojos cerrados, confiando en el resultado.
Siempre he disfrutado estos momentos placenteros de incertidumbre, amándome a mí por encima de todas las cosas, además de querer con toda mi alma a otras personas importantes en mi vida.
En medio de esta plenitud, he elaborado mis innegociables, las cosas que ya no admito. Sé lo que no quiero pero...¿sé lo que quiero?. El viento sopla de repente, alborotando las ramas del sauce...
¿Qué quiero?. Soy consciente de que, después de mucho tiempo, no dudo sobre lo que quiero.
Quiero...
Un compañero de viaje leal y respetuoso, que también sepa lo que quiere, en quien poder confiar y que confíe en mí.
Con quien no sea necesario compartir todo, pero que esté presente cuando estemos juntos.
Alguien con quien sea suficiente una pequeña comunicación diaria. Sin obligaciones. Sin expectativas. Que entienda que, en ocasiones, no me apetece comunicarme, y eso no significa que no me importe.
Que los silencios no pesen, sino que sean otro medio a través del que nos comuniquemos, sintiendo al otro aunque no hablemos.
Que parezca que el tiempo se desvanece cuando estamos juntos.
Que cada uno pueda seguir siendo quién es, sin perder su identidad, y que la ternura, la empatía y la comprensión estén presentes, incluso cuando haya conflictos y tratemos temas difíciles.
Amar sin miedo, sin temor a perder al otro, sin enjaular, pensando sólo en el presente. Nos elegimos aquí y ahora, pero nada nos garantiza el mañana. El mañana hay que ganárselo.
Me levanto y miro a mi alrededor. Observo que falta una puerta, y sin dudar, camino hacia la pradera verde, donde las flores han brotado, inundando el paisaje de colores. A lo lejos, veo un pequeño terreno yermo. Era allí.
Cuando llego, veo el pozo, señalizado con aquellas pequeñas piedras alrededor. Me asomo. Sigue allí agazapado. Levanta la cabeza cuando me siente. Me mira con sus ojos negros almendrados.
Sin pensarlo, me agacho, me apoyo en el suelo y extiendo uno de mis brazos hacia abajo, mientras me sujeto fuerte a la raíz de un árbol con la otra mano, para no caer.
- Ven, -susurro.
Se incorpora, y se estira hasta que una de sus manos se entrelaza con la mía.
- Ahora lo entiendo, -dice él.
- No iba a dejarte aquí, -contesto yo.


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