martes, 14 de octubre de 2008

Mi barriga y yo


El ginecólogo fue tajante. La única manera de no seguir empeorando de la anemia era el reposo. Aún así, me empeñé, y después de mejorar de la gastroenteritis, le pedí a la doctora del Centro de Salud que me diera el alta durante unos días para intentar encauzar algunos temas en el trabajo. No le pareció buena idea, y tanta presión, me pudo y me eché a llorar. "Normalmente, soy yo quien está al otro lado de la mesa cuando alguien llora", le dije mientras me daba un pañuelo de papel. Le expliqué que, moralmente, no me quedaría tranquila si no volvía unos días más al trabajo, y accedió.

Mi intención era seguir trabajando un par de semanas más. Aguanté dos días. El lunes, cuando me levanté para ir a trabajar, me duché y vestí a duras penas. Las taquicardias se dispararon. Dejé de oír, de ver, y las piernas se me doblaban. Me senté en la cama durante unos minutos, pero era inútil. Mi cuerpo no respondía. Así que me rendí a lo evidente. No podía ir a trabajar.

Por la tarde, cuando fui al médico, mi cuerpo se había ido acostumbrando al movimiento, y aparcando el coche frente al Centro de Salud, pude ir hasta la consulta.

La doctora sonrió cuando me vio entrar en el despacho. Me dijo que se veía en la cárcel por no haberme querido coger la baja antes.

Hoy es mi segundo día en casa. He estado entretenida: han venido mis padres, me han llamado amigas y compañeras de trabajo, he estado prácticamente todo el día conectada a internet, y poco a poco, haciendo muchas paradas, he podido recoger la cocina y la habitación.

Tengo la impresión de que me costará acostumbrarme a estar tres meses en mi casa, acompañada de mi barriga, pero voy asumiendo que no me queda más remedio.

martes, 7 de octubre de 2008

Mi rincón favorito


Hace años que escuché Evening Falls, de Enya, por primera vez, y me sentí transportada a otro mundo. Logra relajarme, que me olvide de todo durante unos segundos y sólo piense en mí. Así que, debido a mi estado, he decidido cambiar la banda sonora del blog, y dejar a Creep en la retaguardia.

Dentro de esta etapa en busca de la relajación, totalmente distinta a lo que he vivido hasta el momento, y en la que me acompaña "mi querido amigo Murakami", he encontrado un aliado: Mi rincón favorito. La esquina del sofá en la que me recuesto a leer, junto a la ventana. Al cerrar los ojos, el murmullo a agua de la pequeña fuente que se esconde entre las plantas, es capaz de trasladarme a mi lejana, mágica y querida tierra.

Dejo aquí la letra de la canción de Enya, para todos los que se encuentren lejos de su casa, y también para que los que estén cerca, sepan apreciarla.

EVENING FALLS

When the evening falls
And the daylight is fading,
From within me calls
Could it be I am sleeping?
For a moment I stray,
Then it holds me completely
Close to home - I cannot say
Close to home feeling so far away

As I walk the room there before me a shadow
From another world, where no other can follow
Carry me to my own, to where I can cross over
Close to home - I cannot say
Close to home feeling so far away

Forever searching; never right,
I am lost in oceans of night.
Forever hoping I can find memories
Those memories I left behind

Even though I leave will I go on believing
That this time is real - am I lost in this feeling?
Like a child passing through,
Never knowing the reason
I am home - I know the way
I am home - feeling oh, so far away


lunes, 6 de octubre de 2008

Al sur de la frontera, al oeste del Sol


Es el quinto "Murakami" que leo. Había leído la trama. Sabía con qué me iba a encontrar e intuía por dónde iba a transcurrir el relato. No me ha defraudado.

Hajime está casado y tiene dos niñas. Tiene una posición acomodada, y le apasiona su trabajo. Podría decirse que tiene una vida equilibrada y que es relativamente feliz. Quiere a su mujer, aunque mantiene escarceos sexuales con otras mujeres que no ponen en peligro su estabilidad familiar.
Sin embargo, inesperadamente, irrumpe en su vida un amor de la infancia y la adolescencia, y todo su sistema de valores parece tambalearse.

Esta trama discurre amenizada por el mundo "Murakami", mezclando realidad y fantasía, sin que ni el lector, ni el protagonista, sepan discernir cuál es la verdad. Quizás, la verdad sea todo. Como lector, te sientes identificado con los miedos y dudas de Hajime. Al fin y al cabo, ¿quién no ha temido, y deseado al mismo tiempo, encontrarse cara a cara con alguien de su pasado?

Si quieres descargarte este libro, pincha aquí, y busca a Murakami en la lista. También puedes acceder a la descarga de Tokio blues y el cuento El hombre de hielo.

sábado, 4 de octubre de 2008

El muñeco más feo


Tenía cinco años. Mi madre me llevó al cine, a ver una película de "Mazinger Z", que en aquella época, era de lo mejor que le podría pasar a cualquier niño o niña de mi edad.

Se trataba de una sesión especial para niños, y una vez terminada la película, invitaban a los niños a subir al escenario, intercambiar unas palabras con un adulto que hacía de presentador, y regalarles un juguete.

Pidieron voluntarios, y yo levanté la mano sin dudarlo. En esa etapa de mi infancia carecía de todo tipo de vergüenza a hablar en público.

Una vez en el escenario, el presentador me preguntó lo típico, cómo me llamaba y la edad. Después, me preguntó qué quería ser de mayor. Contesté inmediatamente que quería ser mamá. La carcajada de los adultos que acompañaban a los niños, no se hizo esperar. Y yo me preguntaba extrañada por qué les haría tanta gracia que yo quisiera ser como mi madre cuando fuese mayor. Un tiempo después, entendí la confusión.

El presentador, todavía riéndose, me señaló todos los juguetes que había detrás de mí, en el escenario. Había coches, aviones, y todo tipo de muñecas. Muñecas tipo princesas, muñecas enfermeras con todos los complementos, barbies, nancys...pero yo me fijé en un muñeco.

Era un muñeco muy simple. Más pequeño que el resto. Carecía de complementos. Vestía un mono rojo, y un gorro del mismo color. Pensé que, sin duda, aquel era el muñeco más simple y más feo de todos los que había, y que se quedaría esperando hasta el final a que alguien se lo llevara, o nadie lo escogería. Me dio pena y lo elegí. Para que no se quedase solo.

Cuando volví junto a mi madre, ella se quedó mirando el muñeco y me preguntó "Hija, ¿no había un muñeco más bonito?". En ese momento, me arrepentí por unos instantes de mis deseos de parecerme a mi madre.

Cuando el cuerpo te ignora

Odio estar enferma. Tengo gastroenteritis. Desde el jueves. El jueves fui a trabajar y conseguí hacer mi vida normal, pero el viernes, al levantarme para ir al trabajo, era incapaz de entrar a la ducha. No podía sostenerme en pie. Esperé unos minutos sentada en la cama, para ver si me recuperaba, pero no se me pasó. Mi pareja me pidió por favor que no fuese al trabajo. "Hazlo por el niño", me dijo. Y decidí llamar al trabajo para decir que no podría ir. Cancelé una reunión y les pedí que, a cambio, tratasen ellos solos otros temas. Una sola llamada a media mañana para dar instrucciones de cómo tratar algo que podría esperar al lunes. Pero no pensaba lo mismo la persona que quería que se lo solucionara.

Tuve que cambiar la visita al ginecólogo, que tenía prevista para esa tarde. No me sentía capaz de desplazarme hasta allí, yo sola, en transporte público. Pero sí pude ir hasta el Centro de Salud más cercano, en el coche.

Me sentía muy débil y tenía fiebre. La doctora me atendió de urgencia. La tensión estaba bien. Paracetamol para la fiebre y beber mucho líquido. Le pedí la baja sólo para el viernes, pero ella insistió en dármela también para el lunes. El lunes decidiría si me daba el alta. Pensé en todo lo que tenía que hacer en el trabajo. Le dije que creía que el lunes podría ir a trabajar. "Estás embarazada", me dijo.

Hoy tengo menos fiebre, pero sigo sin fuerzas. Y eso me desespera. No soporto que mi mente vaya más rápido que mi cuerpo, que mi cuerpo se niegue a acatar las órdenes del cerebro. Siempre me he resistido a ello y he forzado la máquina. Pero ahora es distinto. Ahora mi cuerpo no responde porque prefiere preservar al bebé que llevo dentro.

Hoy hago seis meses de embarazo, y Adrià no deja de moverse dentro de mi tripa. Me da patadas a todas horas, y me pregunto si él también se encuentra mal. Desde luego, si es así, él consigue que su cuerpo responda.

miércoles, 24 de septiembre de 2008

Game over


Ayer tuve un sueño. Soñé que Iñaki Gabilondo explicaba en el telediario que los bancos y las grandes empresas de inversión que ahora atraviesan enormes apuros económicos, y son salvadas por "papá Estado", una vez que volviesen a su etapa de enormes beneficios, decidían repartirlos con el Estado, es decir, con todos los contribuyentes que se han visto obligados a destinar parte de sus impuestos a salvarlas.

Por la mañana, mientras me duchaba, aún aparecía, congelado en mi retina, el gráfico, de un brillante y luminoso color amarillo, del que se ayudaba el periodista para explicar el "milagro". Por un instante, dudé de si se trataba de un sueño o del telediario de la noche anterior.

"Sin duda, se trata de un sueño", pensé mientras salía de la ducha.

Me pregunto qué se solucionará con esta estrategia de salvamento. Es evidente que el capitalismo ha fracasado, que el nivel de consumo del "primer mundo" es insostenible, tanto ecológica, humanamente como económicamente. Sin embargo, todo apunta a que el Estado "cambie algo para que todo siga igual". Hará "borrón y cuenta nueva", como un videojuego que se despide con un "Game over", pero que vuelve a comenzar seleccionando el botón de nueva partida, habiéndonos salvado la vida.

Después hablan de la educación, de que los jóvenes no son tolerantes a la frustración... ¿acaso los grandes empresarios, los grandes inversores, lo son?. ¿O juegan con nuestro dinero, con nuestros empleo, con nuestra vida como si se tratara de un videojuego?. Ellos no tienen nada que perder. El "papá Estado" introduce otra moneda y la partida vuelve a comenzar.

lunes, 15 de septiembre de 2008

Murakami en Atenas




Ayer por la noche llegué de Atenas. Un viaje de una semana en Grecia, donde la temperatura de septiembre sigue siendo como la de agosto en Madrid. El calor unido a mi embarazo de más de cinco meses no me ha permitido "patear" la ciudad como me hubiese gustado, así como investigar la isla de Hydra, que visitamos un día, pero en la que, al menos, pude bañarme en las aguas cristalinas del Mar Egeo, y pasear por sus calles de casas blancas y azules, así como disfrutar de las vistas del horizonte que debieron otear los corsarios y piratas que poblaron esa isla. Era curioso pasear por un lugar tan poblado de gatos y en el que el medio de locomoción más usado es el burro.

En cuanto a la caótica y calurosa Atenas, donde los coches son los reyes y los peatones sufren su monarquía absoluta, ofrece el contraste del día y la noche. Durante el día, los atenienses se refugian en sus numerosos cafés, refrescándose bebiendo frappés o capuccinos freddos (variantes del café con hielo que bebemos en España). Los turistas, por su parte, invaden los barrios más turísticos, Plaka, Monastiraki, o la plaza de Syntagma, donde hacen el famoso cambio de guardia a las horas en punto.

Por la noche, las calles se transforman. La mínima bajada de temperaturas durante la noche (de unos 20-25 grados) y, sobre todo, la ausencia de los sofocantes rayos del sol, te invitan a pasear por las calles de Atenas, cenar en alguna "taverna" al aire libre y, con suerte, escuchar algún concierto de música griega o clásica en el ágora. La Acrópolis, iluminada, aparece majestuosa sobre la ciudad.

La gastronomía griega merece una mención aparte. La ensalada griega, con el queso feta y esas aceitunas negras tan sabrosas, la tzaltziki (salsa de yogurt con pepino, ajo, menta y aceite), la mousaka, el arroz envuelto en hojas de parra, el humus (salsa de garbanzos), el pastichio, las pitas, los tomates rellenos de arroz, o los baklava, los pasteles más hipercalóricos que he comido nunca...

No me he olvidado de mi amigo Murakami. Me llevé conmigo Sputnik, mi amor, sin saber muy bien qué historia iba a encontrarme, y cuál fue mi sorpresa al descubrir que el protagonista de la novela viaja a Grecia y que, una tarde, mientras leía descansando de la agotadora mañana en la que había subido a la Acrópilis, el protagonista también visitaba la Acrópolis. Curioso...

jueves, 4 de septiembre de 2008

Kafka en la orilla


He terminado el tercer Murakami. Y tengo dos más esperándome... Estoy totalmente enganchada a las novelas de este escritor, y espero que tanta creatividad, imaginación, fantasía, magia, deseo, dolor... no afecte a mi futuro bebé.

Kafka en la orilla te engancha desde un principio, entrecruzando dos historias que parecen muy distintas. Acompañamos a los personajes, alternando una y otra historia. Cualquiera que haya leído algo de Murakami, imagina desde el principio quién es el chico llamado Cuervo, y quién es el niño que no despierta del coma colectivo de la montaña del bol.

Puedes ir intuyendo cómo puede ir la historia, qué tiene que ocurrir para que, al fin, estos dos personajes se encuentren.

Los personajes "secundarios" son tan interesantes como los protagonistas. Está escrito de tal manera, que penetras en el interior de esas personas, llegando a tener la impresión de que son personas de carne y hueso con las que has llegado a entablar una relación.

Sigue sorprendiéndome cómo es capaz de sumergirte en lo extraordinario, en lo fantástico, de tal manera, que acabas pensando que lo más normal es que alguien hable con los gatos o haga llover peces.

Sin duda, su lectura es un viaje a tu subconsciente. Antes de que te des cuenta, ya estás dentro. Como en un cuadro pintado hace años, que te hace creer que eras tú el retratado.

Por cierto, Kafka escucha a Radiohead.

Mamás y Papás: Una realidad que no debemos olvidar...

Una joya en el corazón de Madrid