viernes, 18 de abril de 2025
PROCESO FINALIZADO
jueves, 17 de abril de 2025
LA REGLA DEL BLOG
domingo, 13 de abril de 2025
EN RECONSTRUCCIÓN
domingo, 6 de abril de 2025
Drama en el acuario marino
El origen pudo ser alguna bacteria o parásito que viniera en alguno de los nuevos corales que había introducido en el acuario. Pudo ser también el pez mandarín que había traído unas semanas antes, o es posible que comenzara por una reacción al agregar el calcio o magnesio al agua, ya que uno de los peces pijama se acercó al filtro mientras aditaba, creyendo que iba a echar comida, y puede que se le irritaran los ojos por eso, porque empezó por ahí, con una capa blanquecina en los ojos del pez pijama. Después, la capa blanquecina apareció en otro de los ojos de otro pez pijama, y lo que parecía ser hongos, en la boca del tercer pez pijama.
A su vez, aparecieron unos puntos blancos en la piel de vulpinus, y el pez mandarín comenzó a comportarse de forma extraña, escondiéndose y dejando de comer. Los peces payaso y el gobio parecían estar perfectos.
En cuatro años de acuario marino, nunca había habido tantos peces enfermos a la vez. Había tenido alguna baja aislada hacía tiempo, pero sin dar muestras de patología previa.
Busqué información en internet, pero el diagnóstico no estaba claro, ni tampoco el tratamiento. Parecía una mezcla de enfermedades y cada uno tenía diferentes remedios. Los que apostaban por remedios naturales, -ajo, jengibre, cambios a acuarios hospital sin salinidad-; los que apostaban por medicación para acuarios, y los que apostaban por antibióticos. Todos o la mayoría enfrentados. Probé con el ajo, mezclado con comida, pero aunque lo comían, no mejoraban. El pez mandarín desapareció sin dejar rastro.
Acudí a mi tienda de acuario marino de referencia, donde compré una medicación de amplio espectro. Cuando la adité al acuario, era demasiado tarde. Los peces pijama estaban bastante afectados. Uno de ellos estaba escondido en la parte de atrás del acuario. Los otros dos estaban cerca de él, y todo el tiempo juntos. Si se movía, los otros le acompañaban en todo momento, guiándole.
Una mañana, parecía que estaba mejor, y estuvo nadando por la parte de delante del acuario, hasta que se desplomó sobre la arena. Los otros dos, seguían empeorando, guiándose mutuamente, hasta que uno de ellos, apareció muerto detrás de las rocas.
El resto de peces se escondieron cuando vieron cómo lo sacábamos con la red. El otro pez pijama desapareció. Le estuve buscando hasta que le encontré, oculto debajo de una roca. Nunca se había escondido así. Sus ojos transmitían terror, y evitaba mirarme, cuando hasta el momento, siempre que me veía cerca del acuario, se acercaba a mí y me miraba directamente a los ojos. Estaba claro que temía que le sacara del acuario igual que a sus amigos.
Vulpinus continuaba empeorando, y nadaba frente a la bomba de olas, contra corriente, imagino que para aliviar el picor que le producían los parásitos del ich, que creo era lo que él sufría. Ya no se acercaba para comer. Al día siguiente apareció inmóvil tumbado contra una piedra. El pez pijama había salido de su escondite. Estaba tumbado sobre la arena. Sus branquias se movían a duras penas, pero sabía que debía dejarle morir tranquilo. No podía hacer nada más que esperar.
Los peces payaso, que hasta el momento, no presentaban síntomas, comenzaron a actuar de manera extraña. Ya no dormían en la parte de atrás del acuario, sino en la parte de delante. La hembra apareció tumbada en la arena, intentaba levantarse, pero no podía. Junto a ella, estaba el macho, que nadaba sin problema y seguía comiendo. El pez pijama dejó de respirar. Horas más tarde, el pez payaso hembra, estaba cubierta por una capa blanquecina y no mostraba signos de vida.
En el acuario, además de los corales y la anémona, quedaban sólo el pez payaso macho, el gobio, y el camarón pistola. Cuando parecía que no habría ninguna baja más, el pez payaso comenzó a tumbarse en la arena y comenzaron a aparecer manchas blancas en su cuerpo. Estaba contagiado. Llegó un momento en el que estaba tumbado junto a la entrada de la cueva del gobio y el camarón. Yo observaba con detenimiento porque parecía que había cambiado su posición, con la parte posterior del cuerpo casi dentro de la cueva, y entonces...de repente, desapareció en el interior, de manera abrupta, sin moverse, algo había tirado de él desde el interior. Por supuesto, había sido el camarón pistola.
Pensé que iba a comérselo. Quizás, también había hecho desaparecer al pez mandarín. Pero como en las historias con un giro inesperado al final, cuando crees que ya sabes lo que ha ocurrido sin género de dudas, al día siguiente, el pez payaso apareció en medio del acuario, tumbado en la arena, completamente blanco, pero intacto, y entendí lo que había ocurrido. El camarón le había escondido de mí. Le había cobijado en su cueva, y él y el gobio le habían acompañado hasta su muerte. Una vez fallecido, le habían sacado al exterior.
Esos días fueron muy duros. Lloré mucho por estos compañeros de piso, que se acercaban a saludarme y a pedir comida cada vez que pasaba junto al acuario, pero también, aprendí mucho de ellos, cómo se cuidaban, cómo protegían al más débil, cómo le guiaban e incluso, como le escondieron.
El gobio y el camarón pistola han sobreviviendo a lo que hubiese en el acuario. Han transcurrido casi tres meses desde la última muerte, y por el momento, voy a esperar unas semanas más para dar tiempo a que el parásito o bacteria muera. Creo que el gobio no se contagió porque él interactúa únicamente con el camarón, aunque parece extraño porque estuvo acompañando al pez payaso hasta el final.
A veces, me siento tildada como loca cuando explico las cosas que hacen o han hecho los animales con los que he convivido, pero cuánto más les observo y analizo, me doy cuenta de que son más inteligentes y sienten más de lo que pensamos.
jueves, 27 de marzo de 2025
Doble vida
Muchas personas, entre las que me incluyo, tenemos una doble vida. Somos más de las que piensas, y estamos en todas partes. Somos tus vecinos, compañeros de clase o de trabajo, nos sentamos junto a ti en el metro, en el autobús...y aunque parezca que estamos allí, no lo estamos. Si nos ves usar el móvil, seguramente estaremos dentro de nuestra otra vida.
Es una vida virtual, etérea, que sólo revive cada vez que entramos en contacto con nuestros compañeros de viaje virtuales, pero que en ocasiones, inunda nuestra otra vida, la vida real, la condiciona...y a veces, los personajes virtuales saltan al mundo real, pudiendo conocerles en la realidad tangible. De hecho, mi última pareja, con la que he compartido dos años y medio de mi vida, en el mundo real, la conocí en ese mundo virtual.
¿De qué estoy hablando?. Podría hablar de muchas plataformas virtuales. Todas, más o menos, pueden tener estos componentes. Conozco muchas de ellas, pero en la que llevo sumergida más de tres años, es un juego. Lord of the rings: RisetoWar.
Llegué allí por casualidad. Salió como sugerencia de aplicación en mi móvil, y entré por curiosidad, mientras me sentaba por las noches a ver alguna película antes de dormirme. Empecé con la primera sesión del juego, en octubre de 2021. Los gráficos eran muy simples y estuve aprendiendo la dinámica del juego, que me iba pareciendo cada vez más compleja. Había un chat en el que podías hablar con otros jugadores, que nunca usé, creyendo que serían todos niños o adolescentes. Al final de la temporada, quedé como líder de una comunidad, sin saber muy bien cómo había llegado allí, y alguien me escribió para unirme a su comunidad la siguiente sesión, pero no respondí. Las sesiones duraban como ahora, unos dos o tres meses.
En la segunda sesión, empezaron a escribirme otros jugadores para organizar ataques conjuntos. Al principio, no hablaba mucho, lo mínimo para fijar un día y una hora de ataque. "A las 20.00 no, que tengo que hacer la cena a los niños", escribían algunos de ellos, y me dí cuenta que al contrario de lo que había pensado en un inicio, la mayoría de los jugadores eran más o menos de mi edad. El chat del juego traduce al idioma que seleccionas todas las conversaciones, por lo que aunque hablasen en otros idiomas, podíamos entendernos perfectamente. También contamos con un tiempo horario homogéneo, el UTC, que con la península española varía una o dos horas, en función de la época del año, pero difiere bastante en otras partes del globo, por lo que la hora en la que prefiero atacar un bastión, que suele ser las 21.00 o 22.00, puede suponer que sea la madrugada o mañana de otros jugadores, por tanto, siempre hay que pensar estrategias, mediar, negociar...y poco a poco, se va creando un entramado, una realidad paralela, en la que creamos unos personajes, -la mayoría de los jugadores tenemos más de uno-, en la que podemos comportarnos como en la vida real, o ser completamente distintos. Puede ser nuestro alter ego, o despreciable, traicionero, generoso, amoroso, amistoso...puede ser lo que nosotros queramos.
Después de estos tres años de andadura, algunos ya tenemos muchas historias que compartir y que contar. La dinámica del juego obliga a interactuar. Tenemos que crear comunidades de hasta 100 jugadores, que a su vez crean alianzas con otras comunidades, creando una facción, que se enfrenta a otras facciones, y se crean alianzas entre facciones, unas contra otras, y nos ayudamos, y nos traicionamos, y nos amamos y nos odiamos, como la vida misma. Y a veces pienso que quizás esto sea más real que la vida que creemos real, y que es difícil establecer la línea, porque los dos mundos interactúan constantemente.
Como decía, conocí a mi última pareja en este juego, nos conocimos en persona, y decidimos iniciar una relación de pareja en la vida real. También he conocido a otros jugadores en persona, que aunque vivan lejos, cuando han viajado, hemos buscado la manera de encontrarnos.
Por lo general, en medio de las conversaciones para organizar las estrategias, acabamos compartiendo temas personales, si tenemos hijos, pareja, si trabajamos o estudiamos, y dónde vivimos. A veces, incluso, hablamos de la diferencia entre los distintos países, vacaciones, sistemas sanitarios, recursos sociales...
Nos apoyamos en los momentos difíciles, -pérdidas, problemas de salud...- somos como una gran familia, y cuando acaba una sesión y tenemos qué decidir entre los distintos formatos que el juego nos ofrece, la frase más escrita suele ser algo así "Da igual dónde vayamos, pero voy contigo", y las barreras del idioma, de la religión, de la edad, de las clase sociales, dejan de existir, porque en este mundo sólo somos esos personajes en los que hemos volcado nuestro "yo" más primario.
No puedo evitar dejar de analizar las personalidades de los personajes, las alianzas, las traiciones...es tan fácil detectar a las personas tóxicas, los abusadores...y también a las personas frágiles, dañadas, que necesitan huir de su realidad.
Es muy fácil para mí conocer el siguiente paso del enemigo y buscar una estrategia para combatirle de forma más efectiva. Nunca dejo de sorprenderme cuando algunos jugadores dicen que no han dormido la noche anterior para poder atacar al enemigo, y pienso en las repercusiones que puede tener para alguien no dormir en la vida real.
Personalmente, estos últimos meses, que mi cuerpo no respondía, he seguido caminando, luchando y hasta volando con águilas en este mundo virtual. He tenido más tiempo libre para organizar estrategias y dar soporte a mis compañeros, y me he sentido más útil de lo que era en la vida real, porque mis limitaciones físicas no interferían en el mundo virtual, y hemos conseguido épicas victorias, cuando nadie creía que fuéramos capaces de lograrlo, y he conocido a jugadores muy fuertes, -ballenas o kraken, los llamamos-, humildes, que han dedicado su tiempo a ayudar a los más débiles, protegerles y enseñarles a optimizar a sus comandantes y equipaciones para ser más fuertes. En estas situaciones, a pesar de la barrera de las pantallas, puedes sentir su generosidad y sabes que ésa es su forma de ser en el mundo real.
Es, sin duda, un fiel reflejo de la vida real, donde puedes ejecutar el ensayo - error sin consecuencias en la realidad, salvo para aquellas personas en las que ese mundo es más real que su vida fuera de lo virtual, y cuando llego a este punto de la reflexión, siempre me pregunto quién decide cuál es la realidad si lo que estoy viviendo en la pantalla para mí es la realidad, donde mis limitaciones físicas no influyen, donde nadie me juzga por mi físico, ni por mi religión, ni por mi clase social...allí sólo soy un personaje donde he volcado mi esencia o la parte de mi personalidad que he elegido mostrar, que me ayuda a escapar de mi realidad o la complementa haciéndome sentir lo que no puedo sentir en la realidad.
Sin duda, estamos ante un fenómeno al que creo que por el momento no se está dando importancia, pero que se tendrá que estudiar en algún momento, entre otras cosas, porque nuestras hijas e hijos ya están creciendo con la posibilidad de entrar en estos mundos. Los adultos nos los hemos encontrado cuando nuestra experiencia de vida ya estaba avanzada, pero qué repercusión puede tener en las vidas de quienes están aprendiendo a vivir, está por descubrir.
miércoles, 8 de enero de 2025
Cuando no escuchamos a nuestro cuerpo
El cuerpo nos para cuando nosotros no paramos. Hace más de un mes, que mi vida se limita a arrastrarme hasta la cocina, el salón o la cama; acudir a centros hospitalarios en taxi, y comprar todo por internet.
Hace más de un mes que mi cuerpo se reveló contra mí, después de haber estado avisando durante semanas que algo ocurría con mi espalda. Hice caso omiso a los dolores, incluso cuando no podía doblarme para abrocharme las botas. Seguí con el ritmo trepidante del día a día, incrementado con la multitud de tareas a realizar antes de irme de viaje. Además, algo me decía que debía hacer todas las gestiones de los niños en esa semana porque la siguiente sería imposible hacer nada, y tenía que dejar comida cocinada y congelada en el congelador. Hice caso a mi instinto y así lo dejé hecho, afortunadamente.
El 5 de diciembre, por la mañana, mientras estaba reunida con parte de mi equipo de trabajo, me tomé unas pastillas para calmar los gases, creyendo que tenían que ver con las molestias de la espalda. Me sentía mareada, pero continué con el ritmo programado. Incluso, aquella tarde, cuando ya en el aeropuerto, tuve que sentarme para abrocharme las botas tras el control de seguridad.
El viaje a Zurich discurrió con normalidad, viendo en la tablet las películas que me había descargado, aislada del resto de viajeros, que ese día estaban especialmente parlanchines, pero cuando bajé del avión, sentí un dolor muy fuerte y punzante en la pierna izquierda y ese lado de la espalda. Me tomé un ibuprofeno e intenté ignorarlo, hasta que a las cinco de la madrugada, sin poder conciliar el sueño por el dolor, nos fuimos a urgencias.
Allí me diagnosticaron ciática y me recetaron antiinflamatorios y analgésicos, pero el dolor seguía siendo terrible y ya no podía apoyar la pierna en el suelo. No respondía. Cedía.
Tuve que pedir asistencia en silla de ruedas en los aeropuertos para volver a Madrid, -una experiencia que merece una entrada en el blog por sí sola-.
Más de un mes después, puedo andar casi recta, aunque mi pierna sigue sin responder, bloqueándose constantemente. No puedo conducir, no puedo permanecer de pie quieta durante más de unos segundos. En la Seguridad social se limitan a cambiar la medicación contra el dolor y alargar la baja. La mutua de la empresa me ha realizado radiografías y una resonancia, teniendo ya un diagnóstico claro que implica posiblemente una operación que yo no quiero.
La cuestión es que la normalidad de mi rutina se ha detenido, congelada a partir del 5 de diciembre de 2024. Estoy intentando aprender a vivir con el dolor hasta que encuentre una solución que, por el momento, no llega.
domingo, 23 de junio de 2024
Las cosas pasan cuando tienen que pasar
Aquella tarde, me había quedado más tiempo trabajando, aprovechando que la niña estaba en el viaje de fin de curso y el niño estaba con su padre.
Salía del trabajo sobre las seis de la tarde, con la mochila y un libro en la mano, que una compañera me había dejado para leer durante el verano. Tenía que ir al cementerio, que está cerca de mi trabajo, a pagar la anualidad por el nicho en el que descansan los restos de mi abuela y mi madre.
En el edificio, no se escuchaba nada. A esa hora, sólo quedábamos en él las compañeras que realizan la limpieza y yo. Empujé la puerta para salir, y mientras salía, buscaba el móvil en la mochila. La puerta se cerró detrás de mí en el mismo momento en el que me di cuenta de que no tenía el móvil. Se había quedado dentro de mi despacho.
Decidida, golpee la puerta, esperando a que las compañeras me escucharan. Estuve golpeando la puerta durante unos diez minutos. La pared de cristal me permitía ver el interior del edificio. No había nadie en esa planta. Ellas debían estar en las plantas de arriba. Era posible que no bajaran a esa planta hasta que no terminasen su jornada. Una vez, me habían dicho que solían terminar sobre las ocho menos cuarto. Miré la hora. Las 18.15. Volví a golpear la puerta y el cristal, durante otros cinco minutos. La gente que paseaba junto al centro, me miraba sorprendida, pero nadie me decía nada.
Pensé en la posibilidad de irme a casa sin el móvil, pero no me gustaba la idea de que la niña estuviese de viaje y yo sin que pudieran localizarme si pasaba algo. Por otro lado, tenía que ir al cementerio, pero no sabía a qué hora cerraban. Quizás lo mejor sería ir al cementerio mañana u otro día.
Esa idea me tranquilizó. Pensé que, al fin y al cabo, no tenía prisa por volver a casa, y al final, lo que me preocupaba era no tener el móvil por si alguien tenía que contactar conmigo. Por otro lado, no tenía ninguna manera de avisar a las compañeras que estaban dentro. No tenía sus números de teléfono ni tampoco manera de llamarlas. Vi que había un teléfono de la empresa de alarma, y pensé que una opción podría ser pedir a alguien que pasara por allí, que llamase a la empresa y a su vez, a las personas que estaban dentro, pero imaginé que la empresa llamaría a la policía, algo que no ayudaría mucho.
Finalmente, llegué a la conclusión, después de otros cinco minutos golpeando la puerta, que en el peor de los casos, a las 19.45, cuando finalizasen su trabajo, ellas tendrían que abrir la puerta. No había otra salida en el centro.
Las 18.35. Me sorprendía lo rápido que pasaba el tiempo, en esa situación irreal. Me sentí como un personaje de los libros de Murakami, entrando en un mundo irracional donde el tiempo tenía su propio ritmo. Me sentí un poco anestesiada, como si mi cerebro estuviese intentando amortiguar el malestar que sentía por estar en esa extraña situación.
Volví a golpear el cristal durante cinco minutos más. Dentro, todo seguía vacío. Ellas no podían escucharme. La única opción era esperar a que ellas salieran. Pero, ¿qué podría hacer hasta entonces?. Sentí el peso del libro que llevaba en la mano. Hacía mucho tiempo que no leía un libro. Mi vida tiene un ritmo tan vertiginoso, que es imposible tener un rato para leer. Quizás ahora es el momento. Tenía que verme atrapada en esta situación absurda para empezar a leer.
Las cosas pasan cuando tienen que pasar, pensé. Y abrí el libro. Hablaba sobre una mujer que acababa de perder a su padre. Hablaba sobre el dolor de la pérdida y sobre la historia familiar, remontándose a la niñez de su abuela.
Las 19.20. Golpeé de nuevo la puerta, durante algunos minutos. Miré dentro, haciendo sombra con una mano, para que el sol no me deslumbrase. Nada se movía en el interior. Volví al libro. Hablaba sobre la niñez de su abuela, en medio de la guerra civil. Mientras me sumergía en esa historia, pensaba en la historia de mis abuelas, y en el móvil sobre la mesa de mi despacho.
Las 19.45. Levanté la vista y vi que una de mis compañeras salía del ascensor. La hice gestos a través del cristal, y se acercó rápido a la puerta, para abrirme. Le expliqué lo que había ocurrido y se sorprendió de no haberme escuchado. Pronto bajó la otra compañera, igualmente sorprendida. Me dieron sus números de teléfono en un papel por si volvía a ocurrir algo así.
Las cosas pasan cuando tienen que pasar. Y lo que pasó es que vi en el móvil que el cementerio cerraba a las 19.00 y que podría ir al día siguiente a pagar el nicho.
Salí antes del trabajo, no sin asegurarme que llevaba el móvil conmigo, y fui directa al cementerio. Cuando entré en las oficinas, todo estaba oscuro. Dos puertas estaban entreabiertas. Me acerqué a la que tenía el letrero "Oficina" sobre el quicio. Un hombre estaba sentado ante un ordenador, a oscuras. Me dijo que pasara, al ver que me asomaba a la puerta. Le expliqué que iba a pagar la anualidad, y me pidió que me sentara. Intentó ser amable conmigo, mientas me imprimía la factura. Le sonreí y di las gracias mientras me acordaba de todas las cosas que sabía de esa empresa, por mi trabajo. Afortunadamente, él no sabía quién era yo.
Cuando salí de aquel sitio, caminé en dirección contraria a la salida, decidida de que las cosas pasan cuando tienen que pasar. Un par de horas antes, había caído una gran tormenta, que había limpiado el aire y refrescado el ambiente de un caluroso día de finales de junio en Madrid.
En el cementerio, no había nadie. Sólo me crucé con una mujer que salía cuando yo entraba. Caminé colina arriba, recordando la última vez que había estado allí, unos ocho años antes, por el entierro de mi abuela. El nicho estaba casi al final, haciendo esquina, y allí estaba también mi madre, después de que mi padre decidiese que prefería que sus cenizas estuviesen allí en lugar de en casa.
Fui parando en la esquina izquierda de cada hilera de nichos, hasta que las encontré, a las dos. Las personas más importantes de mi vida, junto a mis hijos. Las que han hecho que yo sea yo. Las que me cuidaron y criaron cuando yo no podía hacerlo por mí misma.
Leí sus nombres inscritos. Me besé las puntas de los dedos y presioné con ellos la piedra negra. Pensé en ellas durante unos minutos. Al menos, estaban juntas, aunque no creo que ellas estén en ese sitio, sólo lo que queda de su parte física, por eso me había resistido a ir hasta entonces.
Después caminé hacia el coche, despacio, pensando que si hubiera ido el día antes, seguramente no habría tenido tiempo de ir hasta allí y de enfrentarme a ver sus nombres escritos sobre la piedra de un nicho. Imagino que esto es el principio de la consciencia de que no podré volver a verlas ni hablar con ellas. Siguen congeladas, como si se tratase de un tiempo en el que nuestras vidas nos mantienen tan ocupadas que no tenemos un rato para hablar.
Imagino que es la manera que tiene mi cerebro de amortiguar el dolor, al igual que consigue que casi dos horas esperando ante una puerta cerrada se convierta en la oportunidad de leer un libro.
viernes, 17 de noviembre de 2023
Lucy
Cuando vi en Facebook aquella bola de pelo blanco que una protectora pedía que alguien adoptara, supe que tendría que ser yo. Para mí era tan claro, que incluso no me importó el desacuerdo de mi pareja en ese momento, el padre de mis hijos. Yo me encargaría de ella, como hacía con el acuario.
Fue mi hijo Adrià quién le puso el nombre en el veterinario cuando fuimos a recogerla. Lo dijo de manera espontánea cuando le pregunté cómo la llamaríamos. Lucy.
Recuerdo esa pequeña hurona albina, de apenas un mes, durmiendo sobre mis piernas, al volver a casa en el coche. Compartiríamos juntas más de nueve años de nuestras vidas. Hace unos días tuve que tomar la triste decisión de ayudarla a morir, al verla sufrir y escuchar esos gemidos de dolor casi constantes los últimos días. "Nueve años y medio para un hurón son muchos años", me dijo la veterinaria al otro lado del teléfono tras decirme que los resultados de los análisis arrojaban que Lucy tenía múltiples patologías de las que no podría recuperarse y la estaban haciendo sufrir.
Entre medias de esos dos días, tenemos miles de anécdotas...cuando en un descuido salió de casa y la encontré en el portal, después de haberla buscado desesperada durante unos minutos; cuando desapareció dentro de una madriguera de conejo para salir interminables minutos después por otro agujero; cuando paseábamos por la calle con ella sentada en mi hombro; cuando intentaba asomar la cabeza por mi bolso al entrar con ella en un hotel a hurtadillas; cuando mordió el tubo del lavavajillas; cuando destrozaba las mangueras de la terraza de casa de Carlos; cuando intentaba beber el agua del acuario; cuando se tiró un bote de barniz encima mientras yo pintaba los muebles, cuando escondía los estropajos debajo de la almohada en mi cama; cuando arrastraba por toda la casa los peluches de los niños, que le triplicaban el tamaño; los recorridos de obstáculos que le preparaba Carlos en su terraza... Y los sobresaltos de los últimos meses, cuando cayó dentro del dispensador de comida y no podía salir, y cuando se quedó atrapada dentro de la bañera, durante no sabemos cuántas horas.
Todos esos recuerdos estallaban en mi mente mientras las lágrimas me nublaban la vista la otra tarde en la clínica. Había pasado allí la noche para que los veterinarios la evaluasen a primera hora de la mañana y estuviera controlada con medicación que pudiera aliviar el dolor.
Me la dieron dormida, envuelta en una toalla. Fue despertando poco a poco, y se removió, intentando bajar a la mesa de la consulta, y de allí quiso bajar al suelo, y todavía corrió un rato por la consulta, olisqueando el suelo, y abrió una de las puertas con el hocico y salió corriendo por el pasillo...y en ese momento pensé que quizás podría llevármela de nuevo, que podría estar conmigo aún unos días más, pero hubo un momento en el que dejó de correr. Se quedó quieta en el suelo. La cogí en mis brazos. Temblaba. La envolví en la toalla, bostezó, cerró los ojos, de nuevo los quejidos..."Lucy, Lucy..."-la llamé, pero no abrió los ojos.
La sedaron en mis brazos. La besé la cabeza...esa bolita de algodón blanco y suave...la pequeña Lucy. Una mezcla de emociones...y ser consciente de la gran pérdida que tuve hace algo más de un año en mi vida, y que no he sido capaz de asumir, ni de afrontar... Algo totalmente inesperado, igual de rápido, y estando presente mientras ella se iba, en medio de un gran dolor, y la incredulidad de que algo así pudiera estar pasando. Sin poder hacer nada para evitarlo, sólo pudiendo asistir a su marcha. Ella que cuidó tanto de Lucy cuando yo no podía llevármela de viaje. Mamá, ¿por qué?. ¿Por qué tan rápido?. Tantas cosas por vivir todavía...Nunca me arrepentiré lo suficiente de no haber podido compartir más momentos contigo.



