sábado, 29 de marzo de 2014

Reflexiones varias

Copio la segunda reflexión que me hacen llegar. Ésta es de un hombre.

Como los grandes planteamientos globales afectan a nuestro propio micro cosmos y a la vida que tenemos establecida. Esa vida en la que nos embarcamos, en sus diferentes facetas (modelo familiar, trabajo, ocio...) y en la que creemos tomar las decisiones que tomamos en base a nuestra personalidad, creencias...

Aristóteles decía que nuestro alma antes de recibir sensaciones era una tabla rasa sobre la que no hay nada escrito. Digamos al nacer. Después en esa tabla se van marcando sensaciones que formarán nuestro conocimiento. Todos los grandes planteamientos globales que nos rodean, políticos, sociológicos, culturales (creo que al fin y al cabo todos son lo mismo) acaban marcando esa tabla que nos condiciona de alguna manera a modo de guías que no sólo limitan los extremos de nuestro caminó sino que nos llevan, arrastran por una senda. Llamemos a esa senda Vida. Ahora bien. ¿Quien escribe en esa tabla? A mi parecer nosotros mismos. La sociedad nos marca, nos guía, nos influye. Si. Pero somos individuos con capacidad de discernir y decidir. Esos planteamientos globales nos marcarán desde que nacemos pero entrados en la edad adulta debemos y podemos desarrollar la suficiente capacidad critica para que los que empuñemos el cincel que grabará nuestra tabla seamos nosotros mismos. Así nos convertimos en ciudadanos activos y dejamos de ser sólo personas.

Bien, pues esto mismo lo aplico a la sociedad patriarcal y a los modelos familiares. He recibido la educación propia de los que nacimos en los setentas, con sus modelos familiares, he vivido la uniformidad de la composición de las familias, lo excepcional de conocer a un hijo o hija de divorciados, la ausencia de la realidad homosexual y los límites de la vida sexual. Pero también los setenteros hemos vivido un cambio radical en estas estructuras, cambios que llegaban de una sinergia entre algunos grupos ciudadanos y determinada casta política, deseosa de destacar por sus decisiones socialmente progresistas. Se ha avanzado mucho. Y más que queda por avanzar, mucho.

Después de estas divagaciones, diré que está en nosotros seguir perpetuando las estructuras patriarcales o favorecer su desplome. Yo hace mucho que opté por lo segundo, y en mi vida y en lo que le transmito a mi hijo ando ahí, inculcándole la heterogeneidad que siento y que creo que le ofrecerá un mayor espectro de posibilidades a la hora de tomar las riendas sobre su propia tabla. De lo que quiera escribir. Y no voy a ir de auténtico. Estoy influenciado, mediatizado y condicionado por los grandes planteamientos globales, como todos y todas. Pero cada día intentó sacudir esos prejuicios sociales (bastante tengo con los míos) para que no determinen mi vida personal.

Y a este punto quería llegar, yo que ansío formar una familia de las de siempre. Ardua tarea para un divorciado con un hijo de ocho años. Pero quiero tener más hijos y convivir con la madre, cosa que nunca he tenido la oportunidad de hacer. Y no me da miedo querer encontrar a esa pareja que quiera tener al lado (yo soy muy de pareja que le vamos a hacer) y que además sienta que es la que quiero que sea la madre de mis hijos. No se sí llegaré a eso en mi vida, pero se que es mi objetivo, y sé a ciencia cierta que no es por los complejos planteamientos globales, sino que responde a un deseo personal. Porque las decisiones las tomo yo en función de mis posibilidades y de mi entorno influyente. Pero los deseos son sólo míos y no tienen corsés ni barreras. Ahora toca convertir los deseos en decisiones. En ello ando.

viernes, 28 de marzo de 2014

Al margen de los roles

A raíz de las anteriores entradas en el blog, algunas personas me han hecho llegar también sus reflexiones, y he creído muy interesante publicarlas también en el blog, tras tener su consentimiento. Aquí va la primera, que es de una mujer.

Es evidente que los roles son sociales y cada género lleva su carga. Si los gays no son aceptados como hombres y pueden ser encarcelados e incluso sufrir pena de muerte es porque su unión desestructura los pilares de la convivencia familiar y esta es básica para mantener, sin cuestionarlos, los sistemas sociales de poder. Quiero decir que para nadie es sencillo asumir la línea de conducta y pensamiento que nos inculcan desde niños y desarrollar al mismo tiempo una rebelión contra ella. Para las mujeres ha sido más fácil porque su situación de sumisión y opresión era, y es, evidente. ¿Cuál es el enemigo del hombre? ¿Contra quién tiene que enfrentarse? Lo tiene peor porque ha de rebelarse contra lo aprendido desde que el hombre se hizo recolector, contra la historia. Puede hacerle la guerra a la desigualdad social o económica porque en ese reparto, injusto, a él le toca la parte menos beneficiada, pero ¿torpedearse a si mismo?
Y si hablamos de la mujer... tampoco ha luchado por hacer un mundo nuevo. Por supuesto que hay que reclamar y exigir la igualdad, pero no para asumir unas leyes sociales basadas en la economía, sea el régimen que sea, y en la familia. Y sin embargo aceptamos el régimen familiar como un axioma irrefutable, con todos los roles que conlleva. Podemos modificar, en función de la necesidad, hábitos como el de limpiar el baño, cambiar los pañales, planchar una camisa o arreglar un enchufe y que cada cual haga lo que más le guste o lo que menos le importe, pero teniendo claro que el contrato está firmado y que cada uno de los miembros de la familia se pertenecen los unos a los otros. Se aceptan rupturas, pero no romper las reglas. Ninguno de los géneros se atreve a romper esas reglas y convivir respetando la libertad del otro, su desarrollo, su evolución, sus nuevas necesidades o ambiciones. No sabemos hacerlo en nuestra vida familiar y lo criticamos en la vida familiar de los otros. Ni siquiera sabemos escuchar cuando los otros son alguien cercano a nosotros. Ni siquiera podemos reflexionar porque las únicas soluciones que encontramos forman parte de la estructura del sistema que tanto nos ahoga. Pensar en ello significa cumplir sus reglas y así es muy difícil hacer la revolución.
No importa el género que tengamos, lo que nos atrapa no es nuestra pareja, es el engranaje social que nos envuelve y nuestra sumisión a él. (Amén de las condiciones económicas, hijos, etc,... pero cuando solventamos esta situación seguimos comportándonos según las normas aprobadas por todos).
Si cada uno de nosotros sacara a la luz todos los deseos y sentimientos que guardamos bajo llave y los pusiéramos en práctica,... no sé qué pasaría, pero el núcleo familiar de esta sociedad tendría los días contados. (O eso espero).

lunes, 24 de marzo de 2014

Un reto aún mayor


Hace unas semanas hablaba del reto que tenemos por delante las mujeres en el necesario cambio de roles.

Sin embargo, para que este cambio se produzca es imprescindible que el hombre asuma la necesidad de modificar también su papel.

Cuando las mujeres nos incorporamos al mundo laboral, comienza a resentirse la estructura familiar tradicional. Los hombres, en mayor o menor medida, se ven obligados a asumir tareas que culturalmente habían sido únicamente “femeninas” dentro de ese contrato entre el conseguidor del alimento y la cuidadora de la familia. Este hecho ya ha sido suficientemente desestabilizador, pero la actual coyuntura económica y social está dejando al descubierto un nuevo panorama.

La falta de empleo está provocando que el hombre pierda su principal función dentro de ese contrato de la familia tradicional. Ya no es el que consigue el dinero y los alimentos. En muchos casos, ningún miembro de la familia puede cumplir ese papel, y en otros casos, es la mujer quien lo hace.

Esto provoca que el hombre se sienta frustrado, y en muchos casos, caiga en la depresión, llegando incluso al suicidio, por no encontrar su lugar ni en la familia ni en la sociedad. De hecho, los casos de suicidio van en aumento, y no sólo por la falta de empleo, sino por las consecuencias de la falta de ingresos, que unido al boom del ladrillo, está provocando que muchas familias se queden literalmente en la calle. Por tanto, los hombres se encuentran sin empleo y sin bienes, sin la propiedad privada que comenzó a dar forma a la estructura familiar tradicional, en la que era necesaria una pareja estable con la que pudiesen tener  la seguridad de que sus hijos eran de su sangre, y así poder transmitirles sus bienes cuando falleciesen. En muchos casos, ya no hay bienes, ni dinero que poder transmitir, aunque la necesidad de saber que el hijo de su pareja ha sido engendrado por él, sigue estando muy arraigado culturalmente.

En definitiva, el hombre actual se encuentra atrapado por el mismo reparto de roles que mantiene atrapada a la mujer. El reparto tradicional de papeles es insostenible para ambos, por lo que es necesario replantearse el modelo y evolucionar hacia otro sistema que se replantee todo, desde si es necesario que cada miembro de la pareja tenga un rol definido, hasta si es necesario vivir en pareja. ¿Seremos capaces de asumir el reto?.

jueves, 13 de marzo de 2014

El reto


 

Desde hace tiempo, vengo observando entre las parejas de amigos y conocidos, con los que comparto características como la edad, -rondando los cuarenta años-, o la situación familiar –parejas heterosexuales con, al menos, un hijo-, e independientemente de si la relación está formalizada legalmente o no, que el modelo de “familia tradicional” que culturalmente está generalizado, es insostenible.

Numerosos autores, como Rafael Manrique (Sexo, erotismo y amor. Complejidad y libertad en la relación amorosa) o Cristopher Ryan y Cacilda Jethá (En el principio era el sexo. Los orígenes de la sexualidad moderna. Cómo nos emparejamos y por qué nos separamos), exponen en sus obras el origen de la relación de la pareja monógama, una relación que arrastramos culturalmente desde hace milenios y que actualmente aún vivimos como la habitual, dejando patente que no es más que un “acuerdo” que tomamos como especie  en un momento determinado de la historia. Resumiendo mucho las teorías que exponen en sus obras, este acuerdo consiste en que el hombre es quien se encarga de buscar el sustento fuera del hogar –la caza, el salario…-, y la mujer se encarga del cuidado de los hijos y hacer las labores cotidianas que mantengan el hogar en condiciones aceptables.

Este “contrato” se ha ido modificando a lo largo de la historia. En la actualidad, en un país como España donde aún continúa fuertemente arraigada la conciencia del nacionalcatolicismo vivida y sufrida durante la dictadura, aún es mayoritaria la idea de que la situación ideal es tender a la familia tradicional compuesta por madre, padre e hijos fruto de esa relación. Sin embargo, la realidad nos está mostrando que aunque mayoritariamente cuestionadas, cada vez es más habitual las formaciones de familias monoparentales, reconstituidas, o formadas por parejas de miembros del mismo sexo.

También comienza a ser habitual que muchas personas decidan vivir solas, evitando formar ningún tipo de vínculo familiar, sin ser estigmatizadas por ello.

¿Qué es lo que está ocurriendo?. Desde mi punto de vista, y teniendo en cuenta las teorías de los autores antes mencionados, el “contrato” establecido tácitamente desde hace milenios, hace aguas porque una de las partes, la mujer, ha decidido romperlo, pese a la fuerte resistencia de la sociedad patriarcal y machista en la que vivimos.

Cuando la mujer se incorpora al mundo laboral, su rol cambia radicalmente, obligando también a que el hombre asuma que es necesario modificar su rol. Es decir, la mujer ya no puede dedicarse 100% al cuidado de los hijos y las labores domésticas porque, sencillamente, no hay tiempo material para todo. Es cierto, y ahí nos encontramos muchas mujeres de mi generación, que han sido muchos siglos de sometimiento y llevamos grabado en el ADN que la responsabilidad familiar y doméstica es nuestra. Por este motivo, aunque la teoría la tengamos clara, muchas mujeres, entre las que me incluyo, soportamos mucha más carga de trabajo que nuestras parejas hombres. Tampoco olvidemos que los hombres llevan grabado en su ADN que su principal objetivo es la búsqueda de sustento fuera del hogar, por este motivo, aunque ellos también “intenten” en algunos casos participar en el cuidado de los hijos y en las tareas domésticas, en muchas ocasiones, esta carga de trabajo no se reparte al 50%.

Estando en este punto, nos sentimos agotadas y desbordadas por la carga de trabajo, sintiéndonos frustradas con nuestra vida y la pareja que elegimos en su día, coincidiendo con la etapa de desenamoramiento que es “normal” fisiológica y químicamente, planteándonos en muchos casos que la relación contractual no nos compensa.

Mientras, nuestras parejas hombres se sienten desconcertados. No entienden nuestra frustración, o rebelión cuando somos capaces de verbalizar lo que nos ocurre. No saben cómo abordar la modificación del contrato, o se resisten a ello.

A esta situación se suma otra circunstancia más práctica y menos ideológica. La organización familiar y doméstica establecida bajo la premisa de la familia tradicional. Nos encontramos con que nos hemos comprado una casa en la que hemos contado con dos sueldos para poder pagar la hipoteca, nos hemos organizado para que uno deje a los niños en el cole y el otro se encargue de recogerlos, hemos repartido las vacaciones para que los niños siempre estén atendidos durante sus descansos escolares… En definitiva, los dos miembros de la pareja somos necesarios para poder mantener el estatus y organización familiar y doméstica. Si a esto sumamos las circunstancias en las que la actual crisis nos está sumiendo, el panorama es desolador.

A todos estos ingredientes debemos sumar la presión social y familiar, que como comentaba antes, aún está muy impregnada de los rancios valores que nos insuflaron durante la dictadura, donde lo habitual era que la mujer fuese sumisa y aguantase todo lo que su marido quisiera hacer con ella. Aún es habitual encontrar a personas de mi edad que valoran como inmorales determinados comportamientos  sexuales o afectivos, principalmente entre las mujeres, sólo porque no son los habituales. Es decir, aún en personas de mi edad, de ambos sexos, hay mucha represión consciente e inconsciente. Cuando son las familias las analizadas, la situación se complica, principalmente porque nuestros progenitores mamaron el nacionalcatolicismo y han vivido parte de su vida bajo su yugo. De este modo, puede ser habitual que sea mal visto por sus padres que una hija decida separarse o divorciarse.

Con este cóctel nos encontramos en la actualidad, que creo que es un momento crucial para que las mujeres tomemos conciencia de nuestras posibilidades, que nos empoderemos, y que iniciemos el cambio a una sociedad completamente distinta en la que la igualdad sea una realidad y no una utopía. En otras palabras, debemos ser capaces de creernos que somos cazadoras-recolectoras al igual que los hombres, que nada nos lo impide, salvo nuestro ADN, la presión social, la organización familiar, y la resistencia del hombre. Todo un reto.

sábado, 3 de agosto de 2013

Hay alternativas a la beneficencia

La situación de emergencia que estamos viviendo está propiciando que resurja la beneficencia, algo que los profesionales de lo social habíamos logrado erradicar casi por completo, quedando reductos como las bolsas de alimentos que se daban desde las parroquias o Cruz Roja.

Sin embargo, estamos asistiendo en los últimos años, a la proliferación de este tipo de ayudas, basadas únicamente en la caridad y beneficencia y que no hacen más que perpetuar la probreza y estigmatizar a las familias que necesitan ayuda, creando un sistema perverso en el que los menores aprenderán a ver con total naturalidad que la comida se la proporcionen entidades benéficas o directamente, comer en comedores sociales, donde se pierde el hábito de algo tan normalizador como comprar, gestionar tus propios alimentos, cocinar y comer con tu familia. Y es que este tipo de recursos no sólo crean una dependencia extrema a sus usuarios, sino que además, los menores interiorizan la beneficencia como algo normal.

Se dan varias circunstancias para que este tipo de recursos proliferen:

- La primera es la necesidad de muchas familias. Un alto porcentaje de familias que una vez agotados la prestación de desempleo y los subsidios, carecen de ingresos o éstos son mínimos. La situación empeora si además tienen hipoteca o pagan alquiler.

- Los servicios sociales municipales, que es el recurso que debe apoyar a estas familias, se ven desbordados por el aumento de usuarios, coincidiendo además con la reducción de su presupuesto y con la demora en más de un año, por parte de la Comunidad de Madrid, de la concesión de la Renta Mínima de Inserción, que en la mayoría de los casos, sería la única prestación a la que pueden acceder las familias.

- Las entidades que ya practicaban este tipo de ayuda, Cáritas y Cruz Roja se encuentran desbordadas por el gran número de personas que solicitan alimentos, y otras entidades, en muchos casos cercanas a la Iglesia, comienzan a hacerse un hueco. También algunos ayuntamientos, gobernados por el PP, comienzan a utilizar este tipo de recursos como propaganda electoral. Es decir, por un lado, nos sumen en la pobreza, y por otro, utilizan los recursos caritativos como panfleto político.

- La solidaridad de muchas personas que quieren ayudar desinteresadamente, y no saben cómo hacerlo, son captadas por este tipo de organizaciones, o incluso, se organizan entre ellos para recoger alimentos o hacer voluntariado en estos comedores sociales, sin plantearse si esta es la forma de ayudar más adecuada.

Analicemos este tipo de recursos

Las bolsas de alimentos que se donan desde Cáritas o Cruz Roja, principalmente, se componen de productos no perecederos como pasta, arroz, galletas, legumbre... y nunca o en muy pocas ocasiones, de productos frescos.

En este sentido, los comedores sociales, suplen este handicap, ya que se pueden consumir productos frescos, pero implica un enorme gasto (alquiler de un espacio grande, personal, proveedores) que si se destinase al 100% al coste de alimentos frescos y no perecederos podría ayudar a mucha más gente. Por otro lado, en la mayoría de los casos, estos comedores sólo dan una comida al día, por lo que no son suficientes.

En definitiva, tanto un sistema como otro, además de estar basado en la beneficencia y en la caridad, de perpetuar la pobreza, de crear dependientes sociales y estigmatizar a las familias, ni cubren las necesidades básicas ni son efectivos, sirviendo en muchos casos, como panfleto político, como fuente de ingresos de entidades religiosas católicas o como "limpiador" de conciencias.

Cómo podemos ayudar

Al margen de que las bolsas de alimentos y los comedores sociales no sean los mejores recursos, es cierto que existe una grave situación de necesidad y que hay personas que quieren ayudar desinteresadamente.

En primer lugar, creo que tanto profesionales, como la ciudadanía debemos exigir a la administración la puesta en marcha de verdaderas políticas sociales, de vivienda, de educación, de sanidad y de garantía de ingresos. Tener el convencimiento de que la implantación de estas medidas es lo único que puede suplir la situación en la que nos encontramos y que hay dinero para ponerlas en funcionamiento, y que son razones ideológicas las que impiden su desarrollo.

En segundo lugar, mientras estas políticas no se implanten, creo que los profesionales de lo social, debemos ser los que encaucemos adecuadamente la solidaridad de las personas que quieren ayudar, en lugar de apoyar o impulsar la creación de este tipo de recursos. Es nuestra labor desarrollar un trabajo comunitario en el que confluyan ambos intereses sin tener que recurrir a la beneficencia. Cada municipio o barrio tiene sus peculiaridades y es necesario un estudio previo para valorar cuál podría ser el proyecto más efectivo, pero un ejemplo es el siguiente:

- Las personas que quieren apoyar pueden hacerlo con tiempo o con dinero.

Algunas personas pueden encargarse de visitar los comercios del barrio para informarles de la iniciativa y localizar los que quieran participar.

Se hará un listado de comercios colaboradores, que se publicarán a través de una web y de dípticos, además de los periódicos locales, publicitando estos comercios que se comprometerán a su vez, a abaratar los precios para las familias que necesitan ayuda. También se podría utilizar una pegatina identificadora de comercio colaborador.

- Las personas que necesitan ayuda acudirán a los comercios colaboradores donde podrán realizar la compra sin coste alguno. Portarán una tarjeta en la que figure el coste total que podrán hacer al mes en ese establecimiento, donde se irá apuntando el importe de cada compra. La familia guardará los tickets para aportarlos al final de mes a la persona encargada de la gestión.

- Una persona se encargará de entrevistar a las familias que necesitan ayuda, así como de gestionar el dinero que se vaya donando, de abonarlo a los comercios a final de mes y de comprobar las compras con los tickets que le proporcionen las familias.

- Se establecerá una cuantía por familia, en función del número de miembros y tipología, para comprar en los comercios colaboradores, donde habrá, al menos, una frutería, una carnicería, una pescadería, una panadería y una farmacia.

De esta manera, las familias que precisan ayuda pueden ir a comprar, gestionar sus propios alimentos, cocinar y comer en su casa, como hacen el resto de familias. Sin ser estigmatizadas y manteniendo los hábitos básicos.

A su vez, se fomenta y apoya el comercio de barrio, tan maltratado y agredido por las grande superfícies, y se encauza la solidaridad de las personas que quieren ayudar, fomentando el trabajo en red y el desarrollo comunitario.

Esto es simplemente un ejemplo, un punto de partida para la reflexión, tanto para los profesionales como para las personas que quieran ayudar. Hay alternativas a la beneficencia.

Carta de una trabajadora social


En estos últimos meses, los profesionales de Servicios Sociales estamos asistiendo al desmantelamiento del modelo que tanto esfuerzo ha costado construir, y que aun no cumpliendo con las expectativas, tanto económicas como técnicas que los profesionales de lo social creíamos necesarias, sí habíamos asistido a cierta estabilización y consecución de algunos logros sociales, que actualmente, van cayendo como un castillo de naipes.
Hemos pasado del tiempo de bonanza, en el que:
  • Se apostaba por la contratación del personal necesario, por lo que se podían realizar intervenciones sociales en profundidad, donde cada usuario disponía del tiempo y de los recursos técnicos necesarios para poder desarrollar un plan de intervención óptimo y adecuado a sus necesidades.
  • Se creaban nuevos proyectos especializados como puntos de encuentro, servicios de mediación familiar, programas específicos de empleo para personas con diversidad funcional, programas de inserción social para personas en situación de calle, alojamientos temporales para situaciones de emergencia, programas especializados en la intervención con familias acogedoras de menores… y, en general, todas las necesidades que se detectaban desde los servicios sociales municipales.
  • Se aprobó la Ley de Dependencia y ésta, aunque con distinta intensidad y mayor o menor acierto, fue siendo asumida por las Comunidades Autónomas.
  • Las personas que no contaban con recursos económicos suficientes podían acceder fácil y rápidamente a la Renta Mínima de Inserción, que además ya se había reconocido como derecho en la Comunidad de Madrid con la aprobación de la Ley 15/2001, de 27 de diciembre.
  • Los presupuestos para ayudas económicas eran suficientes para cubrir las necesidades de todas las personas que acudían a Servicios Sociales.
En definitiva, durante un tiempo, los profesionales de Servicios Sociales fuimos viendo cómo las reivindicaciones sociales que llevábamos años solicitando iban lográndose, y las personas que acudían a Servicios Sociales disponían de los recursos necesarios para solucionar las situaciones de dificultad que atravesaban.
Sin embargo, cuando se comienza hablar de crisis, los profesionales comenzamos a ver que desde donde empieza a recortarse es, precisamente, en los presupuestos destinados a las personas más vulnerables de nuestra sociedad, encontrándonos en la actual situación:
  • Hemos visto cómo primero, aunque el número de población atendida seguía creciendo, se dejó de contratar a personal. Por el contrario, no se cubren las bajas, se han ido amortizando plazas y se ha ido despidiendo a personal eventual, poco a poco, en un goteo constante pero lo suficientemente discreto para evitar movilizaciones por parte de los trabajadores.
  • Los proyectos especializados han ido desapareciendo o dejándolos en su mínima expresión, reduciendo personal y presupuesto. También se ha buscado la discreción, en muchas ocasiones, con el beneplácito de las empresas que los prestaban, ya que la mayoría de estos servicios estaban conveniados o concertados con ongs o empresas. Es decir, la privatización de los servicios sociales públicos es una realidad desde hace años, y ha sido bendecida y amparada por partidos políticos de todos los colores. De esta manera, cuando las cosas fueron bien, era rápido y sencillo crearlos, y ahora que las cosas van mal es fácil desmontarlos, teniendo en cuenta que el personal no depende directamente de las entidades locales.
  • La Ley de Dependencia ha ido desvirtuándose poco a poco, primero con la lentitud, confusión, o incluso, oscurantismo con la que se ha ido implantando, y después con las sucesivas modificaciones a la que la han ido sometiendo. Actualmente, el baremo se ha recortado de tal manera que debes ser un gran dependiente para que se te reconozca el derecho. Además, ha traído consigo un cambio de modelo, consistente en que las prestaciones técnicas (ayuda a domicilio o teleasistencia) que antes se prestaban por parte de las entidades locales, subvencionadas en parte por las comunidades autónomas, han dejado de ser subvencionadas y son las entidades locales las que asumen en solitario el coste de este servicio si la persona no tiene reconocida la dependencia y asignado ese recurso. Esta situación ha provocado que desde las entidades locales se hayan tomado medidas que pueden ir desde la supresión de estos servicios, a la reducción de horas, o al aumento de la aportación de las personas usuarias con más recursos económicos. En muchos casos, personas que hasta ahora contaban con este servicio, se han quedado sin él, y a expensas de que se les reconozca el recurso a través de la ley de dependencia, que ya se ha señalado antes que, por otro lado, ha endurecido su baremo, con la posibilidad de que estas personas se queden definitivamente sin posibilidades de este servicio, salvo que lo paguen a una empresa privada, que por otro lado, están proliferando ante esta situación.
  • La Renta Mínima de Inserción se ha convertido en el último año en una quimera para las personas que no cuentan con recursos económicos. Esta prestación, reconocida por Ley, y subsidiaria de las prestaciones de desempleo, subsidios o pensiones, es decir, a la que se recurre cuando se han agotado todas las demás prestaciones y se carece de cualquier tipo de ingreso o éste es mínimo, hace dos años, desde que se recopilaba la documentación desde las entidades locales y se concedía en la Comunidad de Madrid, podía tardar como máximo, tres meses. Sin embargo, desde hace algo más de un año, este tiempo se ha extendido en algunos casos hasta en quince meses, a través de interminables requerimientos a las familias de documentación ya aportada o de aclaración de situaciones que no es posible demostrar documentalmente, dada la casuística y características de las familias que se encuentran en la situación de total carencia de ingresos. Esta demora provoca una situación de indigencia y total indefensión de estas familias, a las que se apoya de la mejor manera que podemos desde servicios sociales, que en muchos casos, se tiene que limitar, por lo que se explicará en el punto siguiente, a recursos meramente caritativos (albergues, comedores sociales, bolsas de alimentos…)
  • Además de que los presupuestos destinados al trámite de las ayudas de emergencia de los municipios se han visto drásticamente recortados, en la mayoría de los casos, estas ayudas no se pueden tramitar por una sencilla y dramática situación, y es que las personas que necesitan estas ayudas, antes de quedarse sin comer o dejar de pagar su vivienda, optaron por no pagar los impuestos municipales, o por dejar de pagar a Hacienda o a la Seguridad Social. Esto implica que desde la administración no es posible concederles ayudas económicas, aunque sean de subsistencia, ya que la Ley 38/2003, de 17 de noviembre, General de Subvenciones, nos lo impide.
    Esta situación hace que nos encontremos con la paradoja de que aunque los presupuestos para ayudas de emergencia, hayan sido reducidos en los municipios, acaba sobrando dinero porque, sencillamente, la gente que lo necesita no puede, por ley, acceder a estas ayudas. 

Sin embargo, la dramática situación que acabo de describir, que es la que nos encontramos en el día a día de nuestro trabajo, no es nada comparado con la que empieza a vislumbrarse con la modificación de la Ley Reguladora de Bases de Régimen Local, que deja a los Servicios Sociales municipales, actuales prestadores de estos servicios, en meros evaluadores, que únicamente tendrán competencias en atender situaciones de emergencia. Es decir, los esfuerzos destinados en los últimos treinta años a que las personas fuesen atendidas desde la administración más cercana, pudiendo dar una respuesta rápida, ágil y eficaz a su situación, son borrados de un plumazo, retrocediendo a un modelo franquista en el que lo único que hay cerca del ciudadano es la caridad y la beneficencia.
Los profesionales de los servicios sociales nos encontramos aterrados ante la nueva situación, no porque en la mayoría de los casos supondrá la pérdida de nuestro puesto de trabajo, sino porque no sabemos qué va a ser de las personas que atendemos día a día, con las que llevamos interviniendo hace años, y sabemos que sin nuestro apoyo, en muchos casos dadas las circunstancias, meramente técnico, van a terminar de hundirse.
Nos sentimos aterrados porque parece que somos los únicos que ponemos cara y nombre a las personas que incrementan las cifras del paro y que ya se han quedado sin ningún tipo de colchón; a los que se quedan sin techo; a los que se quedan sin pan para alimentar a sus hijos; a los abuelos y abuelas que se quedan solos en casa esperando un centro de día, una residencia, un servicio de ayuda a domicilio o una teleasistencia que nunca llegará; a los dependientes que esperan que en algún momento se cumpla esa ley con la que les han engañado. En definitiva, escuchamos el grito de los invisibles, de los que les han despojado de todo y que ya no tienen ni fuerzas para luchar por lo que es suyo.

viernes, 12 de julio de 2013

El día a día en un Ayuntamiento cualquiera


Esta semana, una compañera psicóloga y yo, ambas trabajadoras de los servicios sociales municipales, hemos tenido una reunión de coordinación con otros profesionales. En esta reunión había compañeras del Equipo de Orientación Educativo y Psicopedagógico, dependiente de la Comunidad de Madrid; una psiquiatra del Centro de Salud Mental, dependiente de la Comunidad de Madrid; un psicólogo, dependiente del Ayuntamiento;  y dos técnicos de una asociación sin ánimo de lucro.
Tratábamos el caso de un menor de cinco años de edad, con comportamientos disruptivos en el colegio, relacionados con la situación familiar. Expusimos nuestros puntos de vista y trazamos un plan de actuación conjunto. La situación es complicada pero puede solucionarse con un trabajo intenso y coordinado por parte de los profesionales. Intentamos fijar una fecha para la siguiente reunión. Fue imposible.
Mi compañera, psicóloga, probablemente, finalizará su contrato en un mes, al igual que la psiquiatra del Centro de Salud Mental, y las compañeras del EOEP no saben si volverán a incorporarse en septiembre… y aún no ha entrado en vigor la reforma de la administración local…

jueves, 9 de febrero de 2012

El mundo al revés

No soy defensora del juez Garzón. Su figura de "juez estrella" siempre me ha parecido excesiva, pero la sentencia que hoy se ha conocido, por cierto, la primera de las tres por las que está siendo juzgado, creo que es vergonzosa.

Manos limpias, la organización ultraderechista que le ha llevado al banquillo por investigar los crímenes del franquismo, y los que hoy se congratulan de su inhabilitación por haber realizado escuchas entre los acusados y sus abogados en la trama Gürtel, son los mismos. Los mismos que ahora, de nuevo en el poder, ya han iniciado su recorte de derechos, tanto para la mujer, como para los homosexuales, o los trabajadores.

Ya no sé qué prevalece, si el mundo al revés, o que vamos para atrás, como los cangrejos. Lo que sí es seguro es que no debemos quedarnos callados, ni quietos esperando el próximo envite. Quizás debamos empezar a tomar como ejemplo a los protagonistas de esta noticia Hospital Grecia y empezar a creernos que nosotros somos muchos más, y que podemos con ellos.

Mamás y Papás: Una realidad que no debemos olvidar...

Una joya en el corazón de Madrid