Anoche terminé de ver la primera parte de la serie que adapta la novela de Gabriel García Márquez, "Cien años de soledad". Debo esperar a la mitad de año para ver la continuación.
Recuerdo cuando, siendo una niña, leí la novela como lectura obligatoria en el instituto. No podía dejar de leerla. Cuando ya me había acostado, seguía leyéndola en la cama, hasta las dos o tres de la madrugada.
Era curioso porque Macondo me resultaba un lugar familiar, al igual que sus habitantes y las cosas "extraordinarias" que ocurrían. Es más, me transmitía paz. Me sentía transportada a casa. Para mí, el realismo mágico era normal. Estaba acostumbrada a las historias que mi abuela y mi madre me habían contado sobre mi familia, plagada de situaciones inverosímiles, extrañas coincidencias, o muertos que aparecían como si estuviesen todavía vivos. Ellas, las dos mujeres, eran el pilar familiar, como lo es Úrsula. La mujer, la madre, la abuela que sostiene a todos, incluso, a un pueblo. Capaz de poner límites con una autoridad indiscutible, y sobreponerse a las situaciones más dramáticas y dolorosas de manera inmediata para continuar sosteniendo a los que aún hay que sostener. Llorar sí, pero rearmada. El corazón destrozado, pero en pie.
Macondo, situado junto a un río, a una ciénaga y al mar, me recordaba a Viveiro, la villa en la que mi abuela y mi madre habían nacido. Mi refugio. El lugar al que acudo cuando necesito paz.
Mientras pensaba en la historia de Macondo, recordé el taller donde Melquiades enseñó a José Arcadio la alquimia. A la vez, recordé algo que hice durante un tiempo, en el pasado. Algo que me daba paz porque, mientras lo hacía, sabía que tenía que hacerlo. Era una tarea pendiente que hacía con agrado, sintiéndome realizada, porque lo que creaba no era para mí, sino para las personas que tengo cerca.
Sin pensarlo, busqué en el armario la bolsa con los materiales que tenía olvidados. Las pinturas estaban bien, pero la arcilla estaba dura, así que la mezclé con agua y la amasé hasta darle la consistencia perfecta para ser moldeada.
Estos días, aprovechando que sigo sola en casa, convertiré el salón en mi taller.



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