lunes 17 de enero de 2011

Cuento de Navidad

Las personas que me conoceis sabeis que odio la Navidad. Exactamente, odio el consumismo exacerbado y la hipocresía de la que se hace gala en esas fechas.

Normalmente, he intentado mantenerme ajena a los aspectos que me desagradan de estas fiestas. Sin embargo, teniendo un niño la cosa cambia, y aunque aún sea pequeño, él se da cuenta de que algo pasa, ve luces en las calles, visitamos más frecuentemente al resto de la familia, abre regalos -diría que romper el papel le divierte aún más que el regalo en sí-, está más tiempo con nosotros...

Ver a un niño disfrutar de las Navidades es como volver a la inocencia, y estas Navidades ha sido mi hijo quien me ha hecho el mejor regalo.

Ocurrió la tarde previa a la llegada de los Reyes Magos, cuando nos dirigíamos a ver la cabalgata. Adrià caminaba junto a nosotros, entreteniéndose en cada esquina, y observando todo con detalle, como siempre. De repente, reparó en una chica joven sentada en el suelo, mendigando. Adrià se detuvo delante de ella. Imagino que preguntándose por qué estaba allí aquella mujer, triste y sola.

Tras observarla durante unos segundos, comenzó a mover una de sus manitas, a modo de saludo, mientras le dedicaba una sonrisa inmensa, llena de alegría, sincera y limpia.

Siguió saludándola mientras caminábamos, alejándonos. Y pensé en lo que los adultos hemos ido perdiendo, y en la lección que mi hijo acababa de darme, mientras las lágrimas humedecían mis ojos.

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