A veces, hay personas que te sorprenden. Yo misma me he sorprendido estos días, de algo que he experimentado, y creía que había superado.
En ocasiones, nosotros somos nuestros peores enemigos, creando historias totalmente falsas que damos por sentadas. En esta ocasión, no se trató de llenar con imaginación los vacíos de información. Se trató de tergiversar la información real para crear una historia completamente dañina para mí y que pretendía alejarme de la persona afectada.
Esta vez, he tenido la suerte de que la otra persona mantuvo la calma conmigo, a pesar de sentirse mal por mis afirmaciones. Actuó desde la madurez, la paciencia, la contención, la comprensión, la empatía y la tranquilidad. Me trató con cariño y ternura, a pesar de mi enfado. Me dio justo lo que necesitaba para darme cuenta de la trampa en la que me había metido yo sola, y además, a la que pretendía arrastrarle. Pero él no cayó. Es más, me cogió dulcemente de la mano, y tiró de mí, hasta la superficie.
Me recordó a aquel sueño que tuve hace unos meses, donde yo caía al agua, y él tiraba de mí hasta la superficie, y cuando salía, veía cómo apartaba los obstáculos para que yo pudiese avanzar. Mi subconsciente ya me estaba avisando que, en ocasiones, los malos augurios sólo existen en nuestros miedos.
Entendí por qué mi intuición pedía quedarme cuando mi mente gritaba que huyera. También entendí mi autosabotaje, y me alegré de que él fuese Él, porque fue capaz de reconducirme desde la calma y el cariño.
Curiosamente, esa noche, volvimos al escenario de mi sueño. A ese sitio donde nos reflejan los espejos.



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